lunes, mayo 04, 2026

Sobre el contacto


Estos apuntes, como suelo aclarar, no están dirigidos a dar cátedra de equitación. Son solo un modo de compartir la experiencia entre quienes avanzamos a los tropezones. Vamos descubriendo cosas que parecen funcionar y despejando obstáculos que nos impedían disfrutar.


El contacto es un concepto que trata de definir una realidad práctica que suele ser muy esquiva. Hay infinidad de ideas que intentan aclarar y dar pistas sobre el contacto.

Según la escala de progresión del entrenamiento, el contacto es un escalón necesario que se eslabona con la impulsión y el equilibrio. Ahora bien, impulsión y equilibrio determinan de alguna manera cierto abordaje de la idea de contacto: en relación con la impulsión, el contacto puede interpretarse como la herramienta para administrar dicha impulsión; y respecto del equilibrio, el contacto parece funcionar como una ayuda para sostenerlo.

En ambos casos la noción de contacto opera como un organizador, y detrás del contacto están la mano (y todo el cuerpo) y la mente del jinete, que conjugando estas ideas se compromete con una acción subjetiva de control.

Digámoslo de una vez: toda idea de control suele ser un obstáculo para la práctica ecuestre. El contacto no debería abordarse como un instrumento con el que el jinete organiza y controla al caballo. Ayudas de retención o tensiones que soportan el apoyo del caballo, lejos de ser funciones del contacto, son síntomas de problemas.

Lo primero con lo que quiero ilustrar mi comentario es con un juego de palabras. El contacto alude al tacto: el contacto debe pensarse como montar con-tacto… aquella apelación milenaria al tacto ecuestre.

Teniendo esto como referencia, voy a pedir prestadas a la cibernética algunas consideraciones que pueden ser útiles. La comunicación supone ciertas realidades concretas: un canal de información, una información que transmitir y recibir, y un emisor y un receptor en sintonía con la modulación del mensaje.

El contacto es sin lugar a dudas un puente de comunicación con el caballo. En tanto puente de comunicación, supone un ida y vuelta: enviamos tanta información como recibimos. Y para que esa información sea efectiva y produzca cambios en el sistema, debe intercambiarse entre emisores y receptores que tengan la capacidad de modular el mensaje.

La mano del jinete no está ahí para enviar órdenes —mucho menos imposiciones autoritarias que no consideren si el receptor está en condiciones de interpretar el mensaje—, sino para recibir información de la boca del caballo y, eventualmente, devolver información convergente con el funcionamiento del sistema. En este sentido, el contacto es ante todo un aprendizaje de la escucha. La rienda no es solo un puente para transmitir, sino un órgano de percepción. Escuchar la boca es escuchar la totalidad: la relajación de la mandíbula, la disponibilidad de la nuca y la fluidez de la columna son mensajes que el sistema nos devuelve.

De este esquema se desprende una premisa fundamental en ese mismo cuerpo de doctrina: la intensidad con que se modula el mensaje debe mantenerse dentro de los parámetros del canal de información. La información no debería llevar una intensidad que haga zozobrar el puente, ni mucho menos usar el puente —la rienda— como mensaje en sí mismo.

Aquí conviene retomar otra idea idea de la cibernética. El teorema de Shannon sobre la capacidad de canal nos dice que la información tiene un límite para ser procesada de manera efectiva. Si ese límite se supera, se produce ruido y el mensaje se vuelve inútil. En nuestro caso, los canales de información son los sentidos del caballo: visión, audición, tacto y olfato. A través de ellos el jinete envía señales mediante las ayudas: riendas, voz, gestos.

El caballo, como animal de presa, mantiene sus sentidos siempre alerta, procesando constantemente la información del entorno. Esto lo hace propenso a la sobrecarga y, por ende, al ruido que puede provocar incomprensión, desconfianza y temor. Para evitarlo, el jinete debe ser minimalista en sus señales, enviando información clara y concisa que no sature los canales del caballo, y procurar un entorno que le permita relajarse para enfocarse en los estímulos que pueda sugerirle.

Simplificación de las señales y ajuste del nivel de estímulo —cesión de la rienda y procurar que el caballo se lleve. si mismo —, aprovechar los múltiples canales que ofrece el caballo para abordarlo por aquel en que se muestre más permeable, repetición y consistencia presentadas con ritmo y paciencia, y todo ello procurando relajación y un entorno adecuado para que el caballo pueda enfocar su atención en un punto: una señal verbal, visual o táctil.

Al lograr esta comunicación efectiva, el caballo se siente seguro y confía en el hombre, relajando su hipervigilancia y centrando su atención en las señales del jinete. La relación entre ambos se convierte en una conexión sintonizada. La sintonía es justamente eso: la capacidad de modular la información en una frecuencia que pueda ser captada y procesada. El jinete ya no es el emisor autoritario, sino alguien que aprende a modular una frecuencia compartida.

Esto es someramente lo que quería compartir: pensar el contacto como una vía de comunicación que recibe y devuelve información, de modo que el puente no se rompa y el flujo se mantenga en ambos sentidos. La rienda es un puente entre la boca del caballo y la mano del jinete; a través de él se comunica e intercambia la información necesaria para el funcionamiento del sistema. Y cuando ese intercambio encuentra su frecuencia justa, el contacto se vuelve con-tacto: montar en sintonía.