lunes, enero 26, 2026

Obstáculos epistemológicos en la equitación


La equitación no está bloqueada por la falta de técnicas ni por la persistencia de prácticas duras, sino por un modo de pensar el vínculo que permanece intacto incluso cuando se moraliza. Este artículo propone una ruptura epistemológica: abandonar la lectura causalista y mecanicista de la relación humano–caballo —también en sus versiones “inteligentes”— y pensar el vínculo en clave sistémica e informacional, donde la intervención humana deja de ocupar el centro explicativo del orden del sistema



epistemológicos 
y lectura sistémica del vínculo humano–caballo

Hay saberes que no se equivocan por falta de información, sino por exceso de evidencia. La equitación es uno de ellos. Saturada de prácticas eficaces, de resultados visibles y de tradiciones que “funcionan”, ha construido una zona de confort cognitivo donde pensar parece innecesario. Justamente ahí operan los obstáculos epistemológicos: no como ignorancia, sino como saber bien asentado que impide ver.

Leer la equitación con Gaston Bachelard exige aceptar una tesis incómoda: el progreso no se logra afinando lo que ya hacemos, sino rompiendo el marco desde el cual lo interpretamos. No hay mejora sin corte. No hay comprensión nueva sin renuncia a una comprensión anterior que, aun siendo eficaz, se ha vuelto ciega.


El error de la evidencia

La experiencia primera gobierna la pista: lo siento, lo veo, responde. La percepción inmediata se erige en criterio de verdad. Pero lo que aparece como dato natural es, en realidad, resultado de un régimen de relación. El caballo no “es así”; está siendo así en un campo de fuerzas, expectativas y presiones que rara vez se tematiza.

El lenguaje consolida el error. Términos como relajación, contacto, sumisión, juego o natural pacifican el pensamiento: nombran estados como si fueran cosas. No fallan por falsos, sino por cerrar la pregunta.


La falsa dialéctica

Durante décadas, la equitación ha girado sobre oposiciones estériles: disciplina/juego, control/libertad, técnica/naturaleza. Se discuten como si fueran polos a equilibrar, proporciones a ajustar, transacciones morales. Pero esa lectura no es dialéctica; es contable.

La dialéctica, leída con rigor, no negocia contradicciones: las atraviesa. No produce síntesis conciliadoras, sino superaciones reales. Cuando irrumpe la novedad, el conflicto no se resuelve: caduca. Las categorías dejan de servir porque el problema ya no se formula en el mismo plano.

La novedad no emerge como acuerdo entre términos en tensión, sino como ruptura del marco que los hacía oponibles.


La analogía como desvío epistemológico

El problema no reside en la metáfora ni en el uso de imágenes. La ciencia ha sabido servirse de ellas como apoyos transitorios. El obstáculo aparece en otro lugar, más profundo: cuando la analogía deja de ser recurso heurístico y pasa a operar como equivalencia cognitiva.

Allí no se dice que un fenómeno se parezca a otro, sino que responden a la misma razón. La analogía ya no acompaña al conocimiento: lo suplanta. Confunde órdenes de explicación y traslada causalidades de un dominio a otro sin haber construido el campo propio del fenómeno.

El ejemplo clásico es elocuente: frotar madera para obtener fuego interpretado como analogía del acto sexual. No es una metáfora inofensiva, sino un traslado ilegítimo de causalidad. La imagen no falla por imprecisa, sino por excesivamente convincente: produce sentido antes de producir conocimiento.

En términos bachelardianos, el obstáculo no es la imagen, sino la imagen–razón: aquella que se presenta como explicación total. Por eso la dialéctica del no no se dirige contra la poética, sino contra su pretensión explicativa. El no separa lo que la analogía había fundido.


El corte: abandonar el mecanicismo

El mecanicismo causalista reduce el vínculo a una cadena lineal: estímulo–respuesta, causa–efecto, ayuda–reacción. Explica rápido y entrena rápido, pero empobrece. Confunde eficacia con inteligibilidad.

El corte epistemológico consiste en cambiar de régimen de lectura: abandonar la causalidad lineal y pensar el vínculo en clave informacional y sistémica. No preguntar qué causa qué, sino qué información circula, cómo se integra, qué umbrales activa, qué forma adopta el sistema.

El gesto deja de ser disparador y pasa a ser dato.
La ayuda deja de producir respuestas y pasa a in-formar el conjunto.


El binomio como sistema

Leído así, el binomio humano–caballo no es suma de voluntades ni dominio atenuado. Es un sistema acoplado, sensible a variaciones mínimas, donde cada modificación reorganiza el todo. El caballo no obedece ni juega: lee. El humano no manda ni suelta: modula.

La individualidad del caballo no preexiste al sistema ni se libera de él: emerge cuando el sistema alcanza un nuevo régimen de coherencia. No es propiedad; es evento.


Distanciarse de sí mismo

Una de las consecuencias más persistentes de los obstáculos epistemológicos no es teórica, sino práctica. Se manifiesta en paradigmas naturalizados de la conducta humana: hacer fuerza cuando algo no ocurre, dar órdenes cuando algo resiste, generalizar desde un caso exitoso, confundir repetición con verdad, leer obediencia donde hay inhibición. No se piensan: se actúan.

De ahí la recomendación decisiva para quien aspire a interactuar con caballos de un modo no trivial: tomar distancia de esos razonamientos. No del caballo, sino de sí mismo. Revisar los fundamentos prácticos y teóricos, suspender la evidencia del propio gesto y observarse críticamente como parte activa del sistema.

Hay aquí un gesto análogo al primer movimiento de la autoconciencia en la Fenomenología de Georg Wilhelm Friedrich Hegel: cuando la conciencia supera la percepción, no porque la niegue, sino porque descubre que lo percibido estaba ya mediado por su propia actividad. En la pista, no se ve “lo que el caballo es”, sino lo que los propios esquemas permiten ver.


La tentación humanizante

A este abordaje espontáneo se suma otro, más sutil: la humanización moral del vínculo. Compasión, bondad, buena intención, incluso libertad, ingresan como garantías éticas cuando en realidad operan como categorías impropias. No por falsas, sino porque no pertenecen al régimen de la práctica que dicen orientar.

Estas ideas, precisamente por su nobleza, se vuelven peligrosas. Tranquilizan la conciencia del manejador y desplazan la atención desde lo que efectivamente ocurre en el sistema hacia lo que el humano cree estar encarnando. El vínculo se evalúa por intención y no por estructura, coherencia y efectos reales.

El problema no es moral, sino epistemológico. La relación con el caballo no se funda en conceptos, sino en prácticas. Y las prácticas no se justifican: se entrenan. Introducir nociones humanizantes como principio explicativo repite el mismo desvío analógico: explicar un fenómeno por una razón que le es ajena.

Hablar de libertad, bondad o compasión sin haber transformado el sistema de interacción no libera al caballo: libera al humano de la obligación de pensar su práctica. El riesgo no es la crueldad, sino la autoindulgencia epistemológica.


Cierre

La equitación no se extravió por haber dominado al caballo, sino por haber comprendido el vínculo desde un paradigma causalista y mecanicista, donde la intervención humana —dura o benévola— ocupa el lugar de principio explicativo exclusivo del orden del sistema. Mientras ese supuesto no sea abandonado, toda reforma será superficial y toda novedad, aparente.

Las domas tradicionales y las llamadas domas inteligentes comparten, en este sentido, un mismo error estructural. Cambian las causas, moralizan los medios, suavizan los gestos, pero conservan intacta la gramática de la intervención. El humano sigue siendo el origen del sentido; el caballo, su efecto. Nada esencial se transforma porque el plano de lectura permanece inalterado.

La ruptura no consiste en intervenir mejor, sino en dejar de pensar la relación como algo que se produce desde la intervención. Consiste en desplazar el foco desde la acción humana hacia el sistema que se constituye en la relación misma; desde la causalidad lineal hacia la circulación de información; desde la intención hacia la forma.

Por eso, antes que nuevas técnicas o mejores disposiciones morales, lo que la equitación requiere es una distancia crítica respecto de sí misma. Una renuncia a la evidencia de sus propios gestos. Un aprendizaje que no se dirige primero al caballo, sino al pensamiento que pretende comprenderlo.

No se trata de humanizar más el vínculo ni de corregirlo éticamente.
Se trata de cambiar de plano.

Solo ahí —cuando la intervención deja de ocupar el centro explicativo y el sistema comienza a leerse en su propia lógica— algo verdaderamente nuevo puede acontecer.

viernes, enero 23, 2026

Disciplina, control y voluntad de poder frente a las domas “naturales”



El pasaje de la disciplina al control suele celebrarse como un progreso moral en la equitación contemporánea. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el poder no desaparece, sino que se disfraza de ética? Este artículo examina la falsedad de una relación con el caballo que pretende presentarse como libre de poder, y sostiene que sin voluntad de poder no hay práctica, no hay relación y no hay mundo.


Se suele afirmar que, en materia de equitación, hemos avanzado. Que hemos dejado atrás prácticas disciplinarias rígidas para adoptar formas más respetuosas, más sensibles, más éticas de relacionarnos con el caballo. El pasaje de la disciplina al control se presenta así como un progreso moral: menos coerción, más libertad; menos imposición, más escucha. Sin embargo, esta narrativa tranquilizadora encubre una transformación más incómoda. No hemos atenuado nuestra voluntad de poder. Nos hemos engañado respecto de ella.

El análisis que propone Michel Foucault sobre el pasaje de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control resulta aquí especialmente esclarecedor. Allí donde antes la regulación se ejercía de manera visible, frontal y normativa, hoy opera de forma ambiental, indirecta y estadística. Ya no corrige gesto por gesto: produce conductas globales. No impone trayectorias rígidas: orienta recorridos probables. La coerción no desaparece; se vuelve más eficaz y menos cuestionable.

Este desplazamiento puede leerse con claridad en las prácticas ecuestres contemporáneas. La crítica a la disciplina tradicional dio lugar a enfoques etológicos y a lo que suele denominarse “domas naturales”, sustentadas en un imperativo ético incuestionable: no dañar al animal, respetar su naturaleza, reconocer su sensibilidad. Nadie negaría que estos principios han mejorado el trato hacia el caballo. El problema no está allí.

El problema aparece cuando se confunde la crítica a la disciplina con la supuesta superación del poder.

No hay práctica sin poder. Y, más radicalmente aún, sin voluntad de poder no hay mundo. No hay acción, no hay forma, no hay relación. Esta afirmación puede incomodar, pero no se la puede discutir sin vaciar de contenido la experiencia misma de lo viviente. La voluntad de poder —en el sentido fuerte que le da Friedrich Nietzsche— no es una opción moral que pueda abandonarse a voluntad. No se tiene o no se tiene: se está atravesado por ella. Renunciar a la voluntad de poder no es virtud; es inhibición, empobrecimiento o retirada del mundo.

Desde esta perspectiva, el núcleo problemático de las domas “naturales” no es que ejerzan poder. Eso es inevitable. El núcleo de la crítica es otro: niegan ejercerlo. Allí comienza la falsedad.

Se vende una relación con el caballo que no sería una relación de poder. Se habla de elección, de colaboración, de libertad, como si el animal actuara en un espacio neutro. Pero el campo de acción está cuidadosamente diseñado: los estímulos se calibran, los márgenes de respuesta se delimitan, los objetivos se fijan de antemano. Nada de esto es ilegítimo. Lo ilegítimo es presentarlo como ausencia de poder. Allí donde la intervención se oculta bajo un lenguaje moral, deja de ser pensable, discutible y limitable.

No hemos pasado de la violencia a la libertad, sino de la disciplina explícita al control moralizado. Y el control moralizado es más eficaz que la disciplina porque ya no se presenta como imposición, sino como bien. Criticarlo equivale a quedar automáticamente del lado de la crueldad, del atraso o de la ignorancia. La buena conciencia opera, así, como blindaje.

Una imagen sencilla permite comprender este desplazamiento. Allí donde antes el recorrido se trazaba de antemano, hoy se deja que el uso “libre” marque los senderos. Sin embargo, esa libertad aparente no elimina el orden: lo produce de otro modo, más eficiente y menos visible. El camino ya no se impone; emerge, pero dentro de un campo cuidadosamente configurado.

El ejemplo extremo de esta lógica se encuentra en El caballo de Turín. Allí no hay abuso ni castigo. Hay cuidado, repetición mínima, abstención. Y, sin embargo, lo que la película muestra no es una vida más justa, sino una vida que se apaga. El caballo no es sometido: se retira. La ética entendida como renuncia a toda afirmación no libera; regresa. No produce mundo: lo extingue.

Esta escena —el quiebre ante el maltrato del caballo en Turín— ha sido recreada de manera ilustrativa en El día que Nietzsche lloró, donde el colapso emocional del filósofo no remite al rechazo del poder en sí, sino al impacto de su forma degradada: la fuerza reducida a descarga, despojada de forma y responsabilidad.

Esto permite ver con claridad que el problema nunca fue la voluntad de poder, sino sus formas degradadas o su negación hipócrita. La respuesta al exceso no puede ser la abolición del poder, sino su asunción trágica. No hay garantías, no hay legitimidad racional última, no hay coartadas morales. Hay riesgo, forma y responsabilidad.

En la práctica ecuestre, esto obliga a abandonar otra comodidad: pensar la relación exclusivamente como asimétrica. Más que asimétrica, la relación es controversial y cuerpo a cuerpo. No en el sentido de la violencia, sino en el de una implicación directa, expuesta, sin mediaciones morales que instauren distancia. Porque así como el humano ejerce su voluntad de poder —organizando el entorno, definiendo objetivos, imponiendo formas—, el caballo ejerce la suya cuando se siente amenazado, cuando resiste, cuando huye, cuando confronta. No hay pasividad natural ni sumisión originaria: hay fuerzas que se encuentran en presencia, se miden y se transforman.

La moralidad, cuando se presenta como garantía de justicia, tiende a imponer una distancia aséptica que refuerza la desigualdad. Quien se declara moralmente correcto se sitúa por encima de la relación. Resulta entonces paradójico que quienes critican el ego y el protagonismo del manejador terminen colocándose fuera del cuerpo a cuerpo, legitimados por una superioridad ética que los exime de implicarse. La relación no se vuelve más justa por tomar distancia, sino más falsa.

El verdadero problema ético no es ejercer poder, sino fingir que no se lo ejerce. Porque allí donde la intervención se disfraza de bondad, deja de volverse objeto de reflexión, crítica y límite. No hay ética que nos libere de la voluntad de poder. Lo único exigible es no negarla, no moralizarla y no convertir su ocultamiento en virtud.

Toda relación viva implica poder.
Toda práctica honesta comienza cuando se deja de mentir sobre ello.

jueves, enero 22, 2026

Ayudar no es dar órdenes


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Gimnasia viva y rechazo del estímulo reflejo en la doma clásica

En la doma clásica, la cuestión de las ayudas no puede reducirse a un problema técnico ni a una enumeración de medios permitidos o prohibidos. Las ayudas constituyen una gramática de intervención, y como toda gramática, expresan una concepción del cuerpo, del aprendizaje y de la relación entre jinete y caballo.

Por eso, la exclusión de la voz y de la fusta durante la prueba, y la aceptación —e incluso exigencia en ciertos niveles— de las espuelas, no es un detalle reglamentario ni una tradición arbitraria. Responde a una toma de posición más profunda: la doma clásica no se orienta a la producción de respuestas reflejas, sino al desarrollo de una organización corporal viva, disponible y autoportada.


Ayudar no es ordenar

Antes de analizar cada ayuda, conviene aclarar algo esencial: una ayuda no es una orden.
Tampoco es un estímulo determinante destinado a provocar una reacción automática.

La ayuda, como su nombre lo indica, es una colaboración. No sustituye la acción del caballo ni la produce desde afuera; crea las condiciones para que una respuesta posible emerja desde el propio sistema.

En la equitación clásica, ayudar no significa imponer un movimiento, sino inducir una reorganización. La respuesta no debería ser el efecto directo del gesto del jinete, sino el resultado de una disponibilidad previamente construida. Cuando la ayuda se convierte en un disparador, deja de ser ayuda y se transforma en mando.

Esta distinción es decisiva: define si el caballo actúa como organismo vivo que se organiza, o como objeto reactivo que responde.


Ayudas y adiestramiento: una distinción necesaria

Bajo distintas formas históricas —circo, entrenamiento para el espectáculo, pedagogías pavlovianas o conductistas— ha existido siempre una equitación orientada a la respuesta inmediata. En ella, el caballo es tratado como un organismo reactivo, capaz de ejecutar conductas previsibles frente a estímulos claros y reiterados.

Ese tipo de adiestramiento puede producir resultados visibles, pero se apoya en una lógica simple: estímulo → respuesta. No requiere equilibrio real, elasticidad ni reorganización postural. El gesto puede ser correcto sin que el cuerpo esté verdaderamente organizado.

La doma clásica se sitúa en otro plano. No busca conductas, sino disponibilidad. No persigue obediencia mecánica, sino gimnasia: una transformación progresiva del cuerpo del caballo que amplía su capacidad de coordinarse, sostenerse y expresarse con economía y armonía.


La voz: un canal que elude el cuerpo

La voz del jinete, aun cuando provenga de su propio cuerpo, introduce un canal de información que no atraviesa el sistema postural compartido. Actúa como estímulo auditivo directo, fácilmente asociable y altamente eficaz para generar respuestas rápidas.

Pero esa eficacia es precisamente su límite. La respuesta puede producirse sin que el cuerpo se reorganice. El caballo ejecuta, pero no necesariamente se transforma.

Desde la lógica de la doma clásica, una ayuda válida debe operar a través del cuerpo, modulando equilibrio, tono y coordinación. La voz, al funcionar como disparador externo, favorece asociaciones reflejas y por eso queda excluida del espacio de la prueba.


La fusta: pedagogía sí, demostración no

La fusta ocupa una posición intermedia y por eso su estatuto es particular. En el trabajo cotidiano puede cumplir una función pedagógica: clarificar una ayuda, despertar una zona, acompañar un proceso de comprensión corporal.

Pero en la prueba de doma no se evalúa el proceso, sino el estado alcanzado del sistema. La fusta permite corregir o producir el movimiento en el momento, lo que contradice el sentido mismo de la reprise.

En la pista no se trata de provocar la respuesta, sino de mostrar una respuesta que ya puede emerger sin ser inducida. Por eso la fusta queda fuera del espacio de demostración.


Espuelas: precisión integrada, no estímulo reflejo

La aceptación de las espuelas suele generar incomodidad contemporánea, pero su legitimación en la tradición clásica no se basa en la coerción, sino en su función.

La espuela:

  • está integrada al cuerpo del jinete

  • no crea un canal externo

  • no amplifica el gesto

  • exige una pierna estable, silenciosa y precisa

En su concepción ideal, no dispara la respuesta, sino que afina una disponibilidad existente. Solo tiene sentido cuando el sistema ya está organizado; no puede sustituirlo.

Por eso, paradójicamente, la ayuda que más exige criterio, oportunidad y medida es la que la doma clásica conserva, mientras excluye aquellas que facilitan respuestas rápidas pero pobres desde el punto de vista gimnástico.


Una nota necesaria sobre reflejo y aprendizaje

Desde un punto de vista neurofisiológico, conviene distinguir entre respuesta refleja y aprendizaje.
Un acto reflejo es una respuesta automática del sistema nervioso central, de baja latencia y escasa mediación cognitiva. No implica comprensión ni reorganización del sistema, sino la activación de un circuito previamente establecido.

El reflejo puede producir una conducta correcta desde el punto de vista externo, pero no constituye conocimiento ni aprendizaje en sentido estricto.

La doma clásica, entendida como gimnasia viva, no busca desencadenar reflejos, sino favorecer procesos de integración motriz y disponibilidad corporal. Allí donde domina el reflejo, la ayuda se vuelve mando; allí donde hay procesamiento y ajuste, la ayuda recupera su sentido propio: ayudar.


Ayudar es abrir una posibilidad

Las ayudas, en la equitación clásica, no determinan la respuesta: la hacen posible.
No ordenan: invitan.
No fuerzan: orientan.

Cuando la ayuda se convierte en causa directa del movimiento, el aprendizaje se empobrece. Cuando actúa como colaboración oportuna, medida y discreta, el movimiento emerge como expresión de un sistema vivo y organizado.

En esa diferencia —sutil pero decisiva— se juega todavía hoy el sentido profundo de la doma clásica.

sábado, enero 17, 2026

Cuando la equitación le queda chica a la genética


La genética ha producido caballos cuya potencia, expresividad y energía ya no encajan en los marcos técnicos y reglamentarios heredados. Cuando el sistema no sabe leer lo que produce, la tensión se resuelve sobre el cuerpo del caballo.

La excelencia genética avanza más rápido que la equitación que pretende evaluarla. En esa brecha silenciosa, el caballo queda atrapado entre un reglamento que constriñe y prácticas que buscan hacerlo encajar. No es un problema técnico, sino un conflicto de marco.


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Cuando la excelencia ya no cabe

Genética, cuadrilátero y conflicto epistemológico, ético y político

Un criador lo dijo con una lucidez incómoda:
“Ya no se crían caballos. Los criadores están obsesionados con producir una excelencia genética que sobresale de los marcos técnicos y reglamentarios.”

La frase no es una queja nostálgica ni una provocación vacía. Nombra con precisión un desplazamiento profundo en la práctica ecuestre contemporánea. El conflicto que hoy aparece en el cuadrilátero no comienza en el jinete ni en el entrenamiento. Comienza mucho antes, en el momento mismo en que se decide qué tipo de caballo vale la pena producir.


De criar caballos a producir excelencia

Durante décadas, la cría deportiva buscó caballos compatibles con un sistema ya dado: cuerpos entrenables, gestos legibles, energías que pudieran organizarse dentro de una gramática técnica y reglamentaria relativamente estable.

Hoy, esa expectativa cambió de escala.
La genética apunta a máximos: más elasticidad, más potencia, más suspensión, más presencia. No se busca tanto un caballo que encaje, sino uno que sobresalga. El problema no es esa búsqueda en sí, sino que esa excelencia ya no está pensada desde el marco que luego deberá evaluarla.

Así, la práctica produce caballos que el propio sistema no sabe alojar sin fricción.


El reglamento como fotografía histórica

Los reglamentos —cristalizados hoy en instancias como la Federación Ecuestre Internacional— no son verdades naturales. Son fotografías históricas: fijan un equilibrio particular entre biología disponible, técnica de entrenamiento, sensibilidad estética y ética implícita.

Cuando la genética acelera y ese marco no se actualiza, el reglamento deja de describir lo que ocurre y empieza a prescribir lo que debería ocurrir según un modelo heredado. En ese punto, ya no funciona como orientación, sino como fuerza de constricción.

El resultado es conocido: caballos “demasiado” expresivos, “demasiado” potentes, “demasiado” amplios. El “demasiado” no nombra un exceso objetivo, sino una inadecuación normativa.


El jinete ante un caballo que no cabe

Cuando un caballo expresa una energía que no entra cómodamente en el cuadrilátero, el jinete queda atrapado en una tensión estructural.
Si permite que el caballo se exprese, no encaja.
Si lo ajusta, apaga algo esencial.

La tentación habitual es contener: reducir amplitud, acortar gesto, bajar energía. No necesariamente por violencia explícita, sino por adecuación. Otra tentación es explotar esa energía, convertirla en impacto visual, en exceso espectacular.

Ambas respuestas comparten un rasgo: el sistema se impone al caballo. En ningún caso se interroga el marco.


Cuando el ajuste se vuelve éticamente reprochable

Aquí emerge el conflicto ético.
La necesidad de hacer encajar al caballo en un reglamento que lo constriñe puede derivar —y de hecho deriva— en manejos éticamente reprochables, incluso sin mala intención.

No se trata solo de violencia evidente. Se trata de:

  • contenciones sistemáticas que apagan la expresión,

  • correcciones repetidas para “normalizar” una energía que no es caótica,

  • intervenciones justificadas únicamente por la conformidad normativa.

El cuerpo del caballo se vuelve el lugar donde se resuelve una contradicción que no es suya.


El sistema produce lo que no sabe leer

Este punto es decisivo: el caballo no falla. Informa.
Porta una información nueva —otra relación entre energía, forma y tiempo— que el sistema no sabe interpretar con sus categorías actuales.

Aquí el problema deja de ser técnico y se vuelve epistemológico. Se sigue leyendo con una gramática pensada para otros cuerpos. Lo que no se comprende aparece como exceso; lo que no se simboliza se corrige.

Cuando una práctica no puede leer lo que ella misma produce, confunde descripción con prescripción y error con diferencia.


Epistemológica, ética y política: un mismo nudo

Este conflicto no puede pensarse en un solo plano.

Es epistemológico, porque el sistema ya no sabe leer los cuerpos que produce.
Es ético, porque esa incapacidad se resuelve operativamente sobre el caballo.
Es político, porque toda norma decide qué cuerpos son admisibles, qué expresividad es premiable y qué diferencia resulta incómoda.

No se trata de política partidaria, sino de una política de la forma. Cuando la genética produce caballos que desbordan el marco, el sistema enfrenta una decisión tácita: o revisa el criterio, o redefine al caballo.

Mientras esa decisión no se haga explícita, la presión seguirá recayendo sobre el animal.


Cierre

Tal vez haya llegado el momento de aceptar que ciertos caballos no “fallan” en el cuadrilátero.
Simplemente interpelan a un sistema que todavía no ha actualizado su modo de conocer, de intervenir y de decidir.

Cuando la excelencia ya no cabe, el problema no es el caballo.
Es el marco que insiste en medir con categorías que ya no alcanzan.

Y en ese punto, la responsabilidad deja de ser individual o técnica:
se vuelve —inevitablemente— epistemológica, ética y política.

viernes, enero 16, 2026

No todo caballo es lo que es






Equitación, artificio y organización abierta

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Hay una canción del dúo argentino Pastoral, En el hospicio, que relata el encierro de un hombre por una pregunta aparentemente absurda: si el perro es perro y nada más.
La escena no describe un delirio exuberante, sino algo más inquietante: una literalidad extrema. La sospecha de que las cosas deban coincidir plenamente consigo mismas, que agoten su sentido en lo que son.

Pero ¿y si la locura no consistiera en ver demasiado, sino en ver solo?
¿Y si un mundo donde el perro es únicamente perro —sin excedente, sin relación, sin desplazamiento— fuera, en realidad, un mundo inerte?

Trasladada al campo ecuestre, la pregunta se vuelve decisiva:
¿qué sería el caballo si fuera solo caballo?


El caballo como fenómeno, no como esencia

Pensar al caballo desde una definición esencialista y naturalista implica concebirlo como un organismo cerrado, autosuficiente, plenamente definido por su biología.
Pero ese caballo —si existiera— no tendría mundo.

No habría relación, aprendizaje, técnica ni arte ecuestre.
Habría un organismo, pero no un fenómeno.

A esto debe agregarse un dato decisivo que toda idealización de la “naturaleza pura” suele omitir: el caballo que hoy conocemos y apreciamos ya es producto de una larga historia de domesticación.
Su morfología, su temperamento, su plasticidad conductual y su capacidad de aprendizaje no son rasgos simplemente dados, sino el resultado de una interacción prolongada con el hombre. Pensar al caballo como una esencia previa a toda relación humana no solo es conceptualmente problemático: es históricamente falso. Sin esa co-evolución —biológica, técnica y simbólica— es incluso plausible que el caballo, tal como lo conocemos, ya no existiera.

El caballo reducido a su pura esencia natural no solo carecería de mundo:
carecería también de historia.


Cuando “caballo” se extiende más allá del caballo

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El ejemplo de Corleo, desarrollado por Kawasaki Heavy Industries, lleva esta cuestión al límite.

Corleo no es un animal:

  • no comparte la materia del caballo,

  • no responde a su forma biológica,

  • no tiene su causa eficiente natural.

Y, sin embargo:

  • se monta,

  • se conduce,

  • exige equilibrio,

  • produce una experiencia inequívocamente ecuestre.

Fenomenológicamente, es reconocido como “caballo”.
Esto no es un error conceptual, sino una evidencia: la noción de caballo nunca fue solo biológica. Siempre incluyó relación, función, acoplamiento, mundo compartido. Por eso puede extenderse sin disolverse.


Las cuatro causas como instrumento, no como frontera

Aquí el marco aristotélico resulta especialmente fecundo, si se lo lee sin dogmatismo.
Las cuatro causas —material, formal, eficiente y final— no operan como requisitos rígidos, sino como modos de inteligibilidad.

  • Causa material: el cuerpo vivo del caballo establece condiciones, pero no agota el fenómeno.

  • Causa formal: la forma no es un molde fijo, sino una organización dinámica que se conserva en la variación.

  • Causa eficiente: en la equitación, la relación, la técnica y el gesto humano no son añadidos externos, sino causas constitutivas del fenómeno ecuestre.

  • Causa final: no como función impuesta, sino como orientación emergente del sistema: coherencia, armonía, continuidad del vínculo.

No todas las causas coinciden siempre.
Y, sin embargo, el fenómeno persiste.

El caballo no es una sustancia definida por la coincidencia perfecta de sus causas, sino un fenómeno cuya identidad se mantiene por la conservación de una organización abierta.


El artificio natural

Desde este marco, el artificio deja de ser una traición a la naturaleza.
El artificio natural no introduce algo ajeno al sistema: redistribuye causas sin negarlas. Modula causas eficientes, reorienta causas finales, sin violentar la materia ni destruir la forma.

El arte ecuestre no impone una estructura externa al caballo. Trabaja con su plasticidad, con su capacidad de aprender, de ajustarse, de resonar. Interviene no para dominar una esencia, sino para sostener una apertura.

Un sistema incapaz de ser afectado no sería más natural, sino simplemente inerte.


Domesticación, artificio y ética de la intervención

La domesticación no fue un episodio accidental ni una corrupción de una naturaleza originaria, sino el inicio de una historia de mediaciones que hizo posible al caballo tal como hoy lo conocemos. Desde entonces, toda relación con el caballo —incluida la no intervención— es ya una forma de artificio. La cuestión ética, por lo tanto, no reside en oponer naturaleza y técnica, sino en discernir qué tipo de artificio ponemos en juego. El artificio natural nombra precisamente esa zona de responsabilidad: intervenir sin clausurar, orientar sin imponer, modular sin romper la organización del sistema. Una ética de la intervención no protege al caballo de la relación, sino que se hace cargo de ella, asumiendo que el mundo del caballo es inseparable del modo en que lo habitamos juntos.


Cierre

No todo caballo es lo que es.
Y justamente por eso existe la relación con el hombre, el artificio y el arte ecuestre.
Allí donde una mirada esencialista ve una traición a la naturaleza, una lectura no dogmática —aristotélica, sistémica— reconoce una mediación necesaria: la que permite que el caballo siga siendo un fenómeno abierto, y no una cosa preservada hasta la inmovilidad.
Loco, entonces, no es quien advierte los desplazamientos y las mediaciones, sino quien cree que el caballo es solo un caballo.



miércoles, enero 14, 2026

La libertad como disrupción

La libertad como disrupción

Tecnología naturalizada y el arte del suceso

Decir que el ser es verbo no es una metáfora elegante ni una concesión lingüística: es una corrección ontológica. Durante siglos confundimos el ser con una cosa, con un objeto estable al que se le pueden atribuir propiedades. Pero el ser no está ahí: acontece. No se posee, no se conserva, no se garantiza. El ser es acción, ejecución, resolución de tensiones en tiempo real. Todo lo demás es archivo.

Desde este punto de partida, la libertad deja de ser una cualidad moral o un derecho abstracto y pasa a ser lo que verdaderamente es: una potencia del hacer. No existe como estado previo ni como promesa futura. La libertad no espera; irrumpe. Para la equitación —y para toda práctica viva— la libertad es disrupción: la capacidad de interrumpir la inercia del hábito, de suspender por un instante la gravedad de la repetición. No hay libertad antes del gesto. La libertad se juega en el gesto.

Somos, en gran medida, máquinas de repetir. El cuerpo, el lenguaje, el aprendizaje y la técnica tienden naturalmente a la economía del automatismo. Pero la práctica viva comienza allí donde esa repetición deja de ser ciega. La libertad no consiste en escapar del automatismo, sino en saber interrumpirlo sin destruir el sistema.

Para ejercer esa interrupción hace falta reconocer nuestra verdadera condición. El ser humano no “usa” tecnología desde afuera: está constituido por ella. El lenguaje, la escritura, la abstracción, la memoria técnica no son añadidos artificiales, sino tecnologías naturalizadas por el uso y el tiempo. La naturaleza no es lo opuesto al artificio; es su forma más antigua.

En la pista, esta comprensión transforma la escena. El encuentro entre el hombre y el caballo no es la confrontación entre un sujeto consciente y un organismo instintivo, ni una negociación entre dominio y respeto. Es el acoplamiento de dos sistemas heterogéneos que operan en registros distintos. El jinete aporta tecnologías simbólicas: anticipación, intención, lenguaje abstracto. El caballo aporta tecnologías orgánicas: sensibilidad tónica, respuesta motriz, regulación nerviosa. El binomio no es la suma de ambos, sino el sistema que emerge de su interacción.

La libertad aparece cuando ese sistema logra interrumpir su propia inercia. No como estallido ni como desborde, sino como franqueamiento. Algo se destraba. El flujo, antes retenido por el hábito o por el mandato, recupera continuidad y sentido. La disrupción auténtica no se reconoce por su violencia, sino por su claridad. El fenómeno se manifiesta sin ruido, como si siempre hubiera estado ahí esperando permiso.

Esa novedad no es antitécnica; es su culminación. Toda técnica viva produce un nuevo modo de relación con lo real. La escritura no añadió información al mundo: transformó la memoria. Del mismo modo, cuando el binomio se ecualiza con justeza, no ejecuta mejor una figura: inaugura una inteligencia distinta del movimiento.

Ser libre en la pista es aceptar una tarea exigente: interrumpir la repetición sin romper la coherencia. No se trata de buscar proezas ni gestos excepcionales. En esta escala de valores, una partida al galope puede tener la misma densidad que un piaffe. El criterio no es la dificultad, sino la calidad del suceso.

Cuando el binomio deja de repetir y comienza a crear —crear no como originalidad ingeniosa, sino como el simple acto de dar a luz— la técnica se transmuta en arte. No como ornamento ni como espectáculo, sino como operatividad plena de la vida.

Montar es, en última instancia, el ejercicio consciente de esa posibilidad: permitir que la acción interrumpa la inercia sin perder forma. Allí, la libertad no se proclama ni se explica: se ejecuta.


sábado, enero 10, 2026

Entre señal y ruido: repensar la ética en la equitación





Cuando la ética se vuelve un problema de comunicación

En el debate contemporáneo sobre el abuso en la equitación, solemos oír lo mismo de siempre: actos condenables versus defensores del bienestar animal. Pero quizás la verdadera pregunta no sea únicamente moral, sino sobre cómo pensamos la relación entre jinete y caballo desde dentro. Lo que propongo aquí es una mirada que desplaza el foco: no tanto sobre el juicio de intenciones, sino sobre la organización del vínculo como un sistema de información.


La equitación como tecnología de comunicación

La equitación no es un código moral, ni un conjunto de reglas éticas abstractas. Es, antes que nada, una tecnología de mediación entre dos organismos: humano y caballo. Un flujo continuo de señales —peso, equilibrio, respiración, intención— que se despliegan y se responden en tiempo real. Desde esta perspectiva, montar no es dominar, ni siquiera convivir: es comunicar.

Cuando pensamos así, la relación deja de ser una metáfora de respeto o dominio para convertirse en un canal de información, donde cada gesto es un dato y cada respuesta una confirmación o negación de sintonía.


¿Qué es el abuso, entonces?

Si entendemos la equitación como un canal de información, el abuso —gritos, presión excesiva, violencia directa— ya no es simplemente un acto “moralmente malo”. Es ruido. Ruido que:

  • satura el canal

  • degrada la señal

  • impide que el caballo procese lo que se intenta transmitir

Esto no solo altera el vínculo momentáneamente: lo desorganiza. El caballo no recibe información clara; recibe una mezcla ininteligible de impulsos que desencadenan instinto de defensa, tensión o confusión.

El problema fundamental no es la mala intención, sino la interrupción de la comunicación eficaz.


¿Y la crítica moral?

Aquí es donde quiero desafiar una presunción común: la crítica moral —incluso la bienintencionada— puede introducir ruido equivalente. Cuando el discurso protector se vuelve absolutista, simplificándolo todo en términos de “mal” o “bien”, aquello que intentamos defender termina siendo desplazado:

  • el caballo, otra vez, queda segundo

  • la discusión se convierte en batalla de identidades

  • el foco se va del vínculo a la moral pública

En tu blog, ya has explorado cómo la teoría de la información describe canales eficaces y saturados. Cuando la crítica moral se impulsa desde la indignación, puede exceder la capacidad del canal, sustituyendo la comprensión por polarización.

No digo que no haya razones morales para señalar prácticas destructivas. Digo que el juicio por sí solo no repara la relación, y muchas veces —sin querer— contribuye a fragmentar la escena ecuestre en bandos irreconciliables.


Egos contrapuestos

El manejo violento del caballo y el predicador moral comparten una misma característica: colocan al sujeto por encima del sistema.

  • El primero desborda el canal con impulsos desorganizados.

  • El segundo lo hace con dicotomías que no permiten matices ni comprensión profunda.

Ambos sobrecargan la comunicación, aunque lo hacen desde terrenos distintos: uno desde la violencia directa, otro desde la simplificación moral. En los dos casos, el canal —el vínculo— se degrada.


Hacia una ética operativa

Una ética que valga para la equitación no debería ser solo una colección de prohibiciones o declaraciones. Debe mirar cómo se organiza la comunicación, cómo se genera coherencia entre señales y respuestas.

Esto implica:

  • escuchar antes de juzgar

  • observar más allá de la moral impresa

  • valorar la sintonía efectiva sobre la retórica de virtuosidad

La ética, entonces, no emerge de consignas, ni de consignaciones de culpa, sino de la coherencia operativa entre jinete y caballo.


Cierre

En el mundo ecuestre, hablar de abuso sin hablar de sistema es perder el sentido de lo que realmente está en juego: el flujo de información que posibilita la relación. Tanto el que hace ruido con la mano como el que lo hace con la palabra dejan de lado al caballo como interlocutor real.

Si queremos avanzar, necesitamos no solo condenar, sino comprender cómo se degradan o restauran los canales de comunicación que nos unen a estos animales. Solo así, quizá, podamos dejar de hablar sobre la relación para empezar a escucharla.