No es que el saber deje un resto que no puede integrar; es que, por el contrario, solo puede constituirse confrontando con aquello que desde afuera no deja de insistir.
¿Cuántas de las técnicas que usamos no buscan comprender al caballo, sino tranquilizarnos y darnos certezas a nosotros? Inquieta aquello que no puede ser administrado por lo que ya sabemos. Este texto interroga las prácticas que buscan neutralizar esa diferencia.
No queremos discutir métodos, sino ver qué función cumplen las técnicas y las normativas éticas. Dicho de otro modo, de qué manera la inseguridad, la incertidumbre y aquello que no se deja anticipar organizan silenciosamente la práctica ecuestre.
A esa trama de inseguridad, incertidumbre y aquello que no se deja anticipar la matriz del conocimiento suele llamarla "miedo" —confundiendo así la respuesta subjetiva con la vibración estructural del campo, con aquello que empuja hacia el acontecimiento y la irrupción de la novedad. No obstante, esa atribución ya es una operación del saber, no una descripción neutra.
No es un problema psicológico individual. Es una condición del modo de relacionarnos con el mundo. Antes de ser una reacción ya está delimitando lo que puede hacerse, orientando decisiones, planifica ciertas opciones y descarta otras porque funciona como una respuesta básica de supervivencia.
Allí donde la interacción genera incertidumbre, donde no se sabe con precisión qué va a ocurrir ni bajo qué condiciones algo puede desenvolverse, de todos modos hay que poner en juego alguna estrategia de acción.
Ya en Lucrecio, el miedo no aparece como consecuencia del error, sino como su causa. No se cree falsamente porque se ignoren las causas, sino porque el miedo empuja a atribuir intención y sentido allí donde los procesos no se comprenden. Las creencias no nacen de una falta de información, sino de la necesidad de capturar y bloquear lo que inquieta.
Allí donde la relación no es totalmente clara y transparente, la desconfianza demanda un respaldo razonable que justifique la sospecha y procure un modo de comportamiento que nos dé seguridad y nos mantenga a salvo. Lo desconocido, lo incierto o contingente hacen zozobrar nuestras certezas, y nos vemos en la necesidad de capturar la amenaza con razones suficientes que, aunque no siempre adoptan la forma de una creencia explícita, encarnan en conductas, criterios e indicaciones que nos sugieren un plan de acción que, aún sin comprender del todo lo que ocurre, resulta útil para blindarnos contra la inseguridad. Hay una incógnita consustancial a la experiencia: no se despeja explícitamente, sino que juega como desafío y se consagra con la emoción del resultado.
No estamos auspiciando comportamientos temerarios, audaces ni elogiando el coraje, sino tratando de pormenorizar los niveles en los que incide el miedo y cuáles son los criterios técnicos y éticos que ayudan a sobreponerse y cuáles operan para velarlo.
En el cuerpo a cuerpo con el caballo aparece el riesgo real. No es un obstáculo a eliminar. Introduce atención, regula la distancia, ajusta la percepción. No organiza discursos; organiza la práctica con márgenes de seguridad tanto para el manejador como para el caballo. Se trata de saber leer las señales y el lenguaje del caballo para no invadirlo con prepotencia ni presionarlo indebidamente, evitando así someterlo física o psicológicamente.
Pero hay otra cosa que también circula en esa relación y que el discurso técnico trata como si fuera lo mismo: la energía que fluye del caballo, su iniciativa, lo que emerge sin haber sido planificado. Confundir ambas cosas tiene un costo preciso. Al neutralizar lo que el sistema lee como amenaza, se aplana también el empuje que desafía la estabilidad disciplinante y que podría ser el gesto más vivo de la práctica.
No hablamos del corcovo, la disparada o el susto, que son los imponderables del riesgo y tienen su propio tratamiento. La respiración que se hace más lenta y profunda, la masa que se vuelve elástica y permeable, la arquitectura del cuerpo que se reorganiza para sostener la elevación contra la gravedad. El cambio de oreja, la elevación de la nuca, la mirada que se orienta, gestos con que el animal anuncia que está experimentando el encuentro como agente y no como autómata. En las condiciones que la sensibilidad del jinete propicia, el caballo expresa facultades que de otro modo permanecen latentes. Lo que se despliega entonces no es obediencia sino potencial: el jinete que sabe leer y ecualizar las fuerzas y tensiones abre paso a ese potencial que se manifiesta como expresión singular, en un gesto que ninguno de los dos hubiera producido solo. Son los armónicos del movimiento, lo que le da profundidad y no solo intensidad a la respuesta.
Cuando la relación se mediatiza con procedimientos, métodos y técnicas sistematizadas, el temor confronta con el error si no se siguen correctamente las indicaciones. Los reglamentos que encuadran la disciplina aparecen entonces como el auxilio elemental, aunque no se comprendan cabalmente las razones necesarias. Con el debido comportamiento llevamos adelante una estrategia de evitación de la inseguridad.
En el nivel ético, cuando la ejecución de un ejercicio queda sometida al juicio, la acción procura mostrarse con formas correctas, lenguaje adecuado, gestos aprobados. Pero de todos modos tampoco se trata de comprender mejor, sino simplemente de intervenir de manera de no ser reprochado, amparándonos en la ingenua convicción de que si nos comportamos bien el caballo responderá de igual modo.
Así proliferan manuales, protocolos y sistemas cerrados cuyo objetivo específico no es dar una explicación ni mostrar razones suficientes, sino poner a disposición recursos pragmáticos con los que cubrir los puntos ciegos del método. Encaminan la práctica reglando la disciplina con un montaje artificioso que se interpone entre lo real y lo concebido, atribuyendo relaciones de causalidad que no agotan la multiplicidad que está en juego.
Muchas veces las instrucciones se deben aplicar sin cuestionamiento alguno, solo confirmadas por la eficiencia de su repetición. El sistema no se interpreta, pero se vuelve operable en virtud de lo que podríamos caracterizar como superstición: la atribución de causa en ausencia de explicación.
Una explicación puede proponer alguna razón o esbozar una metáfora, pero nunca es suficiente para convencer ni influir en la práctica. Puede ser comprendida, retenida, incluso repetida verbalmente con precisión, sin que por eso se logre modificar el gesto o la respuesta. Lo que se incorpora como información no adquiere necesariamente plasticidad. Esto es así porque la práctica se despliega en diversos planos: está comprometida por la dinámica del tiempo y la oportunidad, depende de percepciones y sensaciones, de ajustes corporales y ritmos que afectan el equilibrio y la estabilidad. Por eso, aun cuando logre una representación objetiva de la circunstancia, la explicación no alcanza a abarcar el conjunto de condiciones en las que algo se vuelve posible. Y no se trata simplemente de una limitación: al recortar, estabiliza una lectura del sistema que permite intervenir, pero en ese mismo gesto deja fuera aquello que no puede ser integrado sin que el factor incierto pierda su operatividad como impulso de la experiencia. Porque si todo quedara capturado, la práctica se reduciría a un hacer automático sin fallos ni sorpresas. Por eso puede orientar la acción y, al mismo tiempo, volverla ciega frente a lo que insiste desde lo no explicado. El sistema queda así orbitado por un factor extraño que imprime gravedad sin ser considerado. Es en ese resto —lo que desborda cualquier intento de cierre— donde persiste, aun sin ser enunciada, la vibración del campo, su excitación.
El aprendizaje se entrena con un amplio repertorio de herramientas que abarca desde la teoría hasta la imitación, pasando por la repetición sistemática de la ejercitación, e incluso la automatización como reflejo condicionado. Pero también es sospechosamente clave para el éxito del aprendizaje un cierto factor de sugestión: se pasa a la acción afectado por una convicción o inspiración que excede lo racional. Por ejemplo, se da por sentado un cierto régimen de equivalencias y reciprocidad entre el comportamiento del jinete y la respuesta del caballo: si la acción es correcta, también lo será la respuesta, de tal modo que lo que cuenta es lo "correcto" como garantía de éxito, y no la capacidad de modular la dinámica del sistema.
La práctica se apoya entonces en secuencias que se fijan como rituales. Organizan la repetición, condicionan el comportamiento y estabilizan respuestas previsibles frente a situaciones que no han sido comprendidas. Lo aprendido —"hacer así", "no hacer aquello"— no explica por qué el caballo entra en relación ni, mucho menos, por qué se allana a nuestras demandas. Técnica y ética no solo dirigen la acción: producen un efecto de sugestión, una convicción que se sostiene en un saber que no es más que un "como si".
Estos registros se articulan entre sí para darle consistencia a un supuesto saber hacer que nos preserva de incertidumbres. Lo que el sistema de creencias procura en todo momento es mantener acalladas las amenazas de lo contingente, en lugar de tener lo incierto a la vista como el factor estructural decisivo de cualquier interacción con el mundo.
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En este marco, la pacificación del caballo aparece como requisito sustancial. Se la invoca en nombre de la seguridad y se instituye como principio inexcusable, no solo un repertorio de recomendaciones sino la condición de estabilidad del sistema. Cualquier alteración urge aquietarla: tanto para sujetar el desequilibrio como para evitar la sanción moral.
La dinámica de lo contingente pierde su carácter productivo y tiende a ser neutralizada antes de desplegarse. No se trata solo de gestionar lo incierto. Aquello que incomoda no es cualquier variación, sino la que no encaja en la matriz del conocimiento y pone en cuestión lo que se cree saber. Es esa diferencia, más que el riesgo mismo, la que tiende a ser neutralizada.
Lo que está en juego no es solo una discusión técnica ni una diferencia de criterios éticos. Es un régimen en el que la relación se organiza alrededor de la evitación de la contingencia y la incertidumbre que toda interacción supone.
Tenemos miedo a ser alcanzados y quedar expuestos a lo incierto. No como si se tratara de algo externo que nos persigue, sino porque no deja de palpitar en la relación misma, poniendo en cuestión los marcos con los que intentamos comprender y operar. Por eso procuramos tomar distancia, regulando la práctica técnica y éticamente de modo tal que esa exposición pueda ser evitada o contenida.
La práctica continúa regulada por normas que permiten actuar sin confrontar lo que no se comprende. No resuelven la incertidumbre: la rodean.
El entramado entre técnica y ética se vuelve principio de organización. Cuando la exposición a lo incierto se hace patente, vienen en auxilio dispositivos que prometen seguridad, corrección y previsibilidad, como si no hubiera lugar para lo inesperado. En ese contexto, no solo circulan técnicas o valores. Circulan formas de velar el miedo. Ese velo se vuelve transmisible, reproducible y enseñable.
En el fondo, no se trata de una discusión técnica ni de una disputa moral, sino de una economía del miedo. Aunque nadie lo nombre, resolver el miedo se convierte en la mercancía implícita que circula en la oferta contemporánea de métodos, protocolos y compromisos éticos. No se venden solo técnicas ni valores: se vende la promesa de una relación que nos proteja de lo desconocido. Las técnicas prometen caminos seguros que evitan los riesgos; la ética moralizante ofrece protección frente al juicio. Lo que se ofrece no es comprensión sino un atajo que conjure los conflictos.
La analogía con Lucrecio es precisa. Cambian los nombres, cambian los dispositivos, pero no la lógica. Allí donde antes se traficaba con la promesa del cielo, hoy se trafica con la promesa de corrección técnica y pureza moral. Lo que hace operativos estos sistemas de creencias no es el miedo como tal, sino la búsqueda de certezas que él mismo impulsa para pacificar lo inconmensurable.
Son técnicas eficaces —como ciertas prácticas conductistas que superan conflictos sin indagar en las causas— que permiten avanzar, estabilizar, evitar el desborde, pero esa maniobra delimita el campo de lo posible.
El problema no es que la técnica no funcione, sino que funcione demasiado bien al mediatizar la asimetría que entraña todo encuentro. Allí donde la técnica es suficiente, el pensamiento se vuelve innecesario. Y cuando la moral garantiza inocencia, el conflicto deja de ser una fuente de conocimiento para convertirse en algo superado. La eficacia sustituye a la percepción y la pacificación ocupa el lugar de la comprensión.
Nombrar el miedo implica reconocer su lugar causal y dejar de convertirlo en mercancía. Implica aceptar que toda relación viva comporta incertidumbre, asimetría y conflicto, y que ninguna técnica ni ninguna moral pueden pacificar la relación sin empobrecerla. La confianza no nace de la neutralización, sino de la capacidad de sostener la diferencia sin negarla.
En última instancia, la diferencia no se juega entre técnica y ética, sino entre dos modos de relacionarse con lo que no se deja anticipar. Unos dispositivos prometen conjurarlo: ofrecen métodos, protocolos y marcos morales que se atreven a hacer del encuentro algo previsible. La búsqueda apunta en otra dirección: recuperar el espacio donde la equitación se fundó como arte, un espacio que la rigidez de la técnica y la moral están borrando, convirtiendo una práctica viva en disciplina administrada. No es lo mismo dirigir que modular y ecualizar: quien dirige impone un orden sobre lo que resiste; quien modula y ecualiza desarrolla la sensibilidad para captar lo que el encuentro produce y se deja afectar por ello.
Aquello que no se deja integrar no es un resto a recuperar, sino la condición misma de la práctica ecuestre. La paradoja es que el conocimiento, en sus formas técnicas y éticas, necesita dejar en sombra ese mar de fondo para poder operar. No porque se equivoque, sino porque su eficacia depende de cierto orden y formalización que mantenga en suspenso la inestabilidad. Pero es precisamente ahí donde el caballo, en tanto novedad, insiste y le devuelve a la relación la vibración y la intensidad que el arte demanda, y que ningún protocolo técnico o moral puede evitar.
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