Un fenómeno que conviene observar es el que está convirtiendo al caballo en una suerte de oráculo, un espejo del alma, un sensor de energías sutiles para quien paga una sesión de "coaching ecuestre". Lo interesante como objeto de análisis es que lo que ocurre en esos picaderos no es una invención caprichosa ni una rareza local sino una variación más de algo mucho más viejo, que aunque no desaparece nunca, ocasionalmente se renueva: la lógica de la mediación esotérica.
El esoterismo, contrastado en sus diferentes manifestaciones, posee una estructura única. El sentido de la experiencia del sujeto —su destino, su salud, su psique— no está directamente disponible para la conciencia ordinaria, sino cifrada en un código que exige un intérprete. Ese código puede ser la posición de los astros, una tirada de cartas, una secuencia numerológica, en otras épocas las vísceras de un animal sacrificado, o como ahora, el comportamiento de un caballo. Cambia el soporte pero no cambia la operación. Hay un plano oculto, alguien que dice saber leerlo, y un sujeto que recibe la interpretación y se reconoce en ella con el alivio de quien por fin entendió algo sobre sí mismo.
Lo decisivo no es solamente la figura del intérprete, sino un supuesto mucho más profundo que suele pasar inadvertido: la idea de que el sentido de la experiencia ya existe antes del encuentro con el mundo. Según esta lógica, la tarea del sujeto no consiste en construir ese sentido a través de su relación con las cosas, sino en descubrir un significado oculto que alguien ya sabe leer. La interpretación aparece así como condición de la experiencia, cuando acaso sea la propia relación la que haga posible, recién después, cualquier interpretación.
Esta estructura no tiene, en sí misma, nada de objetable. Sostuvo sistemas de pensamiento complejos y dio consuelo en momentos en que las certezas colectivas flaqueaban. Pero arrastra siempre el mismo riesgo: tiende a desplazar el cuidado de sí hacia un factor ajeno. En vez de interrogarse a través del propio cuerpo, las propias acciones, los propios vínculos, el sujeto se interroga a través de un espejo que le devuelve una imagen ya interpretada por otro como si el conocimiento de uno mismo pudiera alcanzarse al margen de las relaciones concretas en las que ese mismo sujeto actúa.
La pregunta "quién soy" se delega en el oráculo, y el oráculo —mediado siempre por alguien que cobra por traducirlo— devuelve una respuesta que, por su propio diseño, no puede ser falsa: cualquier cosa que el caballo haga puede leerse después como confirmación de lo que se esperaba escuchar.
El discurso promocional del coaching ecuestre reproduce esa lógica con una fidelidad que sorprende. El comportamiento del animal —un bufido, una oreja hacia atrás, un alejamiento— deja de ser un hecho con causas identificables etológicamente (incomodidad, alerta, simple evaluación del entorno) y se convierte en signo cifrado del estado interior de quien tiene delante. El caballo "siente" lo que el participante no logra percibir en sí mismo; su cuerpo pasa a funcionar como termómetro de lo invisible. Si el bufido significara simplemente que hay una mosca cerca, la sesión perdería su razón de ser.
Como el código es ilegible para el profano, hace falta alguien que lo traduzca, y ahí aparece el facilitador o coach ecuestre, que no solo interpreta sino que arma un relato con una causalidad comprometida con la intimidad del "paciente": el caballo se alejó porque detectó tu miedo a comprometerte, su respiración refleja la ansiedad que cargás en el pecho. Quien participa de la sesión acepta el circuito casi sin resistencia, porque le da un protagonismo enorme y lo coloca en el centro de la escena —todo lo que pasa habla de mí— y al mismo tiempo le ofrece autoindulgencia al reinterpretar su historia personal a la luz de los signos que dicta el caballo.
No deja de llamar la atención que estos métodos se presentan en un contexto proteccionista y conservacionista que intenta preservar el caballo como tal y a salvo de abusos y usufructo personal pero sin embargo no deja de ser instrumentalizado y puesto al servicio de una subjetividad. Se insiste en que el caballo es tratado como un ser sensible, un socio, un espejo que devuelve nuestra verdadera naturaleza. Pero la operación real va exactamente al revés de reconocer su alteridad: el animal deja de ser un otro con biología y experiencia propias, y pasa a ser un instrumento funcional a la proyección humana. Esta forma de "respeto" resulta, mirada de cerca, una manera más sofisticada de no ver al caballo en absoluto: se lo nombra espejo, pero se lo usa como pantalla.
Podría preguntarse por qué esta estructura tan antigua encuentra hoy, específicamente en torno al caballo, una vigencia particular. La respuesta no está en el animal, ni tampoco en algún rasgo inédito de la época: la incertidumbre existencial no es un invento contemporáneo. Los oráculos de la Antigüedad ya eran consultados por quienes buscaban certeza frente a lo que no podían controlar; el Renacimiento encontró en la astrología y la magia natural un lenguaje para ordenar un cosmos que se les volvía ilegible; el espiritismo del siglo diecinueve floreció cuando la fe religiosa entró en crisis y la ciencia aún no terminaba de ofrecer un relato propio. La crisis existencial es una constante; lo que cambia, de una época a otra y de un sujeto a otro, es el modo en que cada uno la procesa. Hay quien la convierte en victimización, quien la vuelve materia creativa, quien la enfrenta con más rigor racional. La diferencia no la pone el contexto sino el grado de autoconciencia con que cada quien se hace cargo de su propia inquietud. Delegar esa inquietud en un saber ajeno —sea el oráculo, el coach o cualquier intérprete autorizado— no es un error de contenido sino de postura: el problema no está en qué saber se consulta sino en si el sujeto retiene alguna comprensión activa de lo que le está pasando, o si simplemente lo asume de manera acrítica.
El esoterismo, en cualquiera de sus variantes, es uno de los modos posibles de procesar esa incertidumbre —probablemente el más cómodo, no porque elimine la incertidumbre, sino porque parece exonerarnos del trabajo de comprenderla que le corresponde a la autoconciencia. El relato interpretativo ofrece una explicación que puede resultar profundamente consoladora: convierte la inquietud en una historia inteligible y, por un momento, alivia el peso de tener que elaborar un juicio propio. Ese alivio no es desdeñable, pero tampoco constituye todavía conocimiento. Esa función de consuelo explica buena parte de su persistencia histórica, pero no debería confundirse con el conocimiento que sólo puede surgir cuando el sujeto permanece comprometido con su propia experiencia.
El coaching ecuestre le agrega a esta demanda algo que ni el tarot ni la astrología pueden ofrecer: la sensación de inmediatez corporal. No exige una formación larga, promete revelaciones en el curso de una tarde, y sucede en contacto con un animal grande y cálido, lo cual devuelve una presencia física que buena parte de la vida contemporánea —mediada por pantallas— ya no ofrece. Se suma el halo de que el caballo, al no hablar, parecería escapar de la mediación del lenguaje humano: si los caballos no mienten, lo que ahí sucede tiene que ser genuino. Pero esa inmediatez es en buena medida ilusoria: el cuerpo del caballo es apenas el canal, porque el código sigue puesto por el mismo intérprete de siempre. Y hay, además, cierta distinción social en el gesto: no cualquiera tiene acceso a un caballo, y la práctica se reviste de un aura de sabiduría ancestral que otras formas de consulta esotérica, más masificadas, ya perdieron.
Nada de esto debería leerse como una rareza aislada del mundo ecuestre. Crece en paralelo a la proliferación de las constelaciones familiares, el coaching ontológico y cierta psicología popular que promete bienestar sin pedir nada a cambio. Todas estas prácticas ofrecen un lenguaje para nombrar lo que a alguien le pasa, sin exigirle el trabajo más arduo de examinar de dónde viene ese lenguaje y qué garantías tiene.
Decir que estas prácticas son un síntoma de época no equivale a reducirlas a un engaño ni a una moda pasajera. Hay algo más serio que conviene no dejar pasar: la posibilidad de un daño real. El problema no es que alguien busque consuelo frente a un caballo. El problema es que estas sesiones suelen ofrecerse como si pudieran "trabajar el trauma" o "soltar creencias limitantes" —es decir, como intervenciones que entran en el terreno de la salud mental— sin que exista detrás ningún marco clínico que las sostenga. Quienes facilitan estas sesiones rara vez tienen formación en psicología; sus certificaciones suelen obtenerse en cursos de un par de fines de semana, y el examen final consiste muchas veces en realizar una sesión supervisada por los propios compañeros de curso, no por un profesional acreditado.
Esto no habla de mala fe de quienes facilitan, sino de una formación que no distingue entre una experiencia emocional intensa y una crisis que necesita otra cosa. El propio discurso comercial insiste en que la sesión produce catarsis, que el caballo "saca a la luz" lo reprimido, que la conexión es tan profunda que queda grabada para siempre. Pero si la sesión está diseñada para remover algo, alguien debería estar ahí para sostener lo que efectivamente se remueve, y en la práctica, casi nunca hay nadie en condiciones de hacerlo. El caballo no puede ocupar ese lugar: no hace silencio con sentido clínico, no puede cortar la sesión cuando algo se desborda, no tiene ninguna manera de devolverle a la persona su propia pregunta. Es, sencillamente, un animal —y por hermosa que sea su presencia, no es un dispositivo de contención.
Pero el riesgo no se limita al ámbito clínico. Existe otra variante de estas propuestas que, aunque prescinde del oráculo, incurre en un error estructural semejante bajo la propuesta de determinados comportamientos y técnicas de comunicación. Allí el problema deja de ser la interpretación esotérica y pasa a ser otro: la ilusión de que existe un repertorio de conductas correctas —respirar de cierta manera, adoptar una actitud determinada, controlar determinadas emociones— cuya aplicación produciría por sí misma una mejor relación con el caballo. Toda técnica fracasa cuando intenta enseñar como causa aquello que originalmente apareció como consecuencia de una práctica. Aunque el desplazamiento es significativo, el supuesto permanece. La relación sigue apareciendo como consecuencia de un método previamente conocido, cuando tal vez ocurra exactamente al revés.
El coaching procura alcanzar un equilibrio emocional previo, como si la calidad de la relación dependiera fundamentalmente del estado interior del manejador. Parte del supuesto de que, una vez alcanzada esa disposición subjetiva adecuada, la relación con el caballo mejorará como consecuencia. La práctica ecuestre, en cambio, descubre que ocurre exactamente lo contrario: es la propia relación la que reorganiza recíprocamente al jinete y al caballo. El equilibrio que la práctica exige no precede al encuentro, sino que emerge de él. Cuando se pretende garantizar de antemano mediante una disposición subjetiva determinada, se corre el riesgo de inhibir la plasticidad necesaria para que ambos encuentren, en acto, una forma común de reorganizarse.
La crítica al esoterismo y la crítica a cierta enseñanza tradicional de la equitación nos revela en definitiva un error estructural. Uno pretende alcanzar el conocimiento mediante un relato ya interpretado; el otro pretende alcanzar una relación viva mediante la reproducción de una forma ya cristalizada. En uno se copia un significado; en el otro se copia una postura. Pero tanto el significado como la postura son efectos de una práctica lograda, no sus causas.
No me preguntaría retóricamente si existe otra forma de relacionarse con un caballo. La hay, y me atrevería a decir que es la única que hace justicia tanto al animal como a la experiencia ecuestre. Esa relación no consiste en interpretar al caballo sino en construir, con él, una forma de coexistencia entre dos cuerpos profundamente asimétricos. La fuerza, el peso y el impulso del caballo no desaparecen; son modulados por el arte del jinete, que a su vez debe dejarse moldear por esas mismas condiciones para no entrar en conflicto con ellas. Ninguno impone unilateralmente su voluntad: ambos reorganizan continuamente la relación que los constituye.
Ese diálogo tampoco ocurre de cualquier manera. Requiere ciertas condiciones sin las cuales deja de ser un diálogo para convertirse en mera resistencia o sometimiento. El equilibrio permite que esas diferencias puedan encontrarse sin anularse; la regularidad hace posible que la relación adquiera continuidad suficiente para aprender de sí misma; el ritmo introduce la oportunidad justa de cada intervención, evitando tanto la rigidez como la dispersión. Equilibrio, regularidad y ritmo no son atributos del caballo ni del jinete considerados por separado. Son propiedades de la relación misma y, precisamente por eso, las condiciones de posibilidad de que esa relación pueda transformarse, reorganizarse, sostenerse y producir conocimiento.
Esa confrontación con la propia torpeza —con la rigidez que no sabíamos que teníamos, con la dificultad de estar realmente presentes— produce un aprendizaje que ningún relato interpretativo puede sustituir, precisamente porque a diferencia del oráculo la práctica no llega como una revelación pasiva sino como una evidencia incómoda que hay que trabajar. El caballo, en este registro, no dice quién es uno. El caballo no obliga a mostrarse porque posea un acceso privilegiado o un mensaje que descifra nuestra interioridad, sino porque toda relación efectiva con él hace visibles, en el propio hacer, nuestros modos de estar, de percibir y de responder. Lo que se revela no es un significado oculto esperando ser descifrado, sino una forma de actuar que emerge en la interacción misma.
En ese contexto cobra sentido decir que el caballo no "refleja" nuestra imprudencia o nuestra torpeza. Responde a ellas. Y esa diferencia es decisiva. Reflejar supone representar algo que ya estaba dado; responder significa participar en una relación que se reorganiza a cada instante. El caballo no revela una verdad escondida sobre quien lo monta: vuelve perceptibles, mediante su propia respuesta, las consecuencias que nuestras acciones tienen sobre un otro real. El conocimiento no llega entonces como una interpretación posterior, sino que emerge de la relación misma. Porque comprender no consiste en recibir una explicación sobre uno mismo, sino en reorganizar la propia manera de actuar frente a un otro que responde.
Tal vez por eso la experiencia ecuestre puede abrir una dimensión que muchos describen como reveladora o incluso metafísica, aunque no necesite ningún vocabulario esotérico para sostenerse. Lo que allí se experimenta no es el acceso privilegiado a un significado oculto, sino el descubrimiento —siempre corporal, siempre práctico— de que la relación precede a cualquier interpretación y de que sólo dentro de ella las acciones comienzan a adquirir sentido.
Vistas así, las prácticas esotéricas con caballos no merecen tanto una denuncia como una pregunta mejor formulada. Qué dice de nuestra época que se prefiera pagar por una interpretación que no se puede verificar, antes que sostener el trabajo más lento de mirarse directamente. La respuesta no es una condena sino una invitación a una pregunta distinta: qué buscamos realmente cuando nos paramos frente a un caballo. Si la respuesta sigue siendo "conexión", tal vez la forma más honesta de encontrarla sea la que no traduce nada, la que no promete un espejo, la que simplemente deja a la persona a solas con un animal de quinientos kilos que no le debe ninguna respuesta. Algo mucho más exigente y, precisamente por eso, mucho más valioso es la posibilidad de transformar, en la práctica misma de la relación, la manera en que uno aprende a salir de sí para encontrarse con una alteridad real.
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