domingo, febrero 22, 2026

Sentimental Mood





Una reflexión sobre la tentación de leer la relación humano-caballo desde la armonía afectiva. Sin negar el afecto, el texto recorre —sin apuro— aquello que queda fuera cuando el sentimiento ocupa demasiado espacio como código de interpretación del vínculo



Sobre el sentimentalismo y la ilusión de cercanía

(Deriva para pensar la relación humano–caballo)

Hay una tendencia —hoy casi inevitable— a pensar la relación con el caballo desde el sentimiento. No como una decisión explícita, sino como una inclinación suave, que se instala con la naturalidad de lo evidente. Se dice que el caballo es sensible, que percibe, que siente, lo que sin dejar de ser cierto abre un terreno que resulta familiar al humano: el de la empatía, la armonía, la cercanía emocional. Nada parece más razonable. Nada parece más humano.

Sin embargo, algo empieza a desplazarse cuando el sentimiento deja de ser una dimensión del vínculo para convertirse en su principio de interpretación.

El sentimentalismo no irrumpe con estridencia, se infiltra. Aparece como una forma de cuidado, como una sensibilidad afinada, como una corrección ética frente a prácticas más burdas. Pero en ese mismo gesto introduce una mediación silenciosa: antes de preguntarnos qué ocurre en la relación, nos preguntamos qué sentimos respecto de ella de tal modo que el juicio precede al fenómeno y a la observación. 

Ni siquiera se trata de lo verdaderamente conmovedor. Conmover, en su sentido fuerte, implica poner en movimiento, introducir una diferencia interna, alterar un equilibrio previo. El arte conmueve porque desorganiza, porque obliga a reorganizar la mirada. El sentimentalismo, en cambio, no conmueve: aplaca. Produce una emoción sin desplazamiento, una armonía inmediata que se experimenta como correcta precisamente porque no exige transformación. Es una emoción que no interrumpe, que no abre preguntas, que no introduce fricción.

En esa atmósfera, la relación se interpreta según presupuestos e inferencias: si hay calma, debe haber entendimiento, si hay paz, debe haber vínculo. El sentimiento opera como reactivo: algo en la escena despierta una vivencia afectiva que parece confirmar que el vínculo está bien orientado porque el sentimiento constituiría un terreno común, un lenguaje compartido desde el cual humano y caballo podrían comprenderse. Pero ese reactivo no es transparente. Leído a través del cristal del sentimentalismo, puede interpretar como integración lo que acaso sea apenas inhibición. La calma no es unívoca: puede ser expresión de coordinación dinámica o simplemente suspensión de la tensión. 

Quizás por eso convenga desconfiar de la armonía inmediata. No para endurecer la relación, ni para expulsar el afecto, sino para devolverle su lugar. El afecto no como código común, ni como traducción automática, sino como una de las fuerzas que atraviesan un sistema más amplio, heterogéneo, todavía por construir.

La búsqueda de equilibrio, cuando se apoya en la eliminación de toda tensión, conduce a una calma engañosa. Los sistemas vivos no se empobrecen por exceso de diferencia, sino por su desaparición. El equilibrio no es ausencia de tensión, sino metaestabilidad: un estado donde una diferencia mínima basta para producir movimiento. Un caballo pasivo puede parecer equilibrado, pero suele ser difícil de mover. No por resistencia, sino por inercia. La información ya no circula; se disipa.

La proyección de sentimientos que el humano imagina como análogos entre él y el caballo no fortalece el vínculo. No lo profundiza ni lo vuelve más justo. Por el contrario, lo empobrece, porque instala un régimen de sentido que solo una de las partes conoce y maneja. El caballo no comparte ese código, no lo reconoce como lenguaje, no puede operar dentro de él.

La conducta del caballo empieza entonces a leerse con una familiaridad excesiva. Compasión, confianza, aceptación: palabras cercanas, disponibles, tranquilizadoras. El gesto parece hablar por sí mismo. El sentido llega rápido, demasiado rápido y se atribuye a esa interpretación un valor relacional. que no es entendimiento, sino proyección.

El lenguaje afectivo que organiza esta lectura es un lenguaje que solo uno de los dos conoce. Es el humano quien decide qué significa la calma, qué expresa una detención, qué revela una resistencia. El caballo no accede a ese código, no lo comparte, no puede operar dentro de él. No porque carezca de sensibilidad, sino porque su sensibilidad no está organizada según los mismos esquemas simbólicos. El sentimiento funciona entonces como una traducción anticipada, no como un espacio común. La relación parece cercana, pero empieza a volverse opaca. Resulta paradójico: cuanto más se sentimentaliza el vínculo, menos relación hay. Porque una relación no se construye cuando uno de los términos interpreta al otro desde un código que el otro no puede habitar. Allí donde se cree haber creado un puente, se ha levantado un monólogo afectivo.

La asimetría reaparece aquí, aunque no en el sentido habitual. No como desigualdad moral ni como simple relación de poder —aunque estas dimensiones existan en el plano técnico—, sino como diferencia radical entre sistemas. No somos parecidos al caballo. No compartimos la misma ecología perceptiva, ni los mismos umbrales de respuesta, ni la misma manera de organizar el tiempo, el espacio o la atención. Esa es la asimetría y no hay afecto que la disuelva.

Cuando se intenta superar esa diferencia mediante una supuesta comunidad emocional, lo que se produce no es encuentro, sino licuación. La diferencia no desaparece: se diluye. Y en esa dilución, el caballo empieza a ocupar otro lugar. Deja de ser pensado por lo que es —un sistema vivo, situado, sensible a un campo de fuerzas— y pasa a ser pensado por lo que produce en el humano: calma, sostén, equilibrio interior.

La relación se reorganiza entonces alrededor de una función psicológica. El caballo se vuelve regulador emocional, soporte de estabilidad, garante de una cierta imagen de sí. No es una apropiación violenta. Es silenciosa, incluso bienintencionada. Pero es una apropiación al fin.

Como señalaba Roger Scruton al criticar el sentimentalismo en relación con los objetos cotidianos, cuando algo vale por lo que significa para mí, su forma, su función y su lugar en un conjunto dejan de importar. La referencia se desplaza del mundo al yo. En la relación con el caballo ocurre algo semejante: el vínculo se vuelve psicológicamente eficaz, pero epistemológicamente pobre.

Circula una imagen insistente en el mundo ecuestre, casi convertida en aforismo: el caballo es el espejo del manejador. La frase parece convocar a la responsabilidad. Todo lo que acontece en la relación —la calma, la tensión, la resistencia, la fluidez— se lee entonces como expresión del estado interior del humano.

La metáfora posee una fuerza seductora. Bajo su aparente modestia —“mírate a ti antes de juzgar al caballo”— reinstala un principio de coherencia moral: si algo no funciona, la causa está en uno mismo. El espejo, en ese sentido, tranquiliza. Ofrece un criterio interpretativo inmediato, una vía rápida para organizar la escena.

Pero como toda metáfora poderosa, simplifica aquello que nombra. Y lo hace de un modo que conviene examinar.

Si el caballo es espejo, entonces deja de ser estrictamente un otro. Se convierte en superficie reflectante. No aporta información propia: devuelve. No introduce diferencia: confirma o corrige una identidad previa. El sistema se simplifica hasta quedar reducido a un único foco de referencia.

La relación humano–caballo es asimétrica en un sentido radical: no compartimos la misma ecología perceptiva, ni los mismos umbrales de activación, ni la misma manera de organizar el tiempo, el espacio o la atención. Esa diferencia no es un defecto que deba ser compensado por empatía, sino el dato estructural desde el cual la relación puede construirse.

La metáfora del espejo suspende esa asimetría. Al traducir todo fenómeno a la interioridad humana, neutraliza la diferencia entre sistemas. Donde había heterogeneidad operativa, queda equivalencia interpretativa.

La relación se repliega así sobre una equivalencia estructural: lo que aparece en el caballo es, en última instancia, lo que ya estaba en el humano. La diferencia deja de operar como fuente de información y pasa a ser leída como síntoma.

Donde había al menos dos sistemas en interacción —cada uno con su propia ecología perceptiva, sus umbrales de activación, su modo de organizar la información— queda una sola interioridad que se contempla a sí misma. El caballo ya no comparece como polo de alteridad sino como función dentro de la economía subjetiva del humano.

Esta operación no es violenta en apariencia. Es incluso bienintencionada. Pero produce una absorción silenciosa: el caballo queda integrado en el circuito interpretativo del humano antes de poder ser interrogado como sistema autónomo.

Cuando la metáfora del espejo se naturaliza, el campo de observación se estrecha. Todo fenómeno queda explicado de antemano. No hay gesto que no pueda ser devuelto al origen humano. La escena deja de ser un espacio de descubrimiento para convertirse en confirmación.

El problema no es moral, sino epistemológico. Si todo lo que el caballo hace es leído como reflejo, entonces desaparece la posibilidad de que introduzca información inesperada. La alteridad queda neutralizada antes de desplegarse.

La metáfora del espejo no fortalece el vínculo: lo clausura. Porque una relación no se construye por equivalencia, sino por diferencia sostenida. Allí donde cada gesto confirma una identidad previa, no hay intercambio real de información. Hay repetición.

Tal vez el caballo no sea espejo. Tal vez sea precisamente aquello que no devuelve exactamente lo que esperamos ver. Y es en esa falta de coincidencia —en esa resistencia mínima a reflejar— donde comienza a operar una dinámica relacional auténtica.

Esta es la razón por la cual el sentimentalismo constituye un obstáculo epistemológico: no solo antecede el juicio al fenómeno, sino que clausura la posibilidad misma de una descripción compartida. El caballo deja de ser interrogado como sistema vivo y situado, y pasa a ser leído como portador de significados emocionales que no le pertenecen.

No se trata, entonces, de oponer frialdad a afecto, ni técnica a sensibilidad. Se trata de reconocer que no todo afecto es relacional y que no toda empatía produce vínculo. Un vínculo se construye cuando el sistema que se crea entre humano y caballo es operable para ambos, cuando la información circula de un modo que no depende exclusivamente de la interioridad de uno solo.

El sentimentalismo fracasa justamente ahí: confunde intensidad subjetiva con relación, y proyección con comprensión. En lugar de abrir un espacio común, lo ocupa con significaciones privadas. En lugar de acercar, satura.

Pensar la relación humano–caballo exige entonces una renuncia incómoda: abandonar la tranquilidad de interpretar al otro desde lo que sentimos y aceptar el trabajo más exigente de construir un sistema de interacción donde el sentido no esté garantizado de antemano.

La ilusión de cercanía sentimental produce así una distancia funcional. No porque falte afecto, sino porque el afecto ha ocupado demasiado espacio. Ha pasado de ser una dimensión del vínculo a ser su explicación. Y allí donde el sentido está garantizado de antemano, ya no hay relación que construir, solo sesgo de confirmación.

Tal vez pensar la relación humano–caballo exija aceptar algo más incómodo: que no hay un terreno común dado desde el inicio, que el vínculo no se funda en la similitud ni en la empatía inmediata, sino en la composición paciente de diferencias. Que comprender no es proyectar, ni reflejarse, ni encontrar en el otro un espejo tranquilizador.

Los sistemas vivos no se movilizan por identidad, sino por diferencia. No avanzan porque todo coincida, sino porque algo —mínimo pero persistente— introduce una variación. La relación no progresa cuando se vuelve transparente, sino cuando conserva una tensión capaz de generar movimiento.

No se trata de sentir lo mismo.

No se trata de entenderse emocionalmente.
Se trata de que el vínculo no dependa de un código que solo uno de los dos puede leer.

La marea no avanza porque el mar esté en calma,
sino porque la luna insiste,
una y otra vez,
introduciendo una diferencia mínima
que basta para ponerlo todo en movimiento.

Quizás convenga dejar que esa diferencia siga operando.
Sin apresurarse a cerrar el sentido.
Sin convertir la relación en una certeza. Ahí, tal vez, empiece otra forma de cercanía.

lunes, febrero 16, 2026

La falsa libertad del juego

Seguridad, sentido y diferencia en la relación humano–caballo


La idea de que el juego constituye la mejor condición para el aprendizaje se ha vuelto casi incuestionable en ciertos enfoques contemporáneos de la relación humano–caballo. Este texto propone una revisión crítica de esa premisa, mostrando que la libertad no es un punto de partida sino una emergencia del sistema. Sin seguridad instituida, sin organización del campo y sin una gramática que dé sentido a la experiencia, el juego no libera: dispersa. Aprender no consiste en dejar hacer, sino en introducir la diferencia justa en el momento oportuno.


Una de las ideas más difundidas en ciertos enfoques contemporáneos del aprendizaje —y particularmente en el ámbito ecuestre— sostiene que el juego constituye la mejor condición para aprender. Bajo esta premisa, la exploración libre sería garantía de libertad, y la libertad, a su vez, condición suficiente para que el aprendizaje ocurra de manera auténtica. Sin embargo, esta secuencia encierra una confusión conceptual profunda que conviene examinar con cuidado.

El primer equívoco consiste en atribuir al juego un estatuto fundante. Desde el punto de vista neurobiológico, lo único que puede afirmarse con rigor es que ciertos estados de baja amenaza favorecen la plasticidad y amplían el repertorio cognitivo. Pero traducir esta observación en términos pedagógicos —identificando juego con libertad y libertad con aprendizaje— implica un salto ilegítimo. El juego no es una condición de posibilidad del aprendizaje: es, en el mejor de los casos, un fenómeno emergente que puede aparecer cuando otras condiciones ya están dadas.

La condición primera no es la libertad, sino la seguridad. Sin un estado de seguridad instituido, el sistema no se abre a la exploración cognitiva, sino que queda gobernado por su hardware instintivo: respuestas atávicas de miedo, fuga o evitación. En ese contexto, la experiencia no se organiza como aprendizaje, sino como una sucesión de hechos sin sentido, procesados según disposiciones temperamentales previas. El éxito o el fracaso de la experiencia dependerá entonces menos del marco que del carácter del caballo, lo cual no constituye ni un criterio pedagógico ni una posición ética defendible.

Esto obliga a invertir una jerarquía frecuentemente mal planteada. No es la regulación autonómica la que produce seguridad; es la seguridad relacional la que permite que el sistema se regule. Solo cuando el reflejo de amenaza se suspende puede emerger una regulación estable, y solo entonces la exploración deja de ser errática para volverse informativa. Sin esta secuencia, la llamada “libertad” no es más que abandono del sistema a su inercia biológica.

A este punto se suma un segundo malentendido, de orden ético y relacional: la idea de que la relación humano–caballo sería esencialmente asimétrica y que, por lo tanto, la renuncia a la dirección constituiría un gesto de respeto. Esta formulación, lejos de reconocer la potencia del caballo, la neutraliza. El caballo no es un organismo pasivo al que haya que proteger de toda confrontación, sino un centro activo de voluntad. Reconocer esa voluntad no implica reprimirla, sino dirigirla, inscribirla en un campo común donde pueda adquirir forma y sentido.

Contención sin dirección, combinada con renuncia a la intervención, no produce libertad: produce sumisión. No porque imponga una voluntad externa, sino porque deja al sistema sometido a una heteronomía más profunda: la de lo instintivo no mediado. En este sentido, la apelación al juego como espacio de libertad resulta engañosa. La supuesta libertad del juego no organiza el sistema ni permite construir sentido; a lo sumo suspende momentáneamente la coerción explícita, pero no instituye ninguna ley interna.

Esta confusión no es inofensiva. En la práctica ecuestre, se traduce en mala praxis, precisamente porque atribuye sentido allí donde no ha sido instituido. Un primer ejemplo, frecuente y aparentemente benigno, es el del caballo celebrado como “amigable”. Se fomenta su iniciativa constante de contacto, su aproximación espontánea, su insistencia exploratoria, sin establecer una gramática clara del espacio compartido. El caballo aprende, efectivamente, pero aprende una regularidad pobre en sentido relacional: acercarse, invadir, insistir. Mientras interactúa con personas experimentadas, el riesgo permanece latente; cuando el contexto cambia —un niño, una persona inexperta, un cuerpo que reacciona con miedo— esa misma pauta se vuelve problemática. No hay agresión ni confusión: hay generalización no orientada.

El segundo ejemplo es más grave, porque revela con mayor nitidez el equívoco semántico de fondo. Se invita al caballo a “jugar” con una pelota, y se interpreta esa interacción como enriquecimiento cognitivo o expresión de libertad. Sin embargo, aquí el antropomorfismo resulta decisivo. Para el humano, la pelota está simbólicamente ligada al juego; para el caballo, no. La pelota no es un objeto lúdico, sino un estímulo que activa determinadas secuencias sensoriomotoras: empujar, morder, perseguir, repetir. El caballo no juega: aprende una pauta de acción eficaz frente a un tipo de estímulo. En ausencia de una gramática que discrimine contextos y destinatarios, cualquier elemento que comparta rasgos relevantes —movimiento, tamaño, novedad— podrá ser tratado de la misma manera.

Aquí se vuelve visible la falta de semántica. El niño que juega introduce sentido, ensaya reglas, suspende y restituye significados; su juego es una actividad simbólica y creativa. Proyectar ese esquema sobre el caballo no solo es inexacto, sino conceptualmente irresponsable. En el caballo no hay “como si” ni ficción compartida: hay aprendizaje por regularidades. Llamar libertad a esa dinámica no la ennoblece; la oculta.

Como ya señalaba Immanuel Kant, nadie es libre en un contexto heterónomo. Y no hay nada más heterónomo que una conducta gobernada por reflejos atávicos, aun cuando no medie intervención humana alguna. La ausencia de dirección no funda autonomía: simplemente traslada la determinación al nivel más antiguo del sistema.

Por eso, toda premisa de autonomía previa a la seguridad debe ceder su lugar. La libertad no antecede a la organización del sistema: emerge de ella. Solo cuando la seguridad ha sido instituida, la experiencia organizada y la diferencia orientada, la voluntad —humana y equina— puede reconocerse como tal y operar con sentido propio.

Allí donde se invoca el juego como garantía de libertad, suele faltar la pregunta decisiva: qué diferencia introduce esa experiencia y qué reorganiza realmente en el sistema. Sin seguridad, sin gramática y sin dirección, no hay autonomía posible, solo variación gobernada por lo atávico. La praxis no consiste en dejar hacer, sino en saber introducir la diferencia justa para que la potencia no se disperse y el sentido pueda emerger.

La libertad no nace de la ausencia de forma, sino de la diferencia justa introducida en el momento oportuno.

domingo, febrero 15, 2026

Más mundo que memoria


Solemos repetir que “los caballos tienen buena memoria”, y desde allí explicamos reacciones, resistencias y supuestos traumas. Pero ¿qué significa realmente memoria en términos biológicos? Este texto propone una traducción conceptual que desplaza el eje del pasado hacia el horizonte: no se trata de recuerdos que condenan, sino de plasticidad que puede ampliarse. Allí donde el mundo se ensancha, el miedo pierde su monopolio.


Plasticidad, miedo y horizonte en la relación humano–caballo

“Los caballos tienen buena memoria.”

La frase circula con naturalidad en el mundo ecuestre. Parece prudente, incluso protectora. Funciona como advertencia ética y como explicación de muchos comportamientos: si el caballo reacciona, es porque recuerda; si desconfía, es porque algo quedó grabado; si se resiste, es porque arrastra un pasado.

Pero bajo esa fórmula aparentemente inocente se desliza una ontología completa.

En el uso cotidiano, memoria significa recuerdo. Implica evocación de una escena, comparación entre pasado y presente, continuidad narrativa. Supone que algo vivido permanece como contenido interno al que se puede volver: “esto se parece a aquello que me ocurrió”.

Desde allí es fácil deslizarse hacia la noción de trauma. La conducta actual sería efecto de una huella que el caballo conserva como experiencia interior no resuelta. Y el entrenamiento, entonces, debería reparar esa historia.

Sin embargo, en el terreno neurobiológico, la memoria no es relato. Es plasticidad. Y esto nos abre una rica perspectiva que nos ofrece una manera diferente de abordar al caballo.

Memoria, en sentido estricto, es modificación relativamente estable de la organización del sistema producida por la experiencia. Un estímulo altera conexiones, ajusta umbrales, reorganiza circuitos. Si esa reorganización persiste en el tiempo, hablamos de memoria.

El organismo no “recuerda” el cambio. El organismo es el cambio.

No hay un archivo al que se accede. No hay necesariamente escena mental evocada. Hay configuración actual que fue modificada por interacciones previas.

La memoria no es un contenido almacenado: es la persistencia de una reorganización.

Esta distinción es decisiva. Porque cuando confundimos plasticidad con narración, el caballo deja de ser un sistema sensible y se convierte en sujeto herido. Y la práctica deja de orientarse a ampliar mundo para orientarse a reparar historia.

Tengamos en cuenta que no hay tabula rasa en ningún organismo. El caballo no parte de una inocencia neutra que un evento traumático viene a quebrar. Desde el inicio hay organización: umbrales, predisposiciones, ritmos, arquitectura de presa. Lo que llamamos trauma no crea estructura; la reconfigura. Y muchas veces esa reconfiguración no surge de un único evento dramático, sino de sedimentaciones graduales, de contextos repetidos, de cierres defensivos que lograron estabilizarse.

Un sistema puede endurecerse, volverse rígido, ofrecer un repertorio reducido de respuestas sin que exista autobiografía interna. Puede reducir su rango sin que haya relato. Puede volverse hipersensible sin que medie comparación consciente con el pasado.

Entonces la pregunta deja de ser:
“¿Recuerda el caballo?”

Y pasa a ser:
“¿Qué mundo puede sostener?”

Un caballo dominado por el miedo vive en un mundo estrecho. La novedad se identifica rápidamente con amenaza. Lo ambiguo se resuelve en fuga. No porque recuerde una escena, sino porque su rango de tolerancia es reducido. El mundo no es pobre en estímulos; es pobre en posibilidades de respuesta.

En ese mundo comprimido, el presente es instantáneo. No hay margen. No hay gradiente. Solo activación o retirada. El tiempo se reduce a reacción. El espacio se contrae en vigilancia.

En cambio, cuando el contexto ofrece estabilidad suficiente, previsibilidad gradual y variabilidad tolerable, el horizonte se amplía. La novedad ya no es absorbida inmediatamente por el programa atávico. Aparecen matices. Aparece permanencia sin activación automática. Aparece exploración.

No se trata de desbloquear facultades ocultas. Se trata de ampliar condiciones.

Del mismo modo que un humano alfabetizado no adquiere una nueva esencia, sino que amplía su mundo simbólico, el caballo, cuando amplía su mundo, no se convierte en otro ser: gana diferenciación. Gana margen. Puede sostener unos segundos más de exposición. Puede permanecer sin resolver de inmediato. Puede diferenciar antes de reaccionar.

Y esa reorganización produce sosiego.

No porque el caballo “comprenda” que no hay peligro, sino porque ya no todo es leído como peligro. El mundo deja de ser un campo minado y se convierte en un campo de variaciones.

La respuesta de fuga no desaparece —ni debería hacerlo—. Forma parte de su arquitectura. Pero pierde hegemonía. La amenaza deja de organizarlo todo.

Tal vez, después de todo este recorrido, la frase inicial no necesite ser descartada, sino traducida.

Cuando decimos “el caballo tiene buena memoria”, imaginamos recuerdos persistentes, escenas que regresan, huellas que no se borran. Pensamos en pasado almacenado. Pensamos en trauma.

Pero si hablamos con mayor precisión, deberíamos decir otra cosa:

El caballo tiene alta capacidad de plasticidad y de estabilización de cambios.

Eso significa que su organización se modifica con la experiencia y que esas modificaciones pueden persistir. No que conserve relatos interiores. No que compare ayer y hoy como un sujeto narrativo. Significa que el sistema aprende estructuralmente.

Y si aprende estructuralmente, también puede reorganizarse estructuralmente.

La memoria, entonces, no encadena al pasado. Es capacidad de transformación.

La cuestión no es si recuerda.
La cuestión es cuánto mundo puede sostener ahora.

Cuando el mundo se amplía, aparece tiempo.

Tiempo como margen entre estímulo y respuesta.
Tiempo como posibilidad antes de la fuga.
Tiempo como espacio abierto hacia lo que viene.

El caballo que “tiene buena memoria” no es el que no olvida: es el que puede reorganizarse.

Y allí donde la reorganización se orienta hacia la ampliación del mundo, el horizonte se despeja, no porque el pasado haya sido borrado ni reparado, sino porque hay más mundo.


viernes, febrero 06, 2026

El bienestar como obstáculo epistemológico

El bienestar como obstáculo epistemológico




En el discurso ecuestre contemporáneo, pocas nociones gozan de un consenso tan amplio y tan inmediato como la de bienestar. Su valor parece evidente, su legitimidad incuestionable. Sin embargo, justamente por ese estatuto moral incontestado, el bienestar ha dejado de funcionar como herramienta de análisis para convertirse en un imperativo. Y cuando eso ocurre, lejos de esclarecer la relación humano–caballo, comienza a volverla ilegible.

El problema no es la preocupación por las condiciones de vida ni la reducción del sufrimiento evitable. El problema aparece cuando el bienestar se transforma en un marco moral que pretende evaluar la relación en términos de corrección o falta, de legitimidad o transgresión. En ese punto, el bienestar ya no describe lo que ocurre: juzga. Y al juzgar, ya no permite ver ni comprender.

Buena parte de la equitación actual ha abandonado el viejo lenguaje mecanicista del estímulo y la respuesta para adoptar un vocabulario aparentemente más sensible: escucha, emoción, consentimiento, colaboración. Sin embargo, el cambio suele ser más retórico que conceptual. Se suaviza el lenguaje, pero se conserva intacta la estructura causal: si algo no funciona, alguien ha fallado. La diferencia es que ahora el error ya no es técnico, sino moral.

Desde este marco, el caballo parece “decir que no”, “expresar un desacuerdo” o “negar su consentimiento”. La relación se traduce así a un plano moral y psicológico que tranquiliza el relato humano, pero empobrece la comprensión del fenómeno. El caballo no responde como sujeto moral que consiente el bien ni como interlocutor que comparte un lenguaje normativo. Responde desde un marco relacional ya activo, desde un contexto que lo está modificando en tiempo real. Incluso cuando hay evaluación, memoria o preferencia, estas no operan en el plano del consentimiento moral, sino como efectos de una dinámica en curso.

Pensar la relación en términos sistémicos implica un desplazamiento más radical: no solo el caballo responde como parte de un sistema, también el manejador es integrado, afectado y ecualizado por esa misma dinámica. No hay un sujeto moral externo que intervenga desde fuera del sistema para regularlo según valores previos. Hay cuerpos implicados en una relación viva que los modifica a ambos. El sistema no es el escenario de la acción: es lo que está ocurriendo.

Desde esta perspectiva, la resistencia deja de ser una falta ética y se vuelve un dato. La tensión deja de exigir justificación y pasa a ser información. El conflicto ya no aparece como una anomalía que deba ser suprimida en nombre del bienestar, sino como una expresión legítima de una configuración relacional concreta.

Aquí se vuelve visible una paradoja contemporánea: incluso muchos manejadores que se identifican con corrientes llamadas “naturales” se ven hoy reprochados moralmente y obligados a justificarse dentro del mismo marco ético que pretendían superar. El debate se vuelve imposible, no porque falten argumentos, sino porque el juicio moral nunca puede ser satisfecho. Un domador no es un monje tibetano apartado del mundo: es alguien que ha decidido enfrentar lo vivo, aceptar la implicación corporal y asumir dinámicas conflictivas. Allí donde hay cuerpo a cuerpo, no hay pureza moral posible.

Quizás por eso la equitación se ha convertido, sin saberlo, en un campo privilegiado donde se ensayan ciertas políticas contemporáneas del vínculo.

Una ética de la relación no consiste en negar el conflicto ni en recubrirlo de buenas intenciones, sino en hacerlo legible. No comienza cuando desaparece la tensión, sino cuando se deja de moralizarla. Donde la asimetría no se disimula bajo la retórica del consentimiento y donde el poder no se niega, sino que se reconoce como condición del sistema.

Tal vez el desafío no consista en producir relaciones cada vez más “correctas” desde el punto de vista moral, sino en construir sistemas cada vez más comprensibles. Sistemas donde las respuestas del caballo y del humano no sean juzgadas como fallas éticas, sino leídas como emergencias de una relación concreta. Solo allí el cuidado deja de ser un imperativo abstracto y puede devenir una práctica rigurosa.

El bienestar, cuando se vuelve incuestionable, no esclarece la relación: la clausura. Y el pensamiento comienza, casi siempre, cuando esa clausura se rompe.


miércoles, febrero 04, 2026

Lo que un cambio de marco hace posible


Una objeción aparece con frecuencia cuando se propone pensar la relación humano–caballo en términos sistémicos y relacionales: ¿qué se gana realmente con este desplazamiento? ¿No se trata, en el fondo, de una sofisticación teórica sin efectos prácticos? La respuesta es exactamente la contraria. Cambiar el marco no solo aclara el problema: transforma de manera concreta la práctica, la ética y la posición subjetiva de quien interviene.

El primer efecto, quizá el más inmediato, es una ganancia de claridad. Cuando se abandona el supuesto de que el caballo comprende, consiente o colabora desde una intención comparable a la humana, desaparece una fuente constante de malentendidos. La resistencia deja de leerse como falla moral; el error deja de interpretarse como desobediencia; la tensión ya no exige justificación psicológica. Lo que aparece, en cambio, es el sistema: su coherencia, sus umbrales, sus puntos de saturación y sus posibilidades reales de reorganización.

Desde este marco, la intervención cambia de naturaleza. Ya no se trata de “pedir mejor” ni de “explicarse mejor”, sino de introducir diferencias pertinentes. El gesto se economiza, el timing se vuelve decisivo, la progresión sustituye a la insistencia. La ayuda deja de ser una orden encubierta o disfrazada y pasa a ser lo que siempre debió ser: una condición para que el sistema pueda transformarse sin colapsar.

Este desplazamiento tiene consecuencias éticas profundas, aunque menos espectaculares que las del discurso sentimental dominante. La ética que emerge de un enfoque relacional no se apoya en la buena intención ni en la autoimagen moral, sino en la responsabilidad estructural. Ya no importa tanto si creemos estar haciendo el bien, sino qué tipo de sistema estamos produciendo con nuestras acciones. Es una ética menos tranquilizadora, pero más exigente; menos declarativa, pero más efectiva.

Desde el lado del caballo, el beneficio es concreto y mensurable. Un sistema legible reduce la incertidumbre; una relación coherente disminuye la "paranoia"; una intervención justa —en el sentido técnico del término— reduce la necesidad de defensas. El caballo no necesita ser humanizado ni comprendido como sujeto moral para estar bien: necesita habitar un sistema que no se contradiga a sí mismo. Eso es bienestar efectivo, no proclamado.

Pero quizá el efecto más decisivo se produzca del lado humano. El antropomorfismo, lejos de aliviar la carga ética, la intensifica. Instala al humano en una posición imposible: la de garante permanente del bien, siempre bajo sospecha de fallar. De ahí la culpa, la sobrejustificación, la rigidez y, no pocas veces, la violencia reactiva cuando el ideal se vuelve insostenible.

Pensar en términos sistémicos no elimina la responsabilidad, pero la descomprime. La desplaza de la pureza de la intención a la coherencia de la configuración. El humano deja de ser el héroe moral de la relación para convertirse en un término activo de un proceso que lo excede. Psicológicamente, esto es más habitable; filosóficamente, más honesto.

Hay, sin embargo, un punto en el que buena parte del discurso contemporáneo parece detenerse antes de llegar hasta el fondo. Se reconoce que no hay relación sin intervención; se abandona la fantasía de la no injerencia; se admite que entrenar, manejar, montar o incluso cuidar implica siempre introducir una diferencia en el sistema. El diagnóstico es correcto, pero incompleto.

Porque aunque se asuma la necesidad de intervenir, la intervención sigue siendo pensada como un acto que parte de un centro estable. El humano aparece como quien, aun consciente de los límites y riesgos de su acción, conserva la posición de instancia decisoria última. Evalúa, calibra, corrige. El sistema puede ser complejo, el caballo sensible, la relación delicada; pero el lugar desde el cual se decide permanece intacto.

Aquí el pensamiento se detiene justo antes de volverse verdaderamente relacional. La intervención se presenta como un problema técnico o ético, pero rara vez como un proceso que reconfigura al propio interventor. El humano actúa sobre el sistema, pero no parece ser actuado por él. Introduce formas, pero no se deja in-formar. Ajusta, pero no se expone a ser ajustado. Se reconoce que el caballo es afectado por la relación, pero se preserva la ilusión de que el humano puede permanecer relativamente igual a su propio ideal de yo.

Este es el núcleo silencioso del antropocentrismo que sobrevive incluso en los discursos más críticos: no el de la dominación burda y explícita, sino uno más sutil, que conserva al humano como exterior al proceso que él mismo desencadena.

Desde una perspectiva verdaderamente relacional —y aquí el marco de la individuación se vuelve inevitable— esta posición resulta insostenible. No hay intervención que no sea, al mismo tiempo, co-individuación. No hay gesto que no reconfigure el campo en el que emerge quien lo ejecuta. El humano no entra a la relación con una identidad ya cerrada, ni sale de ella siendo el mismo. Se transforma en el mismo movimiento con el que transforma.

Aceptar esto implica un costo que el discurso dominante rara vez está dispuesto a pagar. Supone renunciar a la figura del humano como garante del sentido, como sujeto moral soberano, como punto de apoyo último desde el cual evaluar el bien y el mal de la relación. Supone admitir que la intervención no es solo un ejercicio de control responsable, sino una exposición, una zona de riesgo donde también se juega la identidad de quien interviene.

Mientras este paso no se dé, el intervencionismo seguirá siendo predicado, pero nunca problematizado hasta el fondo. Se intervendrá “mejor”, “con más conciencia”, “con más ética”, pero siempre desde un lugar que se presume exterior al sistema. Y en ese gesto se reinstala, una y otra vez, la misma asimetría conceptual: un humano que decide y un caballo que es decidido.

Quizá por eso la ética contemporánea de la relación humano–caballo se muestra tan cargada de ansiedad. Porque sostiene una exigencia imposible: intervenir sin dejarse afectar, decidir sin ser decidido, hacer el bien sin exponerse a que ese bien nos transforme. En lugar de una ética de la relación, se produce así una ética de la autoafirmación moral, siempre al borde de la culpa o de la justificación.

Pensar la relación como sistema implica aceptar algo más incómodo, pero también más fértil: que el humano no es el punto de partida de la intervención, sino uno de sus efectos. Que su modo de percibir, de sentir y de juzgar se configura en el mismo proceso en el que el caballo se reorganiza. Y que, en última instancia, no hay forma de intervenir sin ponerse en juego.

Ese desplazamiento —del humano como centro decisorio al humano como término de una individuación relacional— no promete tranquilidad moral. Pero abre, por primera vez, la posibilidad de una responsabilidad que no se funda en la intención, sino en la participación real en un sistema que nos excede.

domingo, febrero 01, 2026

Miedo, pacificación y confianza

¿Pacificar al caballo…
o pacificar el miedo?

¿Cuántas de las técnicas que usamos no buscan comprender al caballo, sino tranquilizarnos a nosotros?

Este texto no discute métodos, sino algo más incómodo: el miedo como motor silencioso de la ética, la técnica y el sentimentalismo en el mundo ecuestre.






Notas para una crítica de la ética moralizante en la relación humano–caballo

El miedo es uno de esos afectos que organizan prácticas enteras sin ser nunca mencionados. No aparece necesariamente como temor explícito ni como vivencia subjetiva intensa, sino como una fuerza silenciosa que delimita el campo de lo posible, orienta decisiones y vuelve evidentes ciertas opciones mientras excluye otras.

Conviene precisar desde el inicio el estatuto de este término. Cuando aquí se habla de miedo, no se alude a una emoción psicológica individual ni a una falta de coraje, valentía o pericia. Se trata de un afecto estructurante, pre-reflexivo, que opera antes de cualquier juicio moral y organiza las prácticas sin necesidad de manifestarse como experiencia consciente. No se analiza lo que el sujeto siente, sino lo que el sistema produce cuando ese afecto opera sin ser reconocido.

En la relación humano–caballo, este miedo rara vez se nombra como tal. Aparece desplazado en discursos sobre el buen trato, la corrección ética o la técnica adecuada. No porque esté ausente, sino porque ha sido traducido a un lenguaje más aceptable, menos expuesto, que permite actuar sin tener que enfrentarlo directamente. No se trata solo de un miedo silenciado, sino de un miedo que impulsa activamente la búsqueda de estrategias para evitarlo.


Lucrecio

Del mismo modo como ocurría en los tiempos de Lucrecio, hoy el miedo vuelve a negociarse como moneda de cambio para comprar ilusiones de perdón y de buena conducta. No es entonces casual que Lucrecio haya identificado en el miedo la causa eficiente de las falsas creencias. Para Lucrecio, el miedo no es una consecuencia del error, sino su causa. No se cree falsamente porque se ignoren las causas, sino porque el miedo empuja a atribuir intención, castigo y finalidad allí donde los procesos no se comprenden. Las creencias no nacen de la ignorancia pura, sino de la necesidad de calmar un temor previo.

Por eso su proyecto no consiste en proponer una moral más elevada ni ritos más correctos, sino explicaciones. Explicar las leyes naturales no es un gesto neutral: es una operación ética en sentido fuerte, orientada a desactivar el miedo que organiza la relación del humano con el mundo.

Ese gesto —desplazar el eje desde la obediencia moral hacia la comprensión causal— conserva hoy una vigencia inquietante.


El miedo como causa: tres formas, una misma operación

Desde esta perspectiva, no se trata tanto de miedos diferentes como de una misma estructura de miedo que se redistribuye en distintos registros. Lo que varía no es su función última, sino las estrategias que se ponen en juego para cerrar el vacío que el miedo abre: el vacío de lo desconocido, de la incertidumbre, de no saber qué va a ocurrir ni bajo qué criterio se será evaluado.

El primer registro es el miedo atávico, corporal, previo a toda elaboración técnica o moral. Es el miedo ligado al cuerpo a cuerpo con el caballo, al desborde posible, al daño real. Este miedo no solo es inevitable: es funcional. Afina la atención, regula la distancia, introduce prudencia. No organiza discursos ni rituales, sino posturas, tiempos y percepciones. En este sentido, no pide ser eliminado: es una condición de posibilidad de la relación misma.

Pero ese miedo primario abre una brecha: la exposición a lo desconocido. Y esa brecha rara vez se tolera sin mediaciones.

El segundo registro es el miedo instrumental a equivocarse en el procedimiento. Aquí ya no se teme tanto al riesgo real como al error operativo: hacer algo mal, aplicar incorrectamente una técnica, no seguir el método adecuado. Este miedo aparece cuando la relación se mediatiza por herramientas y secuencias, y es el punto en el que la técnica comienza a funcionar como sustituto del saber. Para quien no comprende el sistema, la técnica ofrece un atajo: permite actuar sin leer, avanzar sin explicar.

Así proliferan manuales, protocolos y métodos cerrados. No como conocimiento, sino como dispositivos de certeza. La técnica se vuelve supersticiosa no porque sea falsa, sino porque se utiliza sin comprensión causal. No vuelve inteligible el sistema, pero permite seguir adelante. Allana el camino al ignorante y resuelve su deseo de dominar sin obligarlo a enfrentar lo desconocido.

El tercer registro es el miedo a la sanción moral. Ya no se teme al daño ni al error técnico, sino al juicio. A quedar del lado incorrecto del bien. A ejercer poder de manera ilegítima. Aquí la técnica ya no basta. Aparecen los rituales de forma, el lenguaje purificado, los gestos correctos, las declaraciones de intención. Es el terreno propio de la ética moralizante.

Mientras la técnica protege del error, la moral protege del castigo simbólico. No busca comprender la relación, sino garantizar inocencia. No produce confianza: produce coartadas frente al juicio.

Estos registros no cumplen funciones radicalmente distintas. Convergen en una misma operación: dejar que el miedo actúe en la trastienda sin ser nombrado. El miedo permanece como vacío semántico, como aquello que no se dice, pero que exige ser colmado. Frente a ese vacío, las técnicas ofrecen certezas operativas y la moral ofrece una promesa aún más fuerte: si hago el bien, estaré a salvo.

Aquí la lectura de Lucrecio se vuelve estructural: el miedo no explica las creencias; las hace necesarias.


Técnica, pacificación y exención

En este marco, la pacificación del caballo aparece como operador central. Se la invoca en nombre de la seguridad, pero esa seguridad no es el resultado de un sistema comprendido, sino el efecto de reducir la variabilidad antes de que pueda expresarse.

Toda diferencia es leída como amenaza.
Toda tensión, como error.
Toda emergencia singular, como algo que debe ser neutralizado.

Pacificar no es comprender ni ordenar. Es intervenir para desactivar la respuesta, para evitar la negociación que toda relación viva impone. Produce calma, sí, pero al precio de empobrecer el campo relacional y de inhibir tanto la expresión del caballo como la implicación real del humano.


El miedo como mercancía implícita

Aunque nadie hable de miedo, es él quien estructura silenciosamente el campo. No se lo nombra, pero se lo gestiona. En este sentido, resolver el miedo se convierte en la mercancía implícita que circula en la oferta contemporánea de técnicas, métodos y compromisos éticos.

Las técnicas prometen neutralizar el riesgo operativo; los protocolos aseguran recorridos previsibles; los discursos éticos garantizan protección frente al juicio. En todos los casos, lo que se ofrece no es comprensión, sino alivio. No una relación más legible, sino una relación menos inquietante.

La promesa implícita es siempre la misma: una relación sin exposición y sin conflicto.

El miedo no desaparece: se convierte en valor de intercambio. El sistema se pacifica no porque se comprenda mejor, sino porque se vuelve consumible. No se trata de comprender el sistema ni de asumir la exposición que toda relación viva impone, sino de recubrir la acción con garantías morales y afectivas que permitan intervenir sin afrontar la incertidumbre.

En este contexto, la técnica entendida como práctica correcta avalada éticamente, junto con el sentimentalismo que la acompaña, ofician como escudos protectores para quienes pretenden dominar en el mundo ecuestre esquivando el miedo. No se trata de comprender el sistema ni de asumir la exposición que toda relación viva impone, sino de recubrir la acción con garantías morales y afectivas que permitan intervenir sin afrontar la incertidumbre.


Técnica, conocimiento y legibilidad

La técnica, por sí sola, no es suficiente para comprender un sistema ni para volverlo inteligible. Puede ser eficaz, producir resultados y estabilidad, pero eso no equivale a conocimiento. El conocimiento no se define por la correcta ejecución de un procedimiento, sino por la capacidad de explicar lo que ocurre y de operar con las diferencias que emergen sin neutralizarlas de antemano.

En este sentido, la técnica no fracasa porque sea falsa, sino porque no explica. Funciona, pero no vuelve legible el sistema. Allí donde algo funciona sin necesidad de ser comprendido, el miedo puede quedar suspendido, pero no transformado.

Ahora bien, este conocimiento no se reduce al saber teórico ni al dominio formal. En una relación que se juega cuerpo a cuerpo, el conocimiento puede adoptar formas no codificadas: una intuición afinada, una sensibilidad singular, una lectura rítmica de la situación. No todo conocimiento es discursivo, pero todo conocimiento —también el intuitivo— hace inteligible lo que ocurre.

Por eso la analogía no es la máquina, sino el baile. Se puede conocer la técnica y no saber bailar. Y también se puede bailar con ritmo y cadencia sin haber aprendido nunca una técnica formal. En ambos casos, lo decisivo no es la corrección del procedimiento, sino la capacidad de entrar en relación, de ajustar, de responder a lo que emerge sin desactivar la tensión que lo hace posible.


El buen trato como coartada

El problema no es el cuidado ni la prudencia. El problema es la falta de sinceridad respecto del afecto que los organiza.

Cuando el buen trato se convierte en exigencia moral abstracta, deja de ser una lectura de efectos para transformarse en garantía subjetiva. Como en la religión que criticaba Lucrecio, se hacen las cosas “bien” no para comprender el mundo, sino para no temerle a Dios: ese dispositivo moral que pone en tela de juicio todo comportamiento humano.

La ética moralizante no elimina el miedo: lo administra.
Lo explica, lo normativiza, lo vuelve discurso… pero no lo reconoce.


Conclusión

Lo que se pone en juego, entonces, no es una discusión técnica ni una disputa moral, sino una economía del miedo. Aunque nadie lo nombre, resolver el miedo se convierte en la mercancía implícita que circula en la oferta contemporánea de métodos, protocolos y compromisos éticos. No se venden solo técnicas ni valores: se vende la promesa de una relación sin exposición a lo desconocido.

Las técnicas prometen neutralizar el riesgo; los procedimientos garantizan recorridos previsibles; la ética moralizante ofrece protección frente al juicio. En todos los casos, lo que se ofrece no es comprensión, sino alivio. No una relación más legible, sino una relación sin exposición y sin conflicto.

En este sentido, la continuidad con la religión que analizaba Lucrecio es más profunda de lo que suele admitirse. Cambian los nombres, cambian los dispositivos, pero no la lógica. Allí donde antes se traficaba con la promesa del cielo, hoy se trafica con la promesa de corrección técnica y pureza moral. El miedo sigue siendo la causa eficiente que hace operativos estos sistemas de creencias.

El problema no es que la técnica no funcione, sino que funcione demasiado bien: reduce la exposición, clausura el vacío y vuelve innecesaria la comprensión del sistema. Allí donde la técnica basta, el pensamiento se vuelve superfluo. Y cuando la moral garantiza inocencia, el conflicto deja de ser una fuente de conocimiento para convertirse en algo que debe ser evitado.

Nombrar el miedo no implica ceder a él. Implica reconocer su lugar causal y dejar de convertirlo en mercancía. Implica aceptar que toda relación viva comporta incertidumbre, asimetría y conflicto, y que ninguna técnica ni ninguna moral pueden abolirlos sin empobrecer la relación que dicen proteger.


Cierre

El problema no es que la técnica no funcione, sino que funcione demasiado bien: reduce la exposición, enerva el miedo y vuelve innecesaria la comprensión del sistema. Allí donde la técnica basta, el pensamiento se vuelve superfluo.

Cuando una técnica permite evitar la negociación que toda asimetría impone, no estamos ante conocimiento, sino ante un éxito que empobrece. La eficacia sustituye a la legibilidad y la pacificación ocupa el lugar de la comprensión.

Nombrar el miedo no implica ceder a él. Implica dejar de ocultarlo bajo técnicas y discursos que prometen seguridad a costa de desactivar la respuesta. La confianza no nace de la neutralización, sino de la capacidad de sostener la diferencia sin negarla. No exime del riesgo, pero transforma la relación.

Y esa diferencia —más que cualquier técnica— es lo que distingue el conocimiento de la superstición. En última instancia, la diferencia no se juega entre técnica y ética, sino entre dispositivos que prometen salvación y prácticas que se atreven a volver legible lo desconocido. Y esa diferencia —como ya intuyó Lucrecio— es la que separa el conocimiento de la superstición, incluso cuando esta adopta formas perfectamente seculares.

lunes, enero 26, 2026

Obstáculos epistemológicos en la equitación


La equitación no está bloqueada por la falta de técnicas ni por la persistencia de prácticas duras, sino por un modo de pensar el vínculo que permanece intacto incluso cuando se moraliza. Este artículo propone una ruptura epistemológica: abandonar la lectura causalista y mecanicista de la relación humano–caballo —también en sus versiones “inteligentes”— y pensar el vínculo en clave sistémica e informacional, donde la intervención humana deja de ocupar el centro explicativo del orden del sistema



epistemológicos 
y lectura sistémica del vínculo humano–caballo

Hay saberes que no se equivocan por falta de información, sino por exceso de evidencia. La equitación es uno de ellos. Saturada de prácticas eficaces, de resultados visibles y de tradiciones que “funcionan”, ha construido una zona de confort cognitivo donde pensar parece innecesario. Justamente ahí operan los obstáculos epistemológicos: no como ignorancia, sino como saber bien asentado que impide ver.

Leer la equitación con Gaston Bachelard exige aceptar una tesis incómoda: el progreso no se logra afinando lo que ya hacemos, sino rompiendo el marco desde el cual lo interpretamos. No hay mejora sin corte. No hay comprensión nueva sin renuncia a una comprensión anterior que, aun siendo eficaz, se ha vuelto ciega.


El error de la evidencia

La experiencia primera gobierna la pista: lo siento, lo veo, responde. La percepción inmediata se erige en criterio de verdad. Pero lo que aparece como dato natural es, en realidad, resultado de un régimen de relación. El caballo no “es así”; está siendo así en un campo de fuerzas, expectativas y presiones que rara vez se tematiza.

El lenguaje consolida el error. Términos como relajación, contacto, sumisión, juego o natural pacifican el pensamiento: nombran estados como si fueran cosas. No fallan por falsos, sino por cerrar la pregunta.


La falsa dialéctica

Durante décadas, la equitación ha girado sobre oposiciones estériles: disciplina/juego, control/libertad, técnica/naturaleza. Se discuten como si fueran polos a equilibrar, proporciones a ajustar, transacciones morales. Pero esa lectura no es dialéctica; es contable.

La dialéctica, leída con rigor, no negocia contradicciones: las atraviesa. No produce síntesis conciliadoras, sino superaciones reales. Cuando irrumpe la novedad, el conflicto no se resuelve: caduca. Las categorías dejan de servir porque el problema ya no se formula en el mismo plano.

La novedad no emerge como acuerdo entre términos en tensión, sino como ruptura del marco que los hacía oponibles.


La analogía como desvío epistemológico

El problema no reside en la metáfora ni en el uso de imágenes. La ciencia ha sabido servirse de ellas como apoyos transitorios. El obstáculo aparece en otro lugar, más profundo: cuando la analogía deja de ser recurso heurístico y pasa a operar como equivalencia cognitiva.

Allí no se dice que un fenómeno se parezca a otro, sino que responden a la misma razón. La analogía ya no acompaña al conocimiento: lo suplanta. Confunde órdenes de explicación y traslada causalidades de un dominio a otro sin haber construido el campo propio del fenómeno.

El ejemplo clásico es elocuente: frotar madera para obtener fuego interpretado como analogía del acto sexual. No es una metáfora inofensiva, sino un traslado ilegítimo de causalidad. La imagen no falla por imprecisa, sino por excesivamente convincente: produce sentido antes de producir conocimiento.

En términos bachelardianos, el obstáculo no es la imagen, sino la imagen–razón: aquella que se presenta como explicación total. Por eso la dialéctica del no no se dirige contra la poética, sino contra su pretensión explicativa. El no separa lo que la analogía había fundido.


El corte: abandonar el mecanicismo

El mecanicismo causalista reduce el vínculo a una cadena lineal: estímulo–respuesta, causa–efecto, ayuda–reacción. Explica rápido y entrena rápido, pero empobrece. Confunde eficacia con inteligibilidad.

El corte epistemológico consiste en cambiar de régimen de lectura: abandonar la causalidad lineal y pensar el vínculo en clave informacional y sistémica. No preguntar qué causa qué, sino qué información circula, cómo se integra, qué umbrales activa, qué forma adopta el sistema.

El gesto deja de ser disparador y pasa a ser dato.
La ayuda deja de producir respuestas y pasa a in-formar el conjunto.


El binomio como sistema

Leído así, el binomio humano–caballo no es suma de voluntades ni dominio atenuado. Es un sistema acoplado, sensible a variaciones mínimas, donde cada modificación reorganiza el todo. El caballo no obedece ni juega: lee. El humano no manda ni suelta: modula.

La individualidad del caballo no preexiste al sistema ni se libera de él: emerge cuando el sistema alcanza un nuevo régimen de coherencia. No es propiedad; es evento.


Distanciarse de sí mismo

Una de las consecuencias más persistentes de los obstáculos epistemológicos no es teórica, sino práctica. Se manifiesta en paradigmas naturalizados de la conducta humana: hacer fuerza cuando algo no ocurre, dar órdenes cuando algo resiste, generalizar desde un caso exitoso, confundir repetición con verdad, leer obediencia donde hay inhibición. No se piensan: se actúan.

De ahí la recomendación decisiva para quien aspire a interactuar con caballos de un modo no trivial: tomar distancia de esos razonamientos. No del caballo, sino de sí mismo. Revisar los fundamentos prácticos y teóricos, suspender la evidencia del propio gesto y observarse críticamente como parte activa del sistema.

Hay aquí un gesto análogo al primer movimiento de la autoconciencia en la Fenomenología de Georg Wilhelm Friedrich Hegel: cuando la conciencia supera la percepción, no porque la niegue, sino porque descubre que lo percibido estaba ya mediado por su propia actividad. En la pista, no se ve “lo que el caballo es”, sino lo que los propios esquemas permiten ver.


La tentación humanizante

A este abordaje espontáneo se suma otro, más sutil: la humanización moral del vínculo. Compasión, bondad, buena intención, incluso libertad, ingresan como garantías éticas cuando en realidad operan como categorías impropias. No por falsas, sino porque no pertenecen al régimen de la práctica que dicen orientar.

Estas ideas, precisamente por su nobleza, se vuelven peligrosas. Tranquilizan la conciencia del manejador y desplazan la atención desde lo que efectivamente ocurre en el sistema hacia lo que el humano cree estar encarnando. El vínculo se evalúa por intención y no por estructura, coherencia y efectos reales.

El problema no es moral, sino epistemológico. La relación con el caballo no se funda en conceptos, sino en prácticas. Y las prácticas no se justifican: se entrenan. Introducir nociones humanizantes como principio explicativo repite el mismo desvío analógico: explicar un fenómeno por una razón que le es ajena.

Hablar de libertad, bondad o compasión sin haber transformado el sistema de interacción no libera al caballo: libera al humano de la obligación de pensar su práctica. El riesgo no es la crueldad, sino la autoindulgencia epistemológica.


Cierre

La equitación no se extravió por haber dominado al caballo, sino por haber comprendido el vínculo desde un paradigma causalista y mecanicista, donde la intervención humana —dura o benévola— ocupa el lugar de principio explicativo exclusivo del orden del sistema. Mientras ese supuesto no sea abandonado, toda reforma será superficial y toda novedad, aparente.

Las domas tradicionales y las llamadas domas inteligentes comparten, en este sentido, un mismo error estructural. Cambian las causas, moralizan los medios, suavizan los gestos, pero conservan intacta la gramática de la intervención. El humano sigue siendo el origen del sentido; el caballo, su efecto. Nada esencial se transforma porque el plano de lectura permanece inalterado.

La ruptura no consiste en intervenir mejor, sino en dejar de pensar la relación como algo que se produce desde la intervención. Consiste en desplazar el foco desde la acción humana hacia el sistema que se constituye en la relación misma; desde la causalidad lineal hacia la circulación de información; desde la intención hacia la forma.

Por eso, antes que nuevas técnicas o mejores disposiciones morales, lo que la equitación requiere es una distancia crítica respecto de sí misma. Una renuncia a la evidencia de sus propios gestos. Un aprendizaje que no se dirige primero al caballo, sino al pensamiento que pretende comprenderlo.

No se trata de humanizar más el vínculo ni de corregirlo éticamente.
Se trata de cambiar de plano.

Solo ahí —cuando la intervención deja de ocupar el centro explicativo y el sistema comienza a leerse en su propia lógica— algo verdaderamente nuevo puede acontecer.