miércoles, febrero 04, 2026

Lo que un cambio de marco hace posible


Una objeción aparece con frecuencia cuando se propone pensar la relación humano–caballo en términos sistémicos y relacionales: ¿qué se gana realmente con este desplazamiento? ¿No se trata, en el fondo, de una sofisticación teórica sin efectos prácticos? La respuesta es exactamente la contraria. Cambiar el marco no solo aclara el problema: transforma de manera concreta la práctica, la ética y la posición subjetiva de quien interviene.

El primer efecto, quizá el más inmediato, es una ganancia de claridad. Cuando se abandona el supuesto de que el caballo comprende, consiente o colabora desde una intención comparable a la humana, desaparece una fuente constante de malentendidos. La resistencia deja de leerse como falla moral; el error deja de interpretarse como desobediencia; la tensión ya no exige justificación psicológica. Lo que aparece, en cambio, es el sistema: su coherencia, sus umbrales, sus puntos de saturación y sus posibilidades reales de reorganización.

Desde este marco, la intervención cambia de naturaleza. Ya no se trata de “pedir mejor” ni de “explicarse mejor”, sino de introducir diferencias pertinentes. El gesto se economiza, el timing se vuelve decisivo, la progresión sustituye a la insistencia. La ayuda deja de ser una orden encubierta o disfrazada y pasa a ser lo que siempre debió ser: una condición para que el sistema pueda transformarse sin colapsar.

Este desplazamiento tiene consecuencias éticas profundas, aunque menos espectaculares que las del discurso sentimental dominante. La ética que emerge de un enfoque relacional no se apoya en la buena intención ni en la autoimagen moral, sino en la responsabilidad estructural. Ya no importa tanto si creemos estar haciendo el bien, sino qué tipo de sistema estamos produciendo con nuestras acciones. Es una ética menos tranquilizadora, pero más exigente; menos declarativa, pero más efectiva.

Desde el lado del caballo, el beneficio es concreto y mensurable. Un sistema legible reduce la incertidumbre; una relación coherente disminuye la "paranoia"; una intervención justa —en el sentido técnico del término— reduce la necesidad de defensas. El caballo no necesita ser humanizado ni comprendido como sujeto moral para estar bien: necesita habitar un sistema que no se contradiga a sí mismo. Eso es bienestar efectivo, no proclamado.

Pero quizá el efecto más decisivo se produzca del lado humano. El antropomorfismo, lejos de aliviar la carga ética, la intensifica. Instala al humano en una posición imposible: la de garante permanente del bien, siempre bajo sospecha de fallar. De ahí la culpa, la sobrejustificación, la rigidez y, no pocas veces, la violencia reactiva cuando el ideal se vuelve insostenible.

Pensar en términos sistémicos no elimina la responsabilidad, pero la descomprime. La desplaza de la pureza de la intención a la coherencia de la configuración. El humano deja de ser el héroe moral de la relación para convertirse en un término activo de un proceso que lo excede. Psicológicamente, esto es más habitable; filosóficamente, más honesto.

Hay, sin embargo, un punto en el que buena parte del discurso contemporáneo parece detenerse antes de llegar hasta el fondo. Se reconoce que no hay relación sin intervención; se abandona la fantasía de la no injerencia; se admite que entrenar, manejar, montar o incluso cuidar implica siempre introducir una diferencia en el sistema. El diagnóstico es correcto, pero incompleto.

Porque aunque se asuma la necesidad de intervenir, la intervención sigue siendo pensada como un acto que parte de un centro estable. El humano aparece como quien, aun consciente de los límites y riesgos de su acción, conserva la posición de instancia decisoria última. Evalúa, calibra, corrige. El sistema puede ser complejo, el caballo sensible, la relación delicada; pero el lugar desde el cual se decide permanece intacto.

Aquí el pensamiento se detiene justo antes de volverse verdaderamente relacional. La intervención se presenta como un problema técnico o ético, pero rara vez como un proceso que reconfigura al propio interventor. El humano actúa sobre el sistema, pero no parece ser actuado por él. Introduce formas, pero no se deja in-formar. Ajusta, pero no se expone a ser ajustado. Se reconoce que el caballo es afectado por la relación, pero se preserva la ilusión de que el humano puede permanecer relativamente igual a su propio ideal de yo.

Este es el núcleo silencioso del antropocentrismo que sobrevive incluso en los discursos más críticos: no el de la dominación burda y explícita, sino uno más sutil, que conserva al humano como exterior al proceso que él mismo desencadena.

Desde una perspectiva verdaderamente relacional —y aquí el marco de la individuación se vuelve inevitable— esta posición resulta insostenible. No hay intervención que no sea, al mismo tiempo, co-individuación. No hay gesto que no reconfigure el campo en el que emerge quien lo ejecuta. El humano no entra a la relación con una identidad ya cerrada, ni sale de ella siendo el mismo. Se transforma en el mismo movimiento con el que transforma.

Aceptar esto implica un costo que el discurso dominante rara vez está dispuesto a pagar. Supone renunciar a la figura del humano como garante del sentido, como sujeto moral soberano, como punto de apoyo último desde el cual evaluar el bien y el mal de la relación. Supone admitir que la intervención no es solo un ejercicio de control responsable, sino una exposición, una zona de riesgo donde también se juega la identidad de quien interviene.

Mientras este paso no se dé, el intervencionismo seguirá siendo predicado, pero nunca problematizado hasta el fondo. Se intervendrá “mejor”, “con más conciencia”, “con más ética”, pero siempre desde un lugar que se presume exterior al sistema. Y en ese gesto se reinstala, una y otra vez, la misma asimetría conceptual: un humano que decide y un caballo que es decidido.

Quizá por eso la ética contemporánea de la relación humano–caballo se muestra tan cargada de ansiedad. Porque sostiene una exigencia imposible: intervenir sin dejarse afectar, decidir sin ser decidido, hacer el bien sin exponerse a que ese bien nos transforme. En lugar de una ética de la relación, se produce así una ética de la autoafirmación moral, siempre al borde de la culpa o de la justificación.

Pensar la relación como sistema implica aceptar algo más incómodo, pero también más fértil: que el humano no es el punto de partida de la intervención, sino uno de sus efectos. Que su modo de percibir, de sentir y de juzgar se configura en el mismo proceso en el que el caballo se reorganiza. Y que, en última instancia, no hay forma de intervenir sin ponerse en juego.

Ese desplazamiento —del humano como centro decisorio al humano como término de una individuación relacional— no promete tranquilidad moral. Pero abre, por primera vez, la posibilidad de una responsabilidad que no se funda en la intención, sino en la participación real en un sistema que nos excede.

domingo, febrero 01, 2026

Miedo, pacificación y confianza

¿Pacificar al caballo…
o pacificar el miedo?

¿Cuántas de las técnicas que usamos no buscan comprender al caballo, sino tranquilizarnos a nosotros?

Este texto no discute métodos, sino algo más incómodo: el miedo como motor silencioso de la ética, la técnica y el sentimentalismo en el mundo ecuestre.






Notas para una crítica de la ética moralizante en la relación humano–caballo

El miedo es uno de esos afectos que organizan prácticas enteras sin ser nunca mencionados. No aparece necesariamente como temor explícito ni como vivencia subjetiva intensa, sino como una fuerza silenciosa que delimita el campo de lo posible, orienta decisiones y vuelve evidentes ciertas opciones mientras excluye otras.

Conviene precisar desde el inicio el estatuto de este término. Cuando aquí se habla de miedo, no se alude a una emoción psicológica individual ni a una falta de coraje, valentía o pericia. Se trata de un afecto estructurante, pre-reflexivo, que opera antes de cualquier juicio moral y organiza las prácticas sin necesidad de manifestarse como experiencia consciente. No se analiza lo que el sujeto siente, sino lo que el sistema produce cuando ese afecto opera sin ser reconocido.

En la relación humano–caballo, este miedo rara vez se nombra como tal. Aparece desplazado en discursos sobre el buen trato, la corrección ética o la técnica adecuada. No porque esté ausente, sino porque ha sido traducido a un lenguaje más aceptable, menos expuesto, que permite actuar sin tener que enfrentarlo directamente. No se trata solo de un miedo silenciado, sino de un miedo que impulsa activamente la búsqueda de estrategias para evitarlo.


Lucrecio

Del mismo modo como ocurría en los tiempos de Lucrecio, hoy el miedo vuelve a negociarse como moneda de cambio para comprar ilusiones de perdón y de buena conducta. No es entonces casual que Lucrecio haya identificado en el miedo la causa eficiente de las falsas creencias. Para Lucrecio, el miedo no es una consecuencia del error, sino su causa. No se cree falsamente porque se ignoren las causas, sino porque el miedo empuja a atribuir intención, castigo y finalidad allí donde los procesos no se comprenden. Las creencias no nacen de la ignorancia pura, sino de la necesidad de calmar un temor previo.

Por eso su proyecto no consiste en proponer una moral más elevada ni ritos más correctos, sino explicaciones. Explicar las leyes naturales no es un gesto neutral: es una operación ética en sentido fuerte, orientada a desactivar el miedo que organiza la relación del humano con el mundo.

Ese gesto —desplazar el eje desde la obediencia moral hacia la comprensión causal— conserva hoy una vigencia inquietante.


El miedo como causa: tres formas, una misma operación

Desde esta perspectiva, no se trata tanto de miedos diferentes como de una misma estructura de miedo que se redistribuye en distintos registros. Lo que varía no es su función última, sino las estrategias que se ponen en juego para cerrar el vacío que el miedo abre: el vacío de lo desconocido, de la incertidumbre, de no saber qué va a ocurrir ni bajo qué criterio se será evaluado.

El primer registro es el miedo atávico, corporal, previo a toda elaboración técnica o moral. Es el miedo ligado al cuerpo a cuerpo con el caballo, al desborde posible, al daño real. Este miedo no solo es inevitable: es funcional. Afina la atención, regula la distancia, introduce prudencia. No organiza discursos ni rituales, sino posturas, tiempos y percepciones. En este sentido, no pide ser eliminado: es una condición de posibilidad de la relación misma.

Pero ese miedo primario abre una brecha: la exposición a lo desconocido. Y esa brecha rara vez se tolera sin mediaciones.

El segundo registro es el miedo instrumental a equivocarse en el procedimiento. Aquí ya no se teme tanto al riesgo real como al error operativo: hacer algo mal, aplicar incorrectamente una técnica, no seguir el método adecuado. Este miedo aparece cuando la relación se mediatiza por herramientas y secuencias, y es el punto en el que la técnica comienza a funcionar como sustituto del saber. Para quien no comprende el sistema, la técnica ofrece un atajo: permite actuar sin leer, avanzar sin explicar.

Así proliferan manuales, protocolos y métodos cerrados. No como conocimiento, sino como dispositivos de certeza. La técnica se vuelve supersticiosa no porque sea falsa, sino porque se utiliza sin comprensión causal. No vuelve inteligible el sistema, pero permite seguir adelante. Allana el camino al ignorante y resuelve su deseo de dominar sin obligarlo a enfrentar lo desconocido.

El tercer registro es el miedo a la sanción moral. Ya no se teme al daño ni al error técnico, sino al juicio. A quedar del lado incorrecto del bien. A ejercer poder de manera ilegítima. Aquí la técnica ya no basta. Aparecen los rituales de forma, el lenguaje purificado, los gestos correctos, las declaraciones de intención. Es el terreno propio de la ética moralizante.

Mientras la técnica protege del error, la moral protege del castigo simbólico. No busca comprender la relación, sino garantizar inocencia. No produce confianza: produce coartadas frente al juicio.

Estos registros no cumplen funciones radicalmente distintas. Convergen en una misma operación: dejar que el miedo actúe en la trastienda sin ser nombrado. El miedo permanece como vacío semántico, como aquello que no se dice, pero que exige ser colmado. Frente a ese vacío, las técnicas ofrecen certezas operativas y la moral ofrece una promesa aún más fuerte: si hago el bien, estaré a salvo.

Aquí la lectura de Lucrecio se vuelve estructural: el miedo no explica las creencias; las hace necesarias.


Técnica, pacificación y exención

En este marco, la pacificación del caballo aparece como operador central. Se la invoca en nombre de la seguridad, pero esa seguridad no es el resultado de un sistema comprendido, sino el efecto de reducir la variabilidad antes de que pueda expresarse.

Toda diferencia es leída como amenaza.
Toda tensión, como error.
Toda emergencia singular, como algo que debe ser neutralizado.

Pacificar no es comprender ni ordenar. Es intervenir para desactivar la respuesta, para evitar la negociación que toda relación viva impone. Produce calma, sí, pero al precio de empobrecer el campo relacional y de inhibir tanto la expresión del caballo como la implicación real del humano.


El miedo como mercancía implícita

Aunque nadie hable de miedo, es él quien estructura silenciosamente el campo. No se lo nombra, pero se lo gestiona. En este sentido, resolver el miedo se convierte en la mercancía implícita que circula en la oferta contemporánea de técnicas, métodos y compromisos éticos.

Las técnicas prometen neutralizar el riesgo operativo; los protocolos aseguran recorridos previsibles; los discursos éticos garantizan protección frente al juicio. En todos los casos, lo que se ofrece no es comprensión, sino alivio. No una relación más legible, sino una relación menos inquietante.

La promesa implícita es siempre la misma: una relación sin exposición y sin conflicto.

El miedo no desaparece: se convierte en valor de intercambio. El sistema se pacifica no porque se comprenda mejor, sino porque se vuelve consumible. No se trata de comprender el sistema ni de asumir la exposición que toda relación viva impone, sino de recubrir la acción con garantías morales y afectivas que permitan intervenir sin afrontar la incertidumbre.

En este contexto, la técnica entendida como práctica correcta avalada éticamente, junto con el sentimentalismo que la acompaña, ofician como escudos protectores para quienes pretenden dominar en el mundo ecuestre esquivando el miedo. No se trata de comprender el sistema ni de asumir la exposición que toda relación viva impone, sino de recubrir la acción con garantías morales y afectivas que permitan intervenir sin afrontar la incertidumbre.


Técnica, conocimiento y legibilidad

La técnica, por sí sola, no es suficiente para comprender un sistema ni para volverlo inteligible. Puede ser eficaz, producir resultados y estabilidad, pero eso no equivale a conocimiento. El conocimiento no se define por la correcta ejecución de un procedimiento, sino por la capacidad de explicar lo que ocurre y de operar con las diferencias que emergen sin neutralizarlas de antemano.

En este sentido, la técnica no fracasa porque sea falsa, sino porque no explica. Funciona, pero no vuelve legible el sistema. Allí donde algo funciona sin necesidad de ser comprendido, el miedo puede quedar suspendido, pero no transformado.

Ahora bien, este conocimiento no se reduce al saber teórico ni al dominio formal. En una relación que se juega cuerpo a cuerpo, el conocimiento puede adoptar formas no codificadas: una intuición afinada, una sensibilidad singular, una lectura rítmica de la situación. No todo conocimiento es discursivo, pero todo conocimiento —también el intuitivo— hace inteligible lo que ocurre.

Por eso la analogía no es la máquina, sino el baile. Se puede conocer la técnica y no saber bailar. Y también se puede bailar con ritmo y cadencia sin haber aprendido nunca una técnica formal. En ambos casos, lo decisivo no es la corrección del procedimiento, sino la capacidad de entrar en relación, de ajustar, de responder a lo que emerge sin desactivar la tensión que lo hace posible.


El buen trato como coartada

El problema no es el cuidado ni la prudencia. El problema es la falta de sinceridad respecto del afecto que los organiza.

Cuando el buen trato se convierte en exigencia moral abstracta, deja de ser una lectura de efectos para transformarse en garantía subjetiva. Como en la religión que criticaba Lucrecio, se hacen las cosas “bien” no para comprender el mundo, sino para no temerle a Dios: ese dispositivo moral que pone en tela de juicio todo comportamiento humano.

La ética moralizante no elimina el miedo: lo administra.
Lo explica, lo normativiza, lo vuelve discurso… pero no lo reconoce.


Conclusión

Lo que se pone en juego, entonces, no es una discusión técnica ni una disputa moral, sino una economía del miedo. Aunque nadie lo nombre, resolver el miedo se convierte en la mercancía implícita que circula en la oferta contemporánea de métodos, protocolos y compromisos éticos. No se venden solo técnicas ni valores: se vende la promesa de una relación sin exposición a lo desconocido.

Las técnicas prometen neutralizar el riesgo; los procedimientos garantizan recorridos previsibles; la ética moralizante ofrece protección frente al juicio. En todos los casos, lo que se ofrece no es comprensión, sino alivio. No una relación más legible, sino una relación sin exposición y sin conflicto.

En este sentido, la continuidad con la religión que analizaba Lucrecio es más profunda de lo que suele admitirse. Cambian los nombres, cambian los dispositivos, pero no la lógica. Allí donde antes se traficaba con la promesa del cielo, hoy se trafica con la promesa de corrección técnica y pureza moral. El miedo sigue siendo la causa eficiente que hace operativos estos sistemas de creencias.

El problema no es que la técnica no funcione, sino que funcione demasiado bien: reduce la exposición, clausura el vacío y vuelve innecesaria la comprensión del sistema. Allí donde la técnica basta, el pensamiento se vuelve superfluo. Y cuando la moral garantiza inocencia, el conflicto deja de ser una fuente de conocimiento para convertirse en algo que debe ser evitado.

Nombrar el miedo no implica ceder a él. Implica reconocer su lugar causal y dejar de convertirlo en mercancía. Implica aceptar que toda relación viva comporta incertidumbre, asimetría y conflicto, y que ninguna técnica ni ninguna moral pueden abolirlos sin empobrecer la relación que dicen proteger.


Cierre

El problema no es que la técnica no funcione, sino que funcione demasiado bien: reduce la exposición, enerva el miedo y vuelve innecesaria la comprensión del sistema. Allí donde la técnica basta, el pensamiento se vuelve superfluo.

Cuando una técnica permite evitar la negociación que toda asimetría impone, no estamos ante conocimiento, sino ante un éxito que empobrece. La eficacia sustituye a la legibilidad y la pacificación ocupa el lugar de la comprensión.

Nombrar el miedo no implica ceder a él. Implica dejar de ocultarlo bajo técnicas y discursos que prometen seguridad a costa de desactivar la respuesta. La confianza no nace de la neutralización, sino de la capacidad de sostener la diferencia sin negarla. No exime del riesgo, pero transforma la relación.

Y esa diferencia —más que cualquier técnica— es lo que distingue el conocimiento de la superstición. En última instancia, la diferencia no se juega entre técnica y ética, sino entre dispositivos que prometen salvación y prácticas que se atreven a volver legible lo desconocido. Y esa diferencia —como ya intuyó Lucrecio— es la que separa el conocimiento de la superstición, incluso cuando esta adopta formas perfectamente seculares.

lunes, enero 26, 2026

Obstáculos epistemológicos en la equitación


La equitación no está bloqueada por la falta de técnicas ni por la persistencia de prácticas duras, sino por un modo de pensar el vínculo que permanece intacto incluso cuando se moraliza. Este artículo propone una ruptura epistemológica: abandonar la lectura causalista y mecanicista de la relación humano–caballo —también en sus versiones “inteligentes”— y pensar el vínculo en clave sistémica e informacional, donde la intervención humana deja de ocupar el centro explicativo del orden del sistema



epistemológicos 
y lectura sistémica del vínculo humano–caballo

Hay saberes que no se equivocan por falta de información, sino por exceso de evidencia. La equitación es uno de ellos. Saturada de prácticas eficaces, de resultados visibles y de tradiciones que “funcionan”, ha construido una zona de confort cognitivo donde pensar parece innecesario. Justamente ahí operan los obstáculos epistemológicos: no como ignorancia, sino como saber bien asentado que impide ver.

Leer la equitación con Gaston Bachelard exige aceptar una tesis incómoda: el progreso no se logra afinando lo que ya hacemos, sino rompiendo el marco desde el cual lo interpretamos. No hay mejora sin corte. No hay comprensión nueva sin renuncia a una comprensión anterior que, aun siendo eficaz, se ha vuelto ciega.


El error de la evidencia

La experiencia primera gobierna la pista: lo siento, lo veo, responde. La percepción inmediata se erige en criterio de verdad. Pero lo que aparece como dato natural es, en realidad, resultado de un régimen de relación. El caballo no “es así”; está siendo así en un campo de fuerzas, expectativas y presiones que rara vez se tematiza.

El lenguaje consolida el error. Términos como relajación, contacto, sumisión, juego o natural pacifican el pensamiento: nombran estados como si fueran cosas. No fallan por falsos, sino por cerrar la pregunta.


La falsa dialéctica

Durante décadas, la equitación ha girado sobre oposiciones estériles: disciplina/juego, control/libertad, técnica/naturaleza. Se discuten como si fueran polos a equilibrar, proporciones a ajustar, transacciones morales. Pero esa lectura no es dialéctica; es contable.

La dialéctica, leída con rigor, no negocia contradicciones: las atraviesa. No produce síntesis conciliadoras, sino superaciones reales. Cuando irrumpe la novedad, el conflicto no se resuelve: caduca. Las categorías dejan de servir porque el problema ya no se formula en el mismo plano.

La novedad no emerge como acuerdo entre términos en tensión, sino como ruptura del marco que los hacía oponibles.


La analogía como desvío epistemológico

El problema no reside en la metáfora ni en el uso de imágenes. La ciencia ha sabido servirse de ellas como apoyos transitorios. El obstáculo aparece en otro lugar, más profundo: cuando la analogía deja de ser recurso heurístico y pasa a operar como equivalencia cognitiva.

Allí no se dice que un fenómeno se parezca a otro, sino que responden a la misma razón. La analogía ya no acompaña al conocimiento: lo suplanta. Confunde órdenes de explicación y traslada causalidades de un dominio a otro sin haber construido el campo propio del fenómeno.

El ejemplo clásico es elocuente: frotar madera para obtener fuego interpretado como analogía del acto sexual. No es una metáfora inofensiva, sino un traslado ilegítimo de causalidad. La imagen no falla por imprecisa, sino por excesivamente convincente: produce sentido antes de producir conocimiento.

En términos bachelardianos, el obstáculo no es la imagen, sino la imagen–razón: aquella que se presenta como explicación total. Por eso la dialéctica del no no se dirige contra la poética, sino contra su pretensión explicativa. El no separa lo que la analogía había fundido.


El corte: abandonar el mecanicismo

El mecanicismo causalista reduce el vínculo a una cadena lineal: estímulo–respuesta, causa–efecto, ayuda–reacción. Explica rápido y entrena rápido, pero empobrece. Confunde eficacia con inteligibilidad.

El corte epistemológico consiste en cambiar de régimen de lectura: abandonar la causalidad lineal y pensar el vínculo en clave informacional y sistémica. No preguntar qué causa qué, sino qué información circula, cómo se integra, qué umbrales activa, qué forma adopta el sistema.

El gesto deja de ser disparador y pasa a ser dato.
La ayuda deja de producir respuestas y pasa a in-formar el conjunto.


El binomio como sistema

Leído así, el binomio humano–caballo no es suma de voluntades ni dominio atenuado. Es un sistema acoplado, sensible a variaciones mínimas, donde cada modificación reorganiza el todo. El caballo no obedece ni juega: lee. El humano no manda ni suelta: modula.

La individualidad del caballo no preexiste al sistema ni se libera de él: emerge cuando el sistema alcanza un nuevo régimen de coherencia. No es propiedad; es evento.


Distanciarse de sí mismo

Una de las consecuencias más persistentes de los obstáculos epistemológicos no es teórica, sino práctica. Se manifiesta en paradigmas naturalizados de la conducta humana: hacer fuerza cuando algo no ocurre, dar órdenes cuando algo resiste, generalizar desde un caso exitoso, confundir repetición con verdad, leer obediencia donde hay inhibición. No se piensan: se actúan.

De ahí la recomendación decisiva para quien aspire a interactuar con caballos de un modo no trivial: tomar distancia de esos razonamientos. No del caballo, sino de sí mismo. Revisar los fundamentos prácticos y teóricos, suspender la evidencia del propio gesto y observarse críticamente como parte activa del sistema.

Hay aquí un gesto análogo al primer movimiento de la autoconciencia en la Fenomenología de Georg Wilhelm Friedrich Hegel: cuando la conciencia supera la percepción, no porque la niegue, sino porque descubre que lo percibido estaba ya mediado por su propia actividad. En la pista, no se ve “lo que el caballo es”, sino lo que los propios esquemas permiten ver.


La tentación humanizante

A este abordaje espontáneo se suma otro, más sutil: la humanización moral del vínculo. Compasión, bondad, buena intención, incluso libertad, ingresan como garantías éticas cuando en realidad operan como categorías impropias. No por falsas, sino porque no pertenecen al régimen de la práctica que dicen orientar.

Estas ideas, precisamente por su nobleza, se vuelven peligrosas. Tranquilizan la conciencia del manejador y desplazan la atención desde lo que efectivamente ocurre en el sistema hacia lo que el humano cree estar encarnando. El vínculo se evalúa por intención y no por estructura, coherencia y efectos reales.

El problema no es moral, sino epistemológico. La relación con el caballo no se funda en conceptos, sino en prácticas. Y las prácticas no se justifican: se entrenan. Introducir nociones humanizantes como principio explicativo repite el mismo desvío analógico: explicar un fenómeno por una razón que le es ajena.

Hablar de libertad, bondad o compasión sin haber transformado el sistema de interacción no libera al caballo: libera al humano de la obligación de pensar su práctica. El riesgo no es la crueldad, sino la autoindulgencia epistemológica.


Cierre

La equitación no se extravió por haber dominado al caballo, sino por haber comprendido el vínculo desde un paradigma causalista y mecanicista, donde la intervención humana —dura o benévola— ocupa el lugar de principio explicativo exclusivo del orden del sistema. Mientras ese supuesto no sea abandonado, toda reforma será superficial y toda novedad, aparente.

Las domas tradicionales y las llamadas domas inteligentes comparten, en este sentido, un mismo error estructural. Cambian las causas, moralizan los medios, suavizan los gestos, pero conservan intacta la gramática de la intervención. El humano sigue siendo el origen del sentido; el caballo, su efecto. Nada esencial se transforma porque el plano de lectura permanece inalterado.

La ruptura no consiste en intervenir mejor, sino en dejar de pensar la relación como algo que se produce desde la intervención. Consiste en desplazar el foco desde la acción humana hacia el sistema que se constituye en la relación misma; desde la causalidad lineal hacia la circulación de información; desde la intención hacia la forma.

Por eso, antes que nuevas técnicas o mejores disposiciones morales, lo que la equitación requiere es una distancia crítica respecto de sí misma. Una renuncia a la evidencia de sus propios gestos. Un aprendizaje que no se dirige primero al caballo, sino al pensamiento que pretende comprenderlo.

No se trata de humanizar más el vínculo ni de corregirlo éticamente.
Se trata de cambiar de plano.

Solo ahí —cuando la intervención deja de ocupar el centro explicativo y el sistema comienza a leerse en su propia lógica— algo verdaderamente nuevo puede acontecer.

viernes, enero 23, 2026

Disciplina, control y voluntad de poder frente a las domas “naturales”



El pasaje de la disciplina al control suele celebrarse como un progreso moral en la equitación contemporánea. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el poder no desaparece, sino que se disfraza de ética? Este artículo examina la falsedad de una relación con el caballo que pretende presentarse como libre de poder, y sostiene que sin voluntad de poder no hay práctica, no hay relación y no hay mundo.


Se suele afirmar que, en materia de equitación, hemos avanzado. Que hemos dejado atrás prácticas disciplinarias rígidas para adoptar formas más respetuosas, más sensibles, más éticas de relacionarnos con el caballo. El pasaje de la disciplina al control se presenta así como un progreso moral: menos coerción, más libertad; menos imposición, más escucha. Sin embargo, esta narrativa tranquilizadora encubre una transformación más incómoda. No hemos atenuado nuestra voluntad de poder. Nos hemos engañado respecto de ella.

El análisis que propone Michel Foucault sobre el pasaje de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control resulta aquí especialmente esclarecedor. Allí donde antes la regulación se ejercía de manera visible, frontal y normativa, hoy opera de forma ambiental, indirecta y estadística. Ya no corrige gesto por gesto: produce conductas globales. No impone trayectorias rígidas: orienta recorridos probables. La coerción no desaparece; se vuelve más eficaz y menos cuestionable.

Este desplazamiento puede leerse con claridad en las prácticas ecuestres contemporáneas. La crítica a la disciplina tradicional dio lugar a enfoques etológicos y a lo que suele denominarse “domas naturales”, sustentadas en un imperativo ético incuestionable: no dañar al animal, respetar su naturaleza, reconocer su sensibilidad. Nadie negaría que estos principios han mejorado el trato hacia el caballo. El problema no está allí.

El problema aparece cuando se confunde la crítica a la disciplina con la supuesta superación del poder.

No hay práctica sin poder. Y, más radicalmente aún, sin voluntad de poder no hay mundo. No hay acción, no hay forma, no hay relación. Esta afirmación puede incomodar, pero no se la puede discutir sin vaciar de contenido la experiencia misma de lo viviente. La voluntad de poder —en el sentido fuerte que le da Friedrich Nietzsche— no es una opción moral que pueda abandonarse a voluntad. No se tiene o no se tiene: se está atravesado por ella. Renunciar a la voluntad de poder no es virtud; es inhibición, empobrecimiento o retirada del mundo.

Desde esta perspectiva, el núcleo problemático de las domas “naturales” no es que ejerzan poder. Eso es inevitable. El núcleo de la crítica es otro: niegan ejercerlo. Allí comienza la falsedad.

Se vende una relación con el caballo que no sería una relación de poder. Se habla de elección, de colaboración, de libertad, como si el animal actuara en un espacio neutro. Pero el campo de acción está cuidadosamente diseñado: los estímulos se calibran, los márgenes de respuesta se delimitan, los objetivos se fijan de antemano. Nada de esto es ilegítimo. Lo ilegítimo es presentarlo como ausencia de poder. Allí donde la intervención se oculta bajo un lenguaje moral, deja de ser pensable, discutible y limitable.

No hemos pasado de la violencia a la libertad, sino de la disciplina explícita al control moralizado. Y el control moralizado es más eficaz que la disciplina porque ya no se presenta como imposición, sino como bien. Criticarlo equivale a quedar automáticamente del lado de la crueldad, del atraso o de la ignorancia. La buena conciencia opera, así, como blindaje.

Una imagen sencilla permite comprender este desplazamiento. Allí donde antes el recorrido se trazaba de antemano, hoy se deja que el uso “libre” marque los senderos. Sin embargo, esa libertad aparente no elimina el orden: lo produce de otro modo, más eficiente y menos visible. El camino ya no se impone; emerge, pero dentro de un campo cuidadosamente configurado.

El ejemplo extremo de esta lógica se encuentra en El caballo de Turín. Allí no hay abuso ni castigo. Hay cuidado, repetición mínima, abstención. Y, sin embargo, lo que la película muestra no es una vida más justa, sino una vida que se apaga. El caballo no es sometido: se retira. La ética entendida como renuncia a toda afirmación no libera; regresa. No produce mundo: lo extingue.

Esta escena —el quiebre ante el maltrato del caballo en Turín— ha sido recreada de manera ilustrativa en El día que Nietzsche lloró, donde el colapso emocional del filósofo no remite al rechazo del poder en sí, sino al impacto de su forma degradada: la fuerza reducida a descarga, despojada de forma y responsabilidad.

Esto permite ver con claridad que el problema nunca fue la voluntad de poder, sino sus formas degradadas o su negación hipócrita. La respuesta al exceso no puede ser la abolición del poder, sino su asunción trágica. No hay garantías, no hay legitimidad racional última, no hay coartadas morales. Hay riesgo, forma y responsabilidad.

En la práctica ecuestre, esto obliga a abandonar otra comodidad: pensar la relación exclusivamente como asimétrica. Más que asimétrica, la relación es controversial y cuerpo a cuerpo. No en el sentido de la violencia, sino en el de una implicación directa, expuesta, sin mediaciones morales que instauren distancia. Porque así como el humano ejerce su voluntad de poder —organizando el entorno, definiendo objetivos, imponiendo formas—, el caballo ejerce la suya cuando se siente amenazado, cuando resiste, cuando huye, cuando confronta. No hay pasividad natural ni sumisión originaria: hay fuerzas que se encuentran en presencia, se miden y se transforman.

La moralidad, cuando se presenta como garantía de justicia, tiende a imponer una distancia aséptica que refuerza la desigualdad. Quien se declara moralmente correcto se sitúa por encima de la relación. Resulta entonces paradójico que quienes critican el ego y el protagonismo del manejador terminen colocándose fuera del cuerpo a cuerpo, legitimados por una superioridad ética que los exime de implicarse. La relación no se vuelve más justa por tomar distancia, sino más falsa.

El verdadero problema ético no es ejercer poder, sino fingir que no se lo ejerce. Porque allí donde la intervención se disfraza de bondad, deja de volverse objeto de reflexión, crítica y límite. No hay ética que nos libere de la voluntad de poder. Lo único exigible es no negarla, no moralizarla y no convertir su ocultamiento en virtud.

Toda relación viva implica poder.
Toda práctica honesta comienza cuando se deja de mentir sobre ello.

jueves, enero 22, 2026

Ayudar no es dar órdenes


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Gimnasia viva y rechazo del estímulo reflejo en la doma clásica

En la doma clásica, la cuestión de las ayudas no puede reducirse a un problema técnico ni a una enumeración de medios permitidos o prohibidos. Las ayudas constituyen una gramática de intervención, y como toda gramática, expresan una concepción del cuerpo, del aprendizaje y de la relación entre jinete y caballo.

Por eso, la exclusión de la voz y de la fusta durante la prueba, y la aceptación —e incluso exigencia en ciertos niveles— de las espuelas, no es un detalle reglamentario ni una tradición arbitraria. Responde a una toma de posición más profunda: la doma clásica no se orienta a la producción de respuestas reflejas, sino al desarrollo de una organización corporal viva, disponible y autoportada.


Ayudar no es ordenar

Antes de analizar cada ayuda, conviene aclarar algo esencial: una ayuda no es una orden.
Tampoco es un estímulo determinante destinado a provocar una reacción automática.

La ayuda, como su nombre lo indica, es una colaboración. No sustituye la acción del caballo ni la produce desde afuera; crea las condiciones para que una respuesta posible emerja desde el propio sistema.

En la equitación clásica, ayudar no significa imponer un movimiento, sino inducir una reorganización. La respuesta no debería ser el efecto directo del gesto del jinete, sino el resultado de una disponibilidad previamente construida. Cuando la ayuda se convierte en un disparador, deja de ser ayuda y se transforma en mando.

Esta distinción es decisiva: define si el caballo actúa como organismo vivo que se organiza, o como objeto reactivo que responde.


Ayudas y adiestramiento: una distinción necesaria

Bajo distintas formas históricas —circo, entrenamiento para el espectáculo, pedagogías pavlovianas o conductistas— ha existido siempre una equitación orientada a la respuesta inmediata. En ella, el caballo es tratado como un organismo reactivo, capaz de ejecutar conductas previsibles frente a estímulos claros y reiterados.

Ese tipo de adiestramiento puede producir resultados visibles, pero se apoya en una lógica simple: estímulo → respuesta. No requiere equilibrio real, elasticidad ni reorganización postural. El gesto puede ser correcto sin que el cuerpo esté verdaderamente organizado.

La doma clásica se sitúa en otro plano. No busca conductas, sino disponibilidad. No persigue obediencia mecánica, sino gimnasia: una transformación progresiva del cuerpo del caballo que amplía su capacidad de coordinarse, sostenerse y expresarse con economía y armonía.


La voz: un canal que elude el cuerpo

La voz del jinete, aun cuando provenga de su propio cuerpo, introduce un canal de información que no atraviesa el sistema postural compartido. Actúa como estímulo auditivo directo, fácilmente asociable y altamente eficaz para generar respuestas rápidas.

Pero esa eficacia es precisamente su límite. La respuesta puede producirse sin que el cuerpo se reorganice. El caballo ejecuta, pero no necesariamente se transforma.

Desde la lógica de la doma clásica, una ayuda válida debe operar a través del cuerpo, modulando equilibrio, tono y coordinación. La voz, al funcionar como disparador externo, favorece asociaciones reflejas y por eso queda excluida del espacio de la prueba.


La fusta: pedagogía sí, demostración no

La fusta ocupa una posición intermedia y por eso su estatuto es particular. En el trabajo cotidiano puede cumplir una función pedagógica: clarificar una ayuda, despertar una zona, acompañar un proceso de comprensión corporal.

Pero en la prueba de doma no se evalúa el proceso, sino el estado alcanzado del sistema. La fusta permite corregir o producir el movimiento en el momento, lo que contradice el sentido mismo de la reprise.

En la pista no se trata de provocar la respuesta, sino de mostrar una respuesta que ya puede emerger sin ser inducida. Por eso la fusta queda fuera del espacio de demostración.


Espuelas: precisión integrada, no estímulo reflejo

La aceptación de las espuelas suele generar incomodidad contemporánea, pero su legitimación en la tradición clásica no se basa en la coerción, sino en su función.

La espuela:

  • está integrada al cuerpo del jinete

  • no crea un canal externo

  • no amplifica el gesto

  • exige una pierna estable, silenciosa y precisa

En su concepción ideal, no dispara la respuesta, sino que afina una disponibilidad existente. Solo tiene sentido cuando el sistema ya está organizado; no puede sustituirlo.

Por eso, paradójicamente, la ayuda que más exige criterio, oportunidad y medida es la que la doma clásica conserva, mientras excluye aquellas que facilitan respuestas rápidas pero pobres desde el punto de vista gimnástico.


Una nota necesaria sobre reflejo y aprendizaje

Desde un punto de vista neurofisiológico, conviene distinguir entre respuesta refleja y aprendizaje.
Un acto reflejo es una respuesta automática del sistema nervioso central, de baja latencia y escasa mediación cognitiva. No implica comprensión ni reorganización del sistema, sino la activación de un circuito previamente establecido.

El reflejo puede producir una conducta correcta desde el punto de vista externo, pero no constituye conocimiento ni aprendizaje en sentido estricto.

La doma clásica, entendida como gimnasia viva, no busca desencadenar reflejos, sino favorecer procesos de integración motriz y disponibilidad corporal. Allí donde domina el reflejo, la ayuda se vuelve mando; allí donde hay procesamiento y ajuste, la ayuda recupera su sentido propio: ayudar.


Ayudar es abrir una posibilidad

Las ayudas, en la equitación clásica, no determinan la respuesta: la hacen posible.
No ordenan: invitan.
No fuerzan: orientan.

Cuando la ayuda se convierte en causa directa del movimiento, el aprendizaje se empobrece. Cuando actúa como colaboración oportuna, medida y discreta, el movimiento emerge como expresión de un sistema vivo y organizado.

En esa diferencia —sutil pero decisiva— se juega todavía hoy el sentido profundo de la doma clásica.

sábado, enero 17, 2026

Cuando la equitación le queda chica a la genética


La genética ha producido caballos cuya potencia, expresividad y energía ya no encajan en los marcos técnicos y reglamentarios heredados. Cuando el sistema no sabe leer lo que produce, la tensión se resuelve sobre el cuerpo del caballo.

La excelencia genética avanza más rápido que la equitación que pretende evaluarla. En esa brecha silenciosa, el caballo queda atrapado entre un reglamento que constriñe y prácticas que buscan hacerlo encajar. No es un problema técnico, sino un conflicto de marco.


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Cuando la excelencia ya no cabe

Genética, cuadrilátero y conflicto epistemológico, ético y político

Un criador lo dijo con una lucidez incómoda:
“Ya no se crían caballos. Los criadores están obsesionados con producir una excelencia genética que sobresale de los marcos técnicos y reglamentarios.”

La frase no es una queja nostálgica ni una provocación vacía. Nombra con precisión un desplazamiento profundo en la práctica ecuestre contemporánea. El conflicto que hoy aparece en el cuadrilátero no comienza en el jinete ni en el entrenamiento. Comienza mucho antes, en el momento mismo en que se decide qué tipo de caballo vale la pena producir.


De criar caballos a producir excelencia

Durante décadas, la cría deportiva buscó caballos compatibles con un sistema ya dado: cuerpos entrenables, gestos legibles, energías que pudieran organizarse dentro de una gramática técnica y reglamentaria relativamente estable.

Hoy, esa expectativa cambió de escala.
La genética apunta a máximos: más elasticidad, más potencia, más suspensión, más presencia. No se busca tanto un caballo que encaje, sino uno que sobresalga. El problema no es esa búsqueda en sí, sino que esa excelencia ya no está pensada desde el marco que luego deberá evaluarla.

Así, la práctica produce caballos que el propio sistema no sabe alojar sin fricción.


El reglamento como fotografía histórica

Los reglamentos —cristalizados hoy en instancias como la Federación Ecuestre Internacional— no son verdades naturales. Son fotografías históricas: fijan un equilibrio particular entre biología disponible, técnica de entrenamiento, sensibilidad estética y ética implícita.

Cuando la genética acelera y ese marco no se actualiza, el reglamento deja de describir lo que ocurre y empieza a prescribir lo que debería ocurrir según un modelo heredado. En ese punto, ya no funciona como orientación, sino como fuerza de constricción.

El resultado es conocido: caballos “demasiado” expresivos, “demasiado” potentes, “demasiado” amplios. El “demasiado” no nombra un exceso objetivo, sino una inadecuación normativa.


El jinete ante un caballo que no cabe

Cuando un caballo expresa una energía que no entra cómodamente en el cuadrilátero, el jinete queda atrapado en una tensión estructural.
Si permite que el caballo se exprese, no encaja.
Si lo ajusta, apaga algo esencial.

La tentación habitual es contener: reducir amplitud, acortar gesto, bajar energía. No necesariamente por violencia explícita, sino por adecuación. Otra tentación es explotar esa energía, convertirla en impacto visual, en exceso espectacular.

Ambas respuestas comparten un rasgo: el sistema se impone al caballo. En ningún caso se interroga el marco.


Cuando el ajuste se vuelve éticamente reprochable

Aquí emerge el conflicto ético.
La necesidad de hacer encajar al caballo en un reglamento que lo constriñe puede derivar —y de hecho deriva— en manejos éticamente reprochables, incluso sin mala intención.

No se trata solo de violencia evidente. Se trata de:

  • contenciones sistemáticas que apagan la expresión,

  • correcciones repetidas para “normalizar” una energía que no es caótica,

  • intervenciones justificadas únicamente por la conformidad normativa.

El cuerpo del caballo se vuelve el lugar donde se resuelve una contradicción que no es suya.


El sistema produce lo que no sabe leer

Este punto es decisivo: el caballo no falla. Informa.
Porta una información nueva —otra relación entre energía, forma y tiempo— que el sistema no sabe interpretar con sus categorías actuales.

Aquí el problema deja de ser técnico y se vuelve epistemológico. Se sigue leyendo con una gramática pensada para otros cuerpos. Lo que no se comprende aparece como exceso; lo que no se simboliza se corrige.

Cuando una práctica no puede leer lo que ella misma produce, confunde descripción con prescripción y error con diferencia.


Epistemológica, ética y política: un mismo nudo

Este conflicto no puede pensarse en un solo plano.

Es epistemológico, porque el sistema ya no sabe leer los cuerpos que produce.
Es ético, porque esa incapacidad se resuelve operativamente sobre el caballo.
Es político, porque toda norma decide qué cuerpos son admisibles, qué expresividad es premiable y qué diferencia resulta incómoda.

No se trata de política partidaria, sino de una política de la forma. Cuando la genética produce caballos que desbordan el marco, el sistema enfrenta una decisión tácita: o revisa el criterio, o redefine al caballo.

Mientras esa decisión no se haga explícita, la presión seguirá recayendo sobre el animal.


Cierre

Tal vez haya llegado el momento de aceptar que ciertos caballos no “fallan” en el cuadrilátero.
Simplemente interpelan a un sistema que todavía no ha actualizado su modo de conocer, de intervenir y de decidir.

Cuando la excelencia ya no cabe, el problema no es el caballo.
Es el marco que insiste en medir con categorías que ya no alcanzan.

Y en ese punto, la responsabilidad deja de ser individual o técnica:
se vuelve —inevitablemente— epistemológica, ética y política.

viernes, enero 16, 2026

No todo caballo es lo que es






Equitación, artificio y organización abierta

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Hay una canción del dúo argentino Pastoral, En el hospicio, que relata el encierro de un hombre por una pregunta aparentemente absurda: si el perro es perro y nada más.
La escena no describe un delirio exuberante, sino algo más inquietante: una literalidad extrema. La sospecha de que las cosas deban coincidir plenamente consigo mismas, que agoten su sentido en lo que son.

Pero ¿y si la locura no consistiera en ver demasiado, sino en ver solo?
¿Y si un mundo donde el perro es únicamente perro —sin excedente, sin relación, sin desplazamiento— fuera, en realidad, un mundo inerte?

Trasladada al campo ecuestre, la pregunta se vuelve decisiva:
¿qué sería el caballo si fuera solo caballo?


El caballo como fenómeno, no como esencia

Pensar al caballo desde una definición esencialista y naturalista implica concebirlo como un organismo cerrado, autosuficiente, plenamente definido por su biología.
Pero ese caballo —si existiera— no tendría mundo.

No habría relación, aprendizaje, técnica ni arte ecuestre.
Habría un organismo, pero no un fenómeno.

A esto debe agregarse un dato decisivo que toda idealización de la “naturaleza pura” suele omitir: el caballo que hoy conocemos y apreciamos ya es producto de una larga historia de domesticación.
Su morfología, su temperamento, su plasticidad conductual y su capacidad de aprendizaje no son rasgos simplemente dados, sino el resultado de una interacción prolongada con el hombre. Pensar al caballo como una esencia previa a toda relación humana no solo es conceptualmente problemático: es históricamente falso. Sin esa co-evolución —biológica, técnica y simbólica— es incluso plausible que el caballo, tal como lo conocemos, ya no existiera.

El caballo reducido a su pura esencia natural no solo carecería de mundo:
carecería también de historia.


Cuando “caballo” se extiende más allá del caballo

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El ejemplo de Corleo, desarrollado por Kawasaki Heavy Industries, lleva esta cuestión al límite.

Corleo no es un animal:

  • no comparte la materia del caballo,

  • no responde a su forma biológica,

  • no tiene su causa eficiente natural.

Y, sin embargo:

  • se monta,

  • se conduce,

  • exige equilibrio,

  • produce una experiencia inequívocamente ecuestre.

Fenomenológicamente, es reconocido como “caballo”.
Esto no es un error conceptual, sino una evidencia: la noción de caballo nunca fue solo biológica. Siempre incluyó relación, función, acoplamiento, mundo compartido. Por eso puede extenderse sin disolverse.


Las cuatro causas como instrumento, no como frontera

Aquí el marco aristotélico resulta especialmente fecundo, si se lo lee sin dogmatismo.
Las cuatro causas —material, formal, eficiente y final— no operan como requisitos rígidos, sino como modos de inteligibilidad.

  • Causa material: el cuerpo vivo del caballo establece condiciones, pero no agota el fenómeno.

  • Causa formal: la forma no es un molde fijo, sino una organización dinámica que se conserva en la variación.

  • Causa eficiente: en la equitación, la relación, la técnica y el gesto humano no son añadidos externos, sino causas constitutivas del fenómeno ecuestre.

  • Causa final: no como función impuesta, sino como orientación emergente del sistema: coherencia, armonía, continuidad del vínculo.

No todas las causas coinciden siempre.
Y, sin embargo, el fenómeno persiste.

El caballo no es una sustancia definida por la coincidencia perfecta de sus causas, sino un fenómeno cuya identidad se mantiene por la conservación de una organización abierta.


El artificio natural

Desde este marco, el artificio deja de ser una traición a la naturaleza.
El artificio natural no introduce algo ajeno al sistema: redistribuye causas sin negarlas. Modula causas eficientes, reorienta causas finales, sin violentar la materia ni destruir la forma.

El arte ecuestre no impone una estructura externa al caballo. Trabaja con su plasticidad, con su capacidad de aprender, de ajustarse, de resonar. Interviene no para dominar una esencia, sino para sostener una apertura.

Un sistema incapaz de ser afectado no sería más natural, sino simplemente inerte.


Domesticación, artificio y ética de la intervención

La domesticación no fue un episodio accidental ni una corrupción de una naturaleza originaria, sino el inicio de una historia de mediaciones que hizo posible al caballo tal como hoy lo conocemos. Desde entonces, toda relación con el caballo —incluida la no intervención— es ya una forma de artificio. La cuestión ética, por lo tanto, no reside en oponer naturaleza y técnica, sino en discernir qué tipo de artificio ponemos en juego. El artificio natural nombra precisamente esa zona de responsabilidad: intervenir sin clausurar, orientar sin imponer, modular sin romper la organización del sistema. Una ética de la intervención no protege al caballo de la relación, sino que se hace cargo de ella, asumiendo que el mundo del caballo es inseparable del modo en que lo habitamos juntos.


Cierre

No todo caballo es lo que es.
Y justamente por eso existe la relación con el hombre, el artificio y el arte ecuestre.
Allí donde una mirada esencialista ve una traición a la naturaleza, una lectura no dogmática —aristotélica, sistémica— reconoce una mediación necesaria: la que permite que el caballo siga siendo un fenómeno abierto, y no una cosa preservada hasta la inmovilidad.
Loco, entonces, no es quien advierte los desplazamientos y las mediaciones, sino quien cree que el caballo es solo un caballo.