Gimnasia viva y rechazo del estímulo reflejo en la doma clásica
En la doma clásica, la cuestión de las ayudas no puede reducirse a un problema técnico ni a una enumeración de medios permitidos o prohibidos. Las ayudas constituyen una gramática de intervención, y como toda gramática, expresan una concepción del cuerpo, del aprendizaje y de la relación entre jinete y caballo.
Por eso, la exclusión de la voz y de la fusta durante la prueba, y la aceptación —e incluso exigencia en ciertos niveles— de las espuelas, no es un detalle reglamentario ni una tradición arbitraria. Responde a una toma de posición más profunda: la doma clásica no se orienta a la producción de respuestas reflejas, sino al desarrollo de una organización corporal viva, disponible y autoportada.
Ayudar no es ordenar
Antes de analizar cada ayuda, conviene aclarar algo esencial: una ayuda no es una orden.
Tampoco es un estímulo determinante destinado a provocar una reacción automática.
La ayuda, como su nombre lo indica, es una colaboración. No sustituye la acción del caballo ni la produce desde afuera; crea las condiciones para que una respuesta posible emerja desde el propio sistema.
En la equitación clásica, ayudar no significa imponer un movimiento, sino inducir una reorganización. La respuesta no debería ser el efecto directo del gesto del jinete, sino el resultado de una disponibilidad previamente construida. Cuando la ayuda se convierte en un disparador, deja de ser ayuda y se transforma en mando.
Esta distinción es decisiva: define si el caballo actúa como organismo vivo que se organiza, o como objeto reactivo que responde.
Ayudas y adiestramiento: una distinción necesaria
Bajo distintas formas históricas —circo, entrenamiento para el espectáculo, pedagogías pavlovianas o conductistas— ha existido siempre una equitación orientada a la respuesta inmediata. En ella, el caballo es tratado como un organismo reactivo, capaz de ejecutar conductas previsibles frente a estímulos claros y reiterados.
Ese tipo de adiestramiento puede producir resultados visibles, pero se apoya en una lógica simple: estímulo → respuesta. No requiere equilibrio real, elasticidad ni reorganización postural. El gesto puede ser correcto sin que el cuerpo esté verdaderamente organizado.
La doma clásica se sitúa en otro plano. No busca conductas, sino disponibilidad. No persigue obediencia mecánica, sino gimnasia: una transformación progresiva del cuerpo del caballo que amplía su capacidad de coordinarse, sostenerse y expresarse con economía y armonía.
La voz: un canal que elude el cuerpo
La voz del jinete, aun cuando provenga de su propio cuerpo, introduce un canal de información que no atraviesa el sistema postural compartido. Actúa como estímulo auditivo directo, fácilmente asociable y altamente eficaz para generar respuestas rápidas.
Pero esa eficacia es precisamente su límite. La respuesta puede producirse sin que el cuerpo se reorganice. El caballo ejecuta, pero no necesariamente se transforma.
Desde la lógica de la doma clásica, una ayuda válida debe operar a través del cuerpo, modulando equilibrio, tono y coordinación. La voz, al funcionar como disparador externo, favorece asociaciones reflejas y por eso queda excluida del espacio de la prueba.
La fusta: pedagogía sí, demostración no
La fusta ocupa una posición intermedia y por eso su estatuto es particular. En el trabajo cotidiano puede cumplir una función pedagógica: clarificar una ayuda, despertar una zona, acompañar un proceso de comprensión corporal.
Pero en la prueba de doma no se evalúa el proceso, sino el estado alcanzado del sistema. La fusta permite corregir o producir el movimiento en el momento, lo que contradice el sentido mismo de la reprise.
En la pista no se trata de provocar la respuesta, sino de mostrar una respuesta que ya puede emerger sin ser inducida. Por eso la fusta queda fuera del espacio de demostración.
Espuelas: precisión integrada, no estímulo reflejo
La aceptación de las espuelas suele generar incomodidad contemporánea, pero su legitimación en la tradición clásica no se basa en la coerción, sino en su función.
La espuela:
-
está integrada al cuerpo del jinete
-
no crea un canal externo
-
no amplifica el gesto
-
exige una pierna estable, silenciosa y precisa
En su concepción ideal, no dispara la respuesta, sino que afina una disponibilidad existente. Solo tiene sentido cuando el sistema ya está organizado; no puede sustituirlo.
Por eso, paradójicamente, la ayuda que más exige criterio, oportunidad y medida es la que la doma clásica conserva, mientras excluye aquellas que facilitan respuestas rápidas pero pobres desde el punto de vista gimnástico.
Una nota necesaria sobre reflejo y aprendizaje
Desde un punto de vista neurofisiológico, conviene distinguir entre respuesta refleja y aprendizaje.
Un acto reflejo es una respuesta automática del sistema nervioso central, de baja latencia y escasa mediación cognitiva. No implica comprensión ni reorganización del sistema, sino la activación de un circuito previamente establecido.
El reflejo puede producir una conducta correcta desde el punto de vista externo, pero no constituye conocimiento ni aprendizaje en sentido estricto.
La doma clásica, entendida como gimnasia viva, no busca desencadenar reflejos, sino favorecer procesos de integración motriz y disponibilidad corporal. Allí donde domina el reflejo, la ayuda se vuelve mando; allí donde hay procesamiento y ajuste, la ayuda recupera su sentido propio: ayudar.
Ayudar es abrir una posibilidad
Las ayudas, en la equitación clásica, no determinan la respuesta: la hacen posible.
No ordenan: invitan.
No fuerzan: orientan.
Cuando la ayuda se convierte en causa directa del movimiento, el aprendizaje se empobrece. Cuando actúa como colaboración oportuna, medida y discreta, el movimiento emerge como expresión de un sistema vivo y organizado.
En esa diferencia —sutil pero decisiva— se juega todavía hoy el sentido profundo de la doma clásica.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario