martes, septiembre 01, 2026

Folclore y tradicionalismo

Molina Campos

Suele ocurrir que a pesar de contar con palabras que refieren a conceptos diferentes acabamos usando un único término que los englobe o convirtiéndolas en sinónimos que anulan las diferencias.

Folclore. Folk-lore. En inglés viejo, folk es pueblo y lore es saber, conocimiento. No es pueblo que baila, es pueblo que sabe. Y sabe porque supo resolver los problemas de su realidad.

Tradición viene de otro lado. Del latín tradere, entregar. Es la transmisión cultural y de costumbres: lo que se pasa de una generación a la siguiente. El arbolito de Navidad es tradición. Se sabe quién lo trajo, cuándo, de dónde. Cebar un mate también es tradición, pero además es folclore, porque nadie sabe quién cebó el primero, y se sigue haciendo no porque haya que conservarlo, sino porque todavía sirve. Todo folclore es tradición. No toda tradición es folclore. El folclore no solamente carece de autor, también carece de una instancia que decida qué debe conservarse. Se mantiene porque circula y porque sigue teniendo sentido para quienes lo practican.

El gaucho no inventó la doma por tradición. La necesitó porque tenía un potro crudo y precisaba un caballo manso para mañana a la mañana salir a trabajar. El saber nace ahí, de un problema concreto que plantea la realidad.

Ese saber se pasa de mano en mano, sin firma, sin manual. No está en ningún libro, está en la memoria y en las manos: se aprende mirando al de al lado, haciendo, fallando. Nadie lo declaró auténtico. Es auténtico porque sirve y no había otras herramientas. Eso es folclore: un saber práctico, informal, anónimo.

Otra cosa muy distinta es lo que después elaboramos formalmente para darle un sello de autenticidad a ese saber. La federación que escribe el reglamento de 8 segundos, la fiesta que pone fecha en el calendario, el Estado que declara el Día de la Tradición. Eso no conserva el saber del trabajo, sino que exhibe costumbres enmarcadas en un relato.

Eso tiene nombre: tradicionalismo. Es la institucionalización de una forma. Y no es lo mismo que la tradición en general. La tradición es un conjunto enorme: ahí entra cualquier costumbre heredada, con identidad de por medio o sin ella. El tradicionalismo es más chico y específico. Toma una parte de ese conjunto y la trabaja a propósito, para sostener una identidad puntual. En Argentina metemos todo en la misma bolsa de "lo tradicional" y de esa manera confundimos sin poder discernir la diferencia: llamamos tradición a lo que en realidad es tradicionalismo, y el saber folclórico se resume en un relato. 

La representación del gaucho permite ver esa operación en funcionamiento. Porque el gaucho que nos enseñaron en la escuela no es el gaucho real. El real era mestizo, pobre, perseguido por vago, desertor. Era incómodo.

En 1910, con la ola inmigratoria, hubo que "inventar" un argentino y un grupo de intelectuales recurrió al gaucho. Tomaron su figura, la lavaron, le sacaron el cuchillo y la pelea con el patrón, y lo convirtieron en héroe de billete. El tradicionalismo maquilló al folclore.

Martín Fierro, en el poema de Hernández era un renegado, un vago y mal entretenido, perseguido por la partida, desertor de la frontera. No era un modelo, era una queja.

Lugones lo recicla y lo reconvierte; ya no es el vago marginal. Es la víctima que resiste al maltrato del Estado, y que resistiendo funda una identidad. El desertor se vuelve estoico. El marginal se vuelve arquetipo. Y ese giro, de vago a víctima y de víctima a símbolo, es el mismo que va a repetirse un siglo después con el indio bueno.

En el gaucho la virtud necesaria fue la hombría. El conflicto no se negaba, se atravesaba con coraje.

Hoy, en cambio, la virtud con la que confronta la imagen del gaucho quiere ser otra. El conflicto que era germen del saber hacer y las costumbres folclóricas, ahora es efecto de comportamientos indeseables. Si corregimos esos comportamientos nos evitaríamos el conflicto. La sensibilidad ética actual reclama responsables y culpables. La figura que antes resolvía el conflicto ahora se lee como la que lo generó. Es el tradicionalismo haciendo otra vez la misma operación. Fabrica la virtud que la identidad necesita.

El gaucho tradicional podía ser violento, pendenciero, rebelde, pero esas características podían ser reinterpretadas como hombría y coraje. Ahora esas mismas características hacen que la figura resulte moralmente problemática. Por eso hay que buscar una figura cuya imagen pueda construirse desde otra virtud.

La doma no encaja limpiamente en ninguna categoría. Como saber de trabajo, es folclore puro. No hay un manual originario que diga cómo sujetar un potro, cómo hablarle, cuándo largarlo. Se aprende mirando al lado del padre o del patrón, sin manual y sin autor.

Como espectáculo de ocho segundos, con reglamento, jurado y locutor, ya no es folclore. Es tradicionalismo. Alguien lo diseñó, escribió las reglas, un jurado premia el desempeño, alguien le puso categorías que en el corral nunca existieron.

Y ahí está la bisagra de todo esto. El saber de la doma nace del trabajo y del conflicto que el trabajo conlleva conservando las marcas de ese conflicto. Nace en el barro, en el potro que se amansa, con los riesgos y desafíos propios de un quehacer para el que no siempre se está preparado. Esa fricción pertenece a la práctica porque pertenece al problema que la hizo necesaria.

Cuando la práctica se convierte en representación ya no importa solamente lo que ocurre, importa qué se cuenta sobre lo que ocurre. La federación pone en primer plano el coraje y la destreza. Pero el proteccionismo lee crueldad. Por su parte, el indigenismo introduce el relato de una armonía perdida que deberíamos recuperar. La misma práctica puede quedar atrapada en relatos muy diferentes.

Hoy la doma en general, sea espectáculo o trabajo de amanse, está bajo la lupa del proteccionismo y del bienestar animal. Las críticas no distinguen entre el saber y el espectáculo. Critican lo que ven en el festival, pero terminan condenando todo el vínculo del hombre de campo con el caballo.

Para corregir aquello que el tradicionalismo no ha podido ocultar de la imagen problemática del gaucho, se echa mano a un nuevo ícono: el indio bueno. El que supuestamente domaba con respeto, sin violencia, en armonía. La doma india, el caballo compañero. 

No es que antes se idealizara una identidad y ahora se imponga una ética, como si fueran dos usos distintos de la misma máquina. En 1910 la imagen del gaucho se utiliza para construir identidad nacional. Hoy la imagen del indio se utiliza para construir un modelo ético de relación con el caballo. Pero ambas operaciones seleccionan rasgos y eliminan conflicto. Es siempre una ética la que arma la identidad: un deber ser que se recorta a medida del proyecto que lo necesita.

Y se repite el mismo mecanismo: pasar en limpio y presentar un ideal ético irreprochable. Antes fue el gaucho sin cuchillo; ahora es el indio al que se le atribuye una bondad y una armonía naturales, como si no hubiera enfrentado tantos problemas, o más, que el gaucho.

No dudo que haya habido técnicas más suaves e incluso estoy seguro que el éxito de los buenos domadores no se basó en la crueldad sino en la sensibilidad e inteligencia que les permitió aprender a hacerlo. Pero técnicas de doma hay tantas como fracasos y malas prácticas: ningún saber se arma limpio, se arma a los tumbos. Convertir la excepción en la norma ancestral, en un paraíso perdido sin dominación, es inventar otro relato para corregir lo que se nos volvió incómoda.

El tradicionalismo toma un saber que nació entre problemas, conflictos y contradicciones, selecciona aquello que quiere conservar y lo convierte en un ejemplo paradigmático. Y cuanto más limpia queda la imagen, más queda oculta la realidad en la que se originó. Esto es lo que propone el tradicionalismo: institucionalizar un relato que hegemonice una imagen. Pasar en limpio lo que incomoda del folclore y el pasado, para diseñar un modelo de identidad que se amolde a la ética del momento.

Podemos pensar que si el folclore es un saber que nace de un problema, no puede haber folclore sin conflicto. No existe un saber que nazca de una utopía sin conflicto. El gaucho real y el indio real vivieron con conflicto. Con el animal, con la tierra, entre ellos.

Borrar el pasado porque tenía conflicto no nos hace más éticos porque sin la dinámica del conflicto no hay problema, y sin problema no hay saber. Y sin saber, no hay futuro.

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