La equitación no está bloqueada por la falta de técnicas ni por la persistencia de prácticas duras, sino por un modo de pensar el vínculo que permanece intacto incluso cuando se moraliza. Este artículo propone una ruptura epistemológica: abandonar la lectura causalista y mecanicista de la relación humano–caballo —también en sus versiones “inteligentes”— y pensar el vínculo en clave sistémica e informacional, donde la intervención humana deja de ocupar el centro explicativo del orden del sistema
epistemológicos y lectura sistémica del vínculo humano–caballo
Hay saberes que no se equivocan por falta de información, sino por exceso de evidencia. La equitación es uno de ellos. Saturada de prácticas eficaces, de resultados visibles y de tradiciones que “funcionan”, ha construido una zona de confort cognitivo donde pensar parece innecesario. Justamente ahí operan los obstáculos epistemológicos: no como ignorancia, sino como saber bien asentado que impide ver.
Leer la equitación con Gaston Bachelard exige aceptar una tesis incómoda: el progreso no se logra afinando lo que ya hacemos, sino rompiendo el marco desde el cual lo interpretamos. No hay mejora sin corte. No hay comprensión nueva sin renuncia a una comprensión anterior que, aun siendo eficaz, se ha vuelto ciega.
El error de la evidencia
La experiencia primera gobierna la pista: lo siento, lo veo, responde. La percepción inmediata se erige en criterio de verdad. Pero lo que aparece como dato natural es, en realidad, resultado de un régimen de relación. El caballo no “es así”; está siendo así en un campo de fuerzas, expectativas y presiones que rara vez se tematiza.
El lenguaje consolida el error. Términos como relajación, contacto, sumisión, juego o natural pacifican el pensamiento: nombran estados como si fueran cosas. No fallan por falsos, sino por cerrar la pregunta.
La falsa dialéctica
Durante décadas, la equitación ha girado sobre oposiciones estériles: disciplina/juego, control/libertad, técnica/naturaleza. Se discuten como si fueran polos a equilibrar, proporciones a ajustar, transacciones morales. Pero esa lectura no es dialéctica; es contable.
La dialéctica, leída con rigor, no negocia contradicciones: las atraviesa. No produce síntesis conciliadoras, sino superaciones reales. Cuando irrumpe la novedad, el conflicto no se resuelve: caduca. Las categorías dejan de servir porque el problema ya no se formula en el mismo plano.
La novedad no emerge como acuerdo entre términos en tensión, sino como ruptura del marco que los hacía oponibles.
La analogía como desvío epistemológico
El problema no reside en la metáfora ni en el uso de imágenes. La ciencia ha sabido servirse de ellas como apoyos transitorios. El obstáculo aparece en otro lugar, más profundo: cuando la analogía deja de ser recurso heurístico y pasa a operar como equivalencia cognitiva.
Allí no se dice que un fenómeno se parezca a otro, sino que responden a la misma razón. La analogía ya no acompaña al conocimiento: lo suplanta. Confunde órdenes de explicación y traslada causalidades de un dominio a otro sin haber construido el campo propio del fenómeno.
El ejemplo clásico es elocuente: frotar madera para obtener fuego interpretado como analogía del acto sexual. No es una metáfora inofensiva, sino un traslado ilegítimo de causalidad. La imagen no falla por imprecisa, sino por excesivamente convincente: produce sentido antes de producir conocimiento.
En términos bachelardianos, el obstáculo no es la imagen, sino la imagen–razón: aquella que se presenta como explicación total. Por eso la dialéctica del no no se dirige contra la poética, sino contra su pretensión explicativa. El no separa lo que la analogía había fundido.
El corte: abandonar el mecanicismo
El mecanicismo causalista reduce el vínculo a una cadena lineal: estímulo–respuesta, causa–efecto, ayuda–reacción. Explica rápido y entrena rápido, pero empobrece. Confunde eficacia con inteligibilidad.
El corte epistemológico consiste en cambiar de régimen de lectura: abandonar la causalidad lineal y pensar el vínculo en clave informacional y sistémica. No preguntar qué causa qué, sino qué información circula, cómo se integra, qué umbrales activa, qué forma adopta el sistema.
El gesto deja de ser disparador y pasa a ser dato.
La ayuda deja de producir respuestas y pasa a in-formar el conjunto.
El binomio como sistema
Leído así, el binomio humano–caballo no es suma de voluntades ni dominio atenuado. Es un sistema acoplado, sensible a variaciones mínimas, donde cada modificación reorganiza el todo. El caballo no obedece ni juega: lee. El humano no manda ni suelta: modula.
La individualidad del caballo no preexiste al sistema ni se libera de él: emerge cuando el sistema alcanza un nuevo régimen de coherencia. No es propiedad; es evento.
Distanciarse de sí mismo
Una de las consecuencias más persistentes de los obstáculos epistemológicos no es teórica, sino práctica. Se manifiesta en paradigmas naturalizados de la conducta humana: hacer fuerza cuando algo no ocurre, dar órdenes cuando algo resiste, generalizar desde un caso exitoso, confundir repetición con verdad, leer obediencia donde hay inhibición. No se piensan: se actúan.
De ahí la recomendación decisiva para quien aspire a interactuar con caballos de un modo no trivial: tomar distancia de esos razonamientos. No del caballo, sino de sí mismo. Revisar los fundamentos prácticos y teóricos, suspender la evidencia del propio gesto y observarse críticamente como parte activa del sistema.
Hay aquí un gesto análogo al primer movimiento de la autoconciencia en la Fenomenología de Georg Wilhelm Friedrich Hegel: cuando la conciencia supera la percepción, no porque la niegue, sino porque descubre que lo percibido estaba ya mediado por su propia actividad. En la pista, no se ve “lo que el caballo es”, sino lo que los propios esquemas permiten ver.
La tentación humanizante
A este abordaje espontáneo se suma otro, más sutil: la humanización moral del vínculo. Compasión, bondad, buena intención, incluso libertad, ingresan como garantías éticas cuando en realidad operan como categorías impropias. No por falsas, sino porque no pertenecen al régimen de la práctica que dicen orientar.
Estas ideas, precisamente por su nobleza, se vuelven peligrosas. Tranquilizan la conciencia del manejador y desplazan la atención desde lo que efectivamente ocurre en el sistema hacia lo que el humano cree estar encarnando. El vínculo se evalúa por intención y no por estructura, coherencia y efectos reales.
El problema no es moral, sino epistemológico. La relación con el caballo no se funda en conceptos, sino en prácticas. Y las prácticas no se justifican: se entrenan. Introducir nociones humanizantes como principio explicativo repite el mismo desvío analógico: explicar un fenómeno por una razón que le es ajena.
Hablar de libertad, bondad o compasión sin haber transformado el sistema de interacción no libera al caballo: libera al humano de la obligación de pensar su práctica. El riesgo no es la crueldad, sino la autoindulgencia epistemológica.
Cierre
La equitación no se extravió por haber dominado al caballo, sino por haber comprendido el vínculo desde un paradigma causalista y mecanicista, donde la intervención humana —dura o benévola— ocupa el lugar de principio explicativo exclusivo del orden del sistema. Mientras ese supuesto no sea abandonado, toda reforma será superficial y toda novedad, aparente.
Las domas tradicionales y las llamadas domas inteligentes comparten, en este sentido, un mismo error estructural. Cambian las causas, moralizan los medios, suavizan los gestos, pero conservan intacta la gramática de la intervención. El humano sigue siendo el origen del sentido; el caballo, su efecto. Nada esencial se transforma porque el plano de lectura permanece inalterado.
La ruptura no consiste en intervenir mejor, sino en dejar de pensar la relación como algo que se produce desde la intervención. Consiste en desplazar el foco desde la acción humana hacia el sistema que se constituye en la relación misma; desde la causalidad lineal hacia la circulación de información; desde la intención hacia la forma.
Por eso, antes que nuevas técnicas o mejores disposiciones morales, lo que la equitación requiere es una distancia crítica respecto de sí misma. Una renuncia a la evidencia de sus propios gestos. Un aprendizaje que no se dirige primero al caballo, sino al pensamiento que pretende comprenderlo.
No se trata de humanizar más el vínculo ni de corregirlo éticamente.
Se trata de cambiar de plano.
Solo ahí —cuando la intervención deja de ocupar el centro explicativo y el sistema comienza a leerse en su propia lógica— algo verdaderamente nuevo puede acontecer.



