El pasaje de la disciplina al control suele celebrarse como un progreso moral en la equitación contemporánea. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el poder no desaparece, sino que se disfraza de ética? Este artículo examina la falsedad de una relación con el caballo que pretende presentarse como libre de poder, y sostiene que sin voluntad de poder no hay práctica, no hay relación y no hay mundo.
Se suele afirmar que, en materia de equitación, hemos avanzado. Que hemos dejado atrás prácticas disciplinarias rígidas para adoptar formas más respetuosas, más sensibles, más éticas de relacionarnos con el caballo. El pasaje de la disciplina al control se presenta así como un progreso moral: menos coerción, más libertad; menos imposición, más escucha. Sin embargo, esta narrativa tranquilizadora encubre una transformación más incómoda. No hemos atenuado nuestra voluntad de poder. Nos hemos engañado respecto de ella.
El análisis que propone Michel Foucault sobre el pasaje de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control resulta aquí especialmente esclarecedor. Allí donde antes la regulación se ejercía de manera visible, frontal y normativa, hoy opera de forma ambiental, indirecta y estadística. Ya no corrige gesto por gesto: produce conductas globales. No impone trayectorias rígidas: orienta recorridos probables. La coerción no desaparece; se vuelve más eficaz y menos cuestionable.
Este desplazamiento puede leerse con claridad en las prácticas ecuestres contemporáneas. La crítica a la disciplina tradicional dio lugar a enfoques etológicos y a lo que suele denominarse “domas naturales”, sustentadas en un imperativo ético incuestionable: no dañar al animal, respetar su naturaleza, reconocer su sensibilidad. Nadie negaría que estos principios han mejorado el trato hacia el caballo. El problema no está allí.
El problema aparece cuando se confunde la crítica a la disciplina con la supuesta superación del poder.
No hay práctica sin poder. Y, más radicalmente aún, sin voluntad de poder no hay mundo. No hay acción, no hay forma, no hay relación. Esta afirmación puede incomodar, pero no se la puede discutir sin vaciar de contenido la experiencia misma de lo viviente. La voluntad de poder —en el sentido fuerte que le da Friedrich Nietzsche— no es una opción moral que pueda abandonarse a voluntad. No se tiene o no se tiene: se está atravesado por ella. Renunciar a la voluntad de poder no es virtud; es inhibición, empobrecimiento o retirada del mundo.
Desde esta perspectiva, el núcleo problemático de las domas “naturales” no es que ejerzan poder. Eso es inevitable. El núcleo de la crítica es otro: niegan ejercerlo. Allí comienza la falsedad.
Se vende una relación con el caballo que no sería una relación de poder. Se habla de elección, de colaboración, de libertad, como si el animal actuara en un espacio neutro. Pero el campo de acción está cuidadosamente diseñado: los estímulos se calibran, los márgenes de respuesta se delimitan, los objetivos se fijan de antemano. Nada de esto es ilegítimo. Lo ilegítimo es presentarlo como ausencia de poder. Allí donde la intervención se oculta bajo un lenguaje moral, deja de ser pensable, discutible y limitable.
No hemos pasado de la violencia a la libertad, sino de la disciplina explícita al control moralizado. Y el control moralizado es más eficaz que la disciplina porque ya no se presenta como imposición, sino como bien. Criticarlo equivale a quedar automáticamente del lado de la crueldad, del atraso o de la ignorancia. La buena conciencia opera, así, como blindaje.Una imagen sencilla permite comprender este desplazamiento. Allí donde antes el recorrido se trazaba de antemano, hoy se deja que el uso “libre” marque los senderos. Sin embargo, esa libertad aparente no elimina el orden: lo produce de otro modo, más eficiente y menos visible. El camino ya no se impone; emerge, pero dentro de un campo cuidadosamente configurado.
El ejemplo extremo de esta lógica se encuentra en El caballo de Turín. Allí no hay abuso ni castigo. Hay cuidado, repetición mínima, abstención. Y, sin embargo, lo que la película muestra no es una vida más justa, sino una vida que se apaga. El caballo no es sometido: se retira. La ética entendida como renuncia a toda afirmación no libera; regresa. No produce mundo: lo extingue.
Esta escena —el quiebre ante el maltrato del caballo en Turín— ha sido recreada de manera ilustrativa en El día que Nietzsche lloró, donde el colapso emocional del filósofo no remite al rechazo del poder en sí, sino al impacto de su forma degradada: la fuerza reducida a descarga, despojada de forma y responsabilidad.
Esto permite ver con claridad que el problema nunca fue la voluntad de poder, sino sus formas degradadas o su negación hipócrita. La respuesta al exceso no puede ser la abolición del poder, sino su asunción trágica. No hay garantías, no hay legitimidad racional última, no hay coartadas morales. Hay riesgo, forma y responsabilidad.
En la práctica ecuestre, esto obliga a abandonar otra comodidad: pensar la relación exclusivamente como asimétrica. Más que asimétrica, la relación es controversial y cuerpo a cuerpo. No en el sentido de la violencia, sino en el de una implicación directa, expuesta, sin mediaciones morales que instauren distancia. Porque así como el humano ejerce su voluntad de poder —organizando el entorno, definiendo objetivos, imponiendo formas—, el caballo ejerce la suya cuando se siente amenazado, cuando resiste, cuando huye, cuando confronta. No hay pasividad natural ni sumisión originaria: hay fuerzas que se encuentran en presencia, se miden y se transforman.
La moralidad, cuando se presenta como garantía de justicia, tiende a imponer una distancia aséptica que refuerza la desigualdad. Quien se declara moralmente correcto se sitúa por encima de la relación. Resulta entonces paradójico que quienes critican el ego y el protagonismo del manejador terminen colocándose fuera del cuerpo a cuerpo, legitimados por una superioridad ética que los exime de implicarse. La relación no se vuelve más justa por tomar distancia, sino más falsa.
El verdadero problema ético no es ejercer poder, sino fingir que no se lo ejerce. Porque allí donde la intervención se disfraza de bondad, deja de volverse objeto de reflexión, crítica y límite. No hay ética que nos libere de la voluntad de poder. Lo único exigible es no negarla, no moralizarla y no convertir su ocultamiento en virtud.
Toda relación viva implica poder.
Toda práctica honesta comienza cuando se deja de mentir sobre ello.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario