¿Pacificar al caballo…
o pacificar el miedo?
¿Cuántas de las técnicas que usamos no buscan comprender al caballo, sino tranquilizarnos a nosotros?
Este texto no discute métodos, sino algo más incómodo: el miedo como motor silencioso de la ética, la técnica y el sentimentalismo en el mundo ecuestre.
Notas para una crítica de la ética moralizante en la relación humano–caballo
El miedo es uno de esos afectos que organizan prácticas enteras sin ser nunca mencionados. No aparece necesariamente como temor explícito ni como vivencia subjetiva intensa, sino como una fuerza silenciosa que delimita el campo de lo posible, orienta decisiones y vuelve evidentes ciertas opciones mientras excluye otras.
Conviene precisar desde el inicio el estatuto de este término. Cuando aquí se habla de miedo, no se alude a una emoción psicológica individual ni a una falta de coraje, valentía o pericia. Se trata de un afecto estructurante, pre-reflexivo, que opera antes de cualquier juicio moral y organiza las prácticas sin necesidad de manifestarse como experiencia consciente. No se analiza lo que el sujeto siente, sino lo que el sistema produce cuando ese afecto opera sin ser reconocido.
En la relación humano–caballo, este miedo rara vez se nombra como tal. Aparece desplazado en discursos sobre el buen trato, la corrección ética o la técnica adecuada. No porque esté ausente, sino porque ha sido traducido a un lenguaje más aceptable, menos expuesto, que permite actuar sin tener que enfrentarlo directamente. No se trata solo de un miedo silenciado, sino de un miedo que impulsa activamente la búsqueda de estrategias para evitarlo.
Lucrecio
Del mismo modo como ocurría en los tiempos de Lucrecio, hoy el miedo vuelve a negociarse como moneda de cambio para comprar ilusiones de perdón y de buena conducta. No es entonces casual que Lucrecio haya identificado en el miedo la causa eficiente de las falsas creencias. Para Lucrecio, el miedo no es una consecuencia del error, sino su causa. No se cree falsamente porque se ignoren las causas, sino porque el miedo empuja a atribuir intención, castigo y finalidad allí donde los procesos no se comprenden. Las creencias no nacen de la ignorancia pura, sino de la necesidad de calmar un temor previo.
Por eso su proyecto no consiste en proponer una moral más elevada ni ritos más correctos, sino explicaciones. Explicar las leyes naturales no es un gesto neutral: es una operación ética en sentido fuerte, orientada a desactivar el miedo que organiza la relación del humano con el mundo.
Ese gesto —desplazar el eje desde la obediencia moral hacia la comprensión causal— conserva hoy una vigencia inquietante.
El miedo como causa: tres formas, una misma operación
Desde esta perspectiva, no se trata tanto de miedos diferentes como de una misma estructura de miedo que se redistribuye en distintos registros. Lo que varía no es su función última, sino las estrategias que se ponen en juego para cerrar el vacío que el miedo abre: el vacío de lo desconocido, de la incertidumbre, de no saber qué va a ocurrir ni bajo qué criterio se será evaluado.
El primer registro es el miedo atávico, corporal, previo a toda elaboración técnica o moral. Es el miedo ligado al cuerpo a cuerpo con el caballo, al desborde posible, al daño real. Este miedo no solo es inevitable: es funcional. Afina la atención, regula la distancia, introduce prudencia. No organiza discursos ni rituales, sino posturas, tiempos y percepciones. En este sentido, no pide ser eliminado: es una condición de posibilidad de la relación misma.
Pero ese miedo primario abre una brecha: la exposición a lo desconocido. Y esa brecha rara vez se tolera sin mediaciones.
El segundo registro es el miedo instrumental a equivocarse en el procedimiento. Aquí ya no se teme tanto al riesgo real como al error operativo: hacer algo mal, aplicar incorrectamente una técnica, no seguir el método adecuado. Este miedo aparece cuando la relación se mediatiza por herramientas y secuencias, y es el punto en el que la técnica comienza a funcionar como sustituto del saber. Para quien no comprende el sistema, la técnica ofrece un atajo: permite actuar sin leer, avanzar sin explicar.
Así proliferan manuales, protocolos y métodos cerrados. No como conocimiento, sino como dispositivos de certeza. La técnica se vuelve supersticiosa no porque sea falsa, sino porque se utiliza sin comprensión causal. No vuelve inteligible el sistema, pero permite seguir adelante. Allana el camino al ignorante y resuelve su deseo de dominar sin obligarlo a enfrentar lo desconocido.
El tercer registro es el miedo a la sanción moral. Ya no se teme al daño ni al error técnico, sino al juicio. A quedar del lado incorrecto del bien. A ejercer poder de manera ilegítima. Aquí la técnica ya no basta. Aparecen los rituales de forma, el lenguaje purificado, los gestos correctos, las declaraciones de intención. Es el terreno propio de la ética moralizante.
Mientras la técnica protege del error, la moral protege del castigo simbólico. No busca comprender la relación, sino garantizar inocencia. No produce confianza: produce coartadas frente al juicio.
Estos registros no cumplen funciones radicalmente distintas. Convergen en una misma operación: dejar que el miedo actúe en la trastienda sin ser nombrado. El miedo permanece como vacío semántico, como aquello que no se dice, pero que exige ser colmado. Frente a ese vacío, las técnicas ofrecen certezas operativas y la moral ofrece una promesa aún más fuerte: si hago el bien, estaré a salvo.
Aquí la lectura de Lucrecio se vuelve estructural: el miedo no explica las creencias; las hace necesarias.
Técnica, pacificación y exención
En este marco, la pacificación del caballo aparece como operador central. Se la invoca en nombre de la seguridad, pero esa seguridad no es el resultado de un sistema comprendido, sino el efecto de reducir la variabilidad antes de que pueda expresarse.
Toda diferencia es leída como amenaza.
Toda tensión, como error.
Toda emergencia singular, como algo que debe ser neutralizado.
Pacificar no es comprender ni ordenar. Es intervenir para desactivar la respuesta, para evitar la negociación que toda relación viva impone. Produce calma, sí, pero al precio de empobrecer el campo relacional y de inhibir tanto la expresión del caballo como la implicación real del humano.
El miedo como mercancía implícita
Aunque nadie hable de miedo, es él quien estructura silenciosamente el campo. No se lo nombra, pero se lo gestiona. En este sentido, resolver el miedo se convierte en la mercancía implícita que circula en la oferta contemporánea de técnicas, métodos y compromisos éticos.
Las técnicas prometen neutralizar el riesgo operativo; los protocolos aseguran recorridos previsibles; los discursos éticos garantizan protección frente al juicio. En todos los casos, lo que se ofrece no es comprensión, sino alivio. No una relación más legible, sino una relación menos inquietante.
La promesa implícita es siempre la misma: una relación sin exposición y sin conflicto.
El miedo no desaparece: se convierte en valor de intercambio. El sistema se pacifica no porque se comprenda mejor, sino porque se vuelve consumible. No se trata de comprender el sistema ni de asumir la exposición que toda relación viva impone, sino de recubrir la acción con garantías morales y afectivas que permitan intervenir sin afrontar la incertidumbre.
En este contexto, la técnica entendida como práctica correcta avalada éticamente, junto con el sentimentalismo que la acompaña, ofician como escudos protectores para quienes pretenden dominar en el mundo ecuestre esquivando el miedo. No se trata de comprender el sistema ni de asumir la exposición que toda relación viva impone, sino de recubrir la acción con garantías morales y afectivas que permitan intervenir sin afrontar la incertidumbre.
Técnica, conocimiento y legibilidad
La técnica, por sí sola, no es suficiente para comprender un sistema ni para volverlo inteligible. Puede ser eficaz, producir resultados y estabilidad, pero eso no equivale a conocimiento. El conocimiento no se define por la correcta ejecución de un procedimiento, sino por la capacidad de explicar lo que ocurre y de operar con las diferencias que emergen sin neutralizarlas de antemano.
En este sentido, la técnica no fracasa porque sea falsa, sino porque no explica. Funciona, pero no vuelve legible el sistema. Allí donde algo funciona sin necesidad de ser comprendido, el miedo puede quedar suspendido, pero no transformado.
Ahora bien, este conocimiento no se reduce al saber teórico ni al dominio formal. En una relación que se juega cuerpo a cuerpo, el conocimiento puede adoptar formas no codificadas: una intuición afinada, una sensibilidad singular, una lectura rítmica de la situación. No todo conocimiento es discursivo, pero todo conocimiento —también el intuitivo— hace inteligible lo que ocurre.
Por eso la analogía no es la máquina, sino el baile. Se puede conocer la técnica y no saber bailar. Y también se puede bailar con ritmo y cadencia sin haber aprendido nunca una técnica formal. En ambos casos, lo decisivo no es la corrección del procedimiento, sino la capacidad de entrar en relación, de ajustar, de responder a lo que emerge sin desactivar la tensión que lo hace posible.
El buen trato como coartada
El problema no es el cuidado ni la prudencia. El problema es la falta de sinceridad respecto del afecto que los organiza.
Cuando el buen trato se convierte en exigencia moral abstracta, deja de ser una lectura de efectos para transformarse en garantía subjetiva. Como en la religión que criticaba Lucrecio, se hacen las cosas “bien” no para comprender el mundo, sino para no temerle a Dios: ese dispositivo moral que pone en tela de juicio todo comportamiento humano.
La ética moralizante no elimina el miedo: lo administra.
Lo explica, lo normativiza, lo vuelve discurso… pero no lo reconoce.
Conclusión
Lo que se pone en juego, entonces, no es una discusión técnica ni una disputa moral, sino una economía del miedo. Aunque nadie lo nombre, resolver el miedo se convierte en la mercancía implícita que circula en la oferta contemporánea de métodos, protocolos y compromisos éticos. No se venden solo técnicas ni valores: se vende la promesa de una relación sin exposición a lo desconocido.
Las técnicas prometen neutralizar el riesgo; los procedimientos garantizan recorridos previsibles; la ética moralizante ofrece protección frente al juicio. En todos los casos, lo que se ofrece no es comprensión, sino alivio. No una relación más legible, sino una relación sin exposición y sin conflicto.
En este sentido, la continuidad con la religión que analizaba Lucrecio es más profunda de lo que suele admitirse. Cambian los nombres, cambian los dispositivos, pero no la lógica. Allí donde antes se traficaba con la promesa del cielo, hoy se trafica con la promesa de corrección técnica y pureza moral. El miedo sigue siendo la causa eficiente que hace operativos estos sistemas de creencias.
El problema no es que la técnica no funcione, sino que funcione demasiado bien: reduce la exposición, clausura el vacío y vuelve innecesaria la comprensión del sistema. Allí donde la técnica basta, el pensamiento se vuelve superfluo. Y cuando la moral garantiza inocencia, el conflicto deja de ser una fuente de conocimiento para convertirse en algo que debe ser evitado.
Nombrar el miedo no implica ceder a él. Implica reconocer su lugar causal y dejar de convertirlo en mercancía. Implica aceptar que toda relación viva comporta incertidumbre, asimetría y conflicto, y que ninguna técnica ni ninguna moral pueden abolirlos sin empobrecer la relación que dicen proteger.
Cierre
El problema no es que la técnica no funcione, sino que funcione demasiado bien: reduce la exposición, enerva el miedo y vuelve innecesaria la comprensión del sistema. Allí donde la técnica basta, el pensamiento se vuelve superfluo.
Cuando una técnica permite evitar la negociación que toda asimetría impone, no estamos ante conocimiento, sino ante un éxito que empobrece. La eficacia sustituye a la legibilidad y la pacificación ocupa el lugar de la comprensión.
Nombrar el miedo no implica ceder a él. Implica dejar de ocultarlo bajo técnicas y discursos que prometen seguridad a costa de desactivar la respuesta. La confianza no nace de la neutralización, sino de la capacidad de sostener la diferencia sin negarla. No exime del riesgo, pero transforma la relación.
Y esa diferencia —más que cualquier técnica— es lo que distingue el conocimiento de la superstición. En última instancia, la diferencia no se juega entre técnica y ética, sino entre dispositivos que prometen salvación y prácticas que se atreven a volver legible lo desconocido. Y esa diferencia —como ya intuyó Lucrecio— es la que separa el conocimiento de la superstición, incluso cuando esta adopta formas perfectamente seculares.
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