jueves, diciembre 27, 2018
miércoles, diciembre 12, 2018
sábado, diciembre 08, 2018
viernes, noviembre 09, 2018
Alternativa
Se ha dado como expresión de la postmodernidad un despliegue sin fin de modalidades alternativas con las que se trata de dar la espalda al modelo icónico de la cultura tradicional.
Lo alternativo procura y ofrece ahora un estatus jerarquizado a todo aquello que antes fuera marginal o despreciado por diferente. El modelo de exclusión que exacerbaba los antagonismos ahora se ha reformulado a través de modos imperiosamente inclusivos. Nada queda por fuera del orden sistémico pero esta diversidad, proclamada como nuevo orden universal, trae consigo una confusa relativización de todos los conflictos al extremo de enervarlos. La relatividad cultural imperante ya no tiene el eje en la discusión de los antagonismos otrora fundamentales para tratar de comprender las razones de nuestro sistema de vida sino que gracias a la multiplicidad, lo antagónico ya no es causa de ningún análisis, simplemente pasa a ser desconsiderado por insignificante; lo relevante en el orden de la contingencia es la pura diversidad.
En cuanto a desconsiderar los conflictos fundamentales, también se da el caso de modos extremos y radicales que a su manera también intentan impedir la dialéctica de los antagonismos con manifestaciones principistas y fundamentalistas que niegan y resuelven sencillamente los conflictos auspiciando el exterminio de los que piensan distinto.
De un modo u otro el caso es que las contradicciones no progresan hacia su superación sino que son suspendidas y postergadas de acuerdo a la doctrina paulista del katechon: impedir a como dé lugar el devenir y auspiciar livianamente cualquier manifestación o expresión que nos distraiga.
La proliferación de lo alternativo intentó expandir el panorama promoviendo la pura contingencia como indulto ante la indiferencia que le dispensamos a los asuntos, nos perdona de tener que preocuparnos por los problemas sustanciales, nos dispensa de analizar las condiciones de posibilidad de nuestras existencias, y procura que estas expresiones pongan distancia respecto de las preguntas decisivas.
Se puede hacer lo que quieras (Dios ha muerto...) pero nadie especifica que el éxito ontológico sigue sujeto al régimen del mercado. Esta supuesta libertad no lo es todo porque se halla determinada por su propia indiferencia hacia lo que se le da la espalda. El relativismo no lo es todo porque siempre está a la par aquello que se pretende negar. Aquello que se niega es precisamente la única afirmación consistente y sobredeterminante.
De este modo, la proliferación de la diversidad alternativa no hace otra cosa que reafirmar los principios con los que se trata de ocultar las contradicciones, opera del mismo modo que las manifestaciones radicales, niegan, por acción u omisión, la discusión sobre las contradicciones y a la vez habilita el expediente de congraciarse con uno mismo en el ejercicio de una diversidad insustancial. Diversidad que por su parte no hace más que subsumir subalternamente todo proyecto alternativo al orden sistémico universal y poner en evidencia esta diversidad como una forma de negación fetichista. Frente al compromiso trágico de la contradicción, la multiplicidad relativista nos ofrece el amparo de la pura contingencia como mascarada de libertad.
A pesar de todo esto nosotros apostamos por una fórmula alternativa porque pensamos que aún en ella existe la posibilidad de abreviar el recorrido y la complejidad para quedar inevitablemente frente a frente con los conflictos esenciales. Lo alternativo, como particular, no puede evadir su momento de concreción determinado por la contradicción. A pesar de su modo distendido y metonímico, lo alternativo no puede eludir la confrontación con el conflicto: lo alternativo, salvo en su forma fetichista, no puede evitar lo Real.
Si no se llega a esta confrontación, lo alternativo fracasa como proyecto emancipatorio y solo repite los modos del consumo que difieren el problema e hipnotizan el discernimiento.
Una equitación alternativa no procura liberarse de los problemas éticos que implica la práctica ecuestre. No supone un lugar de confort que nos emancipe de todos los conflictos que conlleva la práctica con los caballos. En lo particular del vínculo con el caballo no puede sino replicarse la complejidad del mismo mundo y por lo tanto la necesidad de tener que enfrentar estos desafíos éticos. No es la libertad de hacer cualquier cosa sino la libertad que surge de la necesidad impuesta por las contradicciones que nos constituyen.
Montar, o no montar; con embocaduras o sin ellas; métodos de entrenamiento conductistas basados en actos reflejos o gimnásticos; intervenir o no interferir en el mundo del caballo; qué es la violencia, qué es natural... hay alguna posibilidad ética de justificar y legitimar la práctica ecuestre?
Todas estas inquietudes y tantas otras no pueden caer en la indiferencia del relativismo alternativo sino que deben ser asumidas para que desde la propia experiencia se intenten resolver.
Lo particular de toda alternativa se puede volver universal cuando es el lugar que expresa un problema o pregunta candente; lo alternativo deja su lugar de la serie de uno más para expresarse cualitativamente en la formulación explícita del conflicto.
Lo alternativo como formulación postmoderna es una respuesta que no supera el fracaso. En cambio, lo alternativo bien concebido debe involucrarse en lo particular para despejar los conflictos, despejar las incógnitas que se repiten sinérgicamente en todas las formaciones del mismo sistema.
No hay salvataje posible con ningún plan o proyecto alternativo, lo alternativo vale sólo como experiencia singular capaz de traer a primer plano las preguntas que preferimos no confrontar. Lo alternativo puede ser, si se quiere, una posibilidad para ejercer la libertad a partir de la necesidad.
martes, octubre 23, 2018
La impostura de lo natural
De un tiempo a esta parte todos los comportamientos humanos deben comparecer ante el tribunal delo natural. Incluso parece haberse invertido la presunción de inocencia: todo quehacer humano se presume antinatural y violento y no hay muchas chances de demostrar lo contrario. La humanidad sería una rara especie antinatural (vaya a saber de qué procedencia) que a lo largo de toda su existencia no ha dejado de atentar contra el orden natural.
Asi las cosas, para quienes disfrutan del apasionante deporte del dedito admonitorio y acusador, se allana el camino de la demostración de la culpa o responsabilidad del imputado, con una rápida denuncia se consigue comprometer, frente al tribunal de ética, a cualquier desprevenido.
Y por las dudas que alguien quisiera discutir el estatus jurídico del encuadre penal, la definición de naturaleza se da por la negativa, o sea, todo lo que haga el hombre es un agravio a la naturaleza.
Más allá de discusiones filosóficas al respecto que demostrarían fácilmente que el propio concepto
de naturaleza es una construcción humana y racional, lo natural se exhibe como un paradigma
universal pero tan indeterminado como impreciso.
Las tendencias que defienden el orden natural de lo dado dan por sentado que hay una ley suprema
que rige el universo pero que al hombre le resulta inaccesible y con la que no acierta ni por error.
A pesar de que nadie puede definir la naturaleza de lo natural, aún así, lo natural es una vara
intransigente con la que unos humanos han lanzado un proceso universal de enjuiciamiento y
proscripción en contra de otros humanos.
Una época de gatillo fácil, de esclerosadas oposiciones que son la negación de toda dialéctica superadora; si hay algo propio de la naturaleza humana parece ser esto de recurrir a expedientes
sumarísimos para condenar al prójimo evitándose lo arduo que puede resultar el trabajo de revisar el juicio y las categorías que lo determinan; una sentencia rápida después de una denuncia expeditiva fundada en argumentos paradójicamente “naturalizados”, que no requieren ser revisados porque
son intuitivos. Denunciar, imputar y sancionar por el trámite sumarísimo del juicio popular (y es
sabido que el juicio popular es vox dei).
En el uso vulgar y más práctico se dice impostor a aquella persona que se hace pasar por lo que no
es; incluso es un impostor el que engaña con apariencia de verdad. Y se asocian a la palabra
impostor una serie de sinónimos como embaucador, farsante, calumniador, difamador, tramposo, mentiroso, estafador y charlatán.
Su etimología viene del latín y denotaba poner por encima, imponer; luego sería usado con la idea de echar encima de alguien una responsabilidad o culpa de algo a alguien.
En este contexto semántico lo natural jugaría de una doble manera: impostor por atribuirse una
identidad falsa como sujeto absoluto de una verdad e impostor por atribuir responsabilidad o culpa falsamente a otro. Lo natural nos calumnia, nos difama desde su charlatanería farsante y
embaucadora.
Hoy, lo natural, para ser sintético, se esgrime como un canon con el que dirimir la eticidad del
quehacer humano. Lo natural sería lo contrario del artificio; lo natural sería esencial e
inobjetablemente bueno, lo que implícitamente y por contrapartida caracteriza el comportamiento
humano como malicioso y perjudicial para el orden establecido.
Habría muchos argumentos para esgrimir pero uno en especial es tener presente que lo natural como concepto es, antes que nada, una construcción semántica del lenguaje que al mismo tiempo es lo suficientemente vaga e imprecisa para intentar constatar y confrontar certeramente su contenido con lo real. Cuál sería el contenido específico de lo natural?
Nos atraviesa y recorre y nos interpela una noción de natural que parece ser el paradigma moral que
viene a reemplazar los diez mandamientos, con la no poca diferencia que éstos, al menos, tenían un
contenido bien determinado. Lo natural ha devenido una hipóstasis en términos místicos que oficia a modo de reproche calumniador y que sólo alude por contraste respecto de lo que hace el hombre.
No parece hacer falta definir lo natural, alcanza con lo que intuimos (en un nivel de certeza muy elemental porque ya se sabe que nuestras intuiciones son falaces) y tener por artificioso todo quehacer humano.
Así las cosas, parece que debemos dar por sentado que hay algo como una ley natural aunque no
nos sea dado conocerla. Debemos suponer también que lo natural es justo, ecuánime, equitativo; se supone que lo natural no es violento, que natural y vida van de la mano. Sin embargo, inmediatamente uno sabe que la naturaleza no es garante de la vida. La vida, a la vez que pródiga por necesidad, debe ser luchadora, enfrentarse al medio y modificarlo, adaptarse y cambiar pero la
noción de lo natural nos sugiere un orden preexistente agraviado por la actividad humana.
Yo pienso que si lo natural es algo que podemos conocer con nuestra experiencia no habría ninguna manera de pensarlo como algo bueno; no existía el hombre y la naturaleza varias veces ya se llevó puesto gran parte de lo vivo. Acaso la naturaleza no es violenta? El hombre es violento por ser de otra naturaleza? O más bien lo sería por ser una manifestación más del ser de la naturaleza?
Acaso no es la ideología la que nos viene enseñando que el medio es el resultado de una recreación e interacción incesante de las fuerzas que aplican todas las partes que lo constituyen y definen?
Acaso no es cierto que la adaptación es un artículo clave en la concepción del mundo?
Quizás sea el propio hombre el que como rasgo característico tenga este problema de pretender
encontrar y despejar una ley única que lo organice todo pero entonces el rasgo distintivo del hombre sería superador del caos y de todo lo trágico que hay en el horizonte de acontecimientos de lo natural. Porque la naturaleza misma no cesa de exhibirse errática, frágil, violenta, en lucha permanente, amenazante de la vida, cuyo único sostén es el devenir a través del cambio, la adaptación, la mutación, la variabilidad y multiplicidad de factores que colisionan caóticamente y
tienen como resultado el azar del acontecimiento novedoso y singular. Lo que en cierto sentido es
bastante natural porque la naturaleza se nos presenta como un ámbito dialéctico en si mismo cuyo devenir está unicamente signado por el cambio incesante.
Es muy difícil si uno es crítico, concebir una imagen idealizada de la naturaleza a no ser que
empecemos por considerar que lo natural está definido por la cultura del hombre y que como tal no es más que una construcción ideológica, un dispositivo de control moral que trata de dirigir nuestros comportamientos sociales en una sentido determinado: la negación de todo lo que sea humano.
No es exagerado sospechar que ya se ha establecido que el hombre infringe obstinadamente el orden natural. Cuál sería el comportamiento debido, éticamente correcto?
Parece que debemos quedarnos quietos, como los chicos, no tocar nada (que se rompe), que la
sumisión a un orden dado es la la única respuesta natural.
En cierto sentido la única norma válida es que la naturaleza no está sobredeterminada por ninguna causa sino que ha puesto a andar la libertad y no tenemos que vérnosla con una ley que
desconocemos por incapacidad, sino que el mandato natural soberano es ser libre para el cambio.
Mientras tanto, el curso de los hechos va en dirección contraria: los hombres del pensamiento
politicamente correcto encarnan la negación y persecución moral de lo más natural que hay en el hombre al procurar plasmar y formalizar sistemas bajo leyes eternas o trascendentales. Lo urgente de todos los días que tiene en jaque al hombre, el administrar el caudal de energía que lo desborda, se quiere resolver con la simple idea de dejar que la naturaleza siga su curso.
En lo que atañe específicamente al ámbito de la equitación esta cuestión de lo natural viene
teniendo un desarrollo intenso. Por un lado nuevos métodos de doma y adiestramiento de los
caballos que, basados en la etología, arguyen recurrir a lo natural como argumento de mercadeo; y por otro, posturas mas radicales que sostienen que lo verdaderamente natural sería no interferir en lavida del caballo. Algunas técnicas de doma intentaron en un inicio diferenciarse apelando a lo racional pero rápidamente los naturalistas apuntaron sus reproches a que justamente la racionalidad era un ardid para encubrir el abuso y la violencia. Para los más radicales toda intervención del
hombre en el mundo del caballo es un acto de violencia en sentido amplio hasta el extremo de
abusos por disponer de manera egoísta de los caballos para procurarse un goce hedonista. Así las cosas, el hombre violentaría al caballo por haberlo constreñido a expresar su potencial genético, convirtiéndolo en un producto de la excelencia pero siendo esto, para algunos, mera esclavitud. El hombre supo hacer salir a la realidad lo bello que escondía lo natural en su devenir caótico pero el resultado en lugar de expresar belleza y singularidad expresa más bien abuso y violencia.
En primer lugar resulta bastante ingenuo tener que aceptar sin objeciones o reparos que lo natural no es violento, abundan los ejemplos de glaciaciones, tsunamis, estragos diversos y luchas
incesantes por la supervivencia en condiciones adversas, todo ello sin entrar a considerar las
posibilidades de vida al momento del Big Bang, de que algún meteorito se estrelle contra la tierra o
tener en cuenta las leyes de la termodinámica que auguran un final oscuro y frío para todo el
universo. La ideología de lo natural es lo que nos hace actuar ignorando que una catástrofe es
posible aunque sepamos que lo es. Nos hace creer que hay cierta justicia en lo trágico y que no nos
compete tratar de evitarlo o corregirlo porque es ir en contra de las leyes originales. Y aquí la
impostura: que la posibilidad cierta del fin de la humanidad es responsabilidad del hombre y no de la naturaleza misma. Ya no se trata del cinismo de la hipocresía, es un puro fundamentalismo
ideológico que replica el discurso del poder.
Y en segundo lugar, qué sería lo pecaminoso de la violencia? Llevamos milenios de reproches
éticos por la búsqueda del conocimiento.
El trabajo del hombre irrumpe en la realidad de la mano del conocimiento, de la ciencia. Ciencia es
una palabra que etimológicamente viene de la raíz cortar, separar (scio): escisión o scissors (en
inglés, tijeras). La ciencia corta, separa y procura diferencias. El sentido común no está cómodo con
las diferencias siempre prefiere la homogeneidad del género neutro.
Precisamente aunque nuestro cuestionamiento no va dirigido hacia una reivindicación del uso
irracional de la fuerza nos encontramos en la mira de quienes de una manera extremista proponen que al caballo hay que dejarlo a su suerte aunque ésta hubiera sido, en razón de las propias causas naturales, su extinción.
En cambio se trata de focalizar un punto de inflexión desde el cual poder comprender que violencia,de acuerdo al concepto absoluto, es un factor característico de todo quehacer (es lo más natural) si consideramos que los efectos de cualquier acción suponen un cambio en el medio. En ese sentido el juicio que sanciona por violento el comportamiento humano está extralimitado. Lo que éticamente es deplorable es que establezca un principio de culpa y que el comportamiento humano tenga que asumirse como pecaminoso y ofensivo del orden natural. Como en tantos otros órdenes sociales la
presunción de culpabilidad ha reemplazado a la de inocencia y lleva consigo la tácita sugestión que el comportamiento humano debido es la pasividad, la sumisión y el rechazo de cualquier
intervención o cambio.
Paradójicamente todo lo que se critica y sanciona del comportamiento humano como antinatural
suelen ser las características y manifestaciones más naturales del hombre: se suele decir que el
hombre tiene conductas antinaturales cuando está actuando de manera natural. Cuando el hombre esatávico, se comporta con ira, depreda o es violento es el modo en que se identifica con la naturaleza:lo propio de la naturaleza en su modo de ser espontáneo y a la vista. Contrariamente, así no se reconoce en la naturaleza su modo de ser dialéctico y cambiante, se quiere hacer ver que en la naturaleza impera un modo de ser rígido y sometido a leyes rigurosas, invariables. Y otra vez se nosofrece una interpretación invertida: en lo cambiante del hombre no se ve un rasgo natural sino algo antinatural, lo inestable de la naturaleza ya no es un rasgo distintivo de ella sino una característica agraviante del orden natural que es propia del hombre.
Todo esto no quiere decir que el hombre, que todo hombre, no incurra en disparates y en discursos
aberrantes. De hecho la construcción ideológica del concepto sobre la naturaleza es, como tantos
otros, una elaboración cultural implicada en la estructura del poder.
Los parámetros morales son un campo de batalla donde terminan por imponerse los criterios
“naturalizados” con los que el orden social y económico se ecualiza. La moral y lo ideológico son los modos del discurso que establecen el denominador que nos hace comunitarios, en ese sentido lo “natural” aspira a convertirse en una pauta de comportamiento que sanciona o aprueba lo que hacemos o queremos. No digo que no sea necesario que tengamos valores, el problema empieza cuando uno sospecha que esos valores con alto contenido ideológico son impostores.
La idea subyacente al orden natural es la apelación a un régimen legal que rige a la naturaleza pero que es sobrenatural.
La única identidad entre hombre y naturaleza, o lo que de natural hay en el hombre, es precisamentetodo aquello que el fundamentalismo naturalista no reconoce en la propia naturaleza: el poder de cambio, de adaptación y la dinámica que conlleva la interacción de fuerzas.
No hay evidencia de una ley originaria e inmutable que pueda funcionar como modelo de ética que no sea la libertad como necesidad creativa para la supervivencia. Si es ejemplo de algo, lo natural, es de lo imprescindible que es la libertad de acción para darle chances a la vida para enfrentar a los fuerzas inestables de lo natural.
Lo natural se instituye moralmente como un férreo nexo para anclar en lo establecido y ponerse asalvo de la dinámica inestable, imprevisible y cambiante que es la vida. Lo natural se postula comoel sentido común que simplifica lo complejo recurriendo a las intuiciones más elementales
alimentadas por el rechazo a la crítica (a las dudas y a las sospechas).
Lo natural juega un papel específico para inhibir nuestras conductas, todo lo que hacemos debe
pasar por el tamiz moral de lo natural, siendo éste un universal que sólo se concretiza en la voz
sentenciosa del sujeto que enuncia. A mi modo de ver no hay manera de ser más natural que siendo
hombre, recurriendo en lo más básico a nuestro instinto de supervivencia y resistencia y apelando a la libertad y el cambio.
lunes, octubre 15, 2018
Un único método para todos los caballos?
Un único método para todos los caballos?
Un esquema rápido para clasificar los caballos puede consistir en un cuadro de doble entrada donde se combinan estructura física y carácter. Caballos de carácter dócil o fuerte y caballos de estructura liviana o pesada. Estas combinaciones elementales rapidamente ilustran que no hay un único caballo... aquí ya tenemos cuatro. Y la combinación puede aumentar en una progresión geométrica si empezamos a considerar otras características tanto físicas como de personalidad. Caballos de cuello largo o corto... de grupa mas alta que la cruz o a la inversa; largos o cortos de lomo; despegados del piso o con miembros cortos; de carretillas y mandíbulas grandes o finas; etc. Y caballos linfáticos o nerviosos; asustadizos, paranoicos o sumisos y calmos; y un largo etc de comportamientos.
De ello se desprende que no es posible pensar o aplicar un único método o técnica sin evaluar estas características porque los caballos son diferentes.
La diversidad tan valorada queda velada cuando se aplica un único criterio.
Un esquema rápido para clasificar los caballos puede consistir en un cuadro de doble entrada donde se combinan estructura física y carácter. Caballos de carácter dócil o fuerte y caballos de estructura liviana o pesada. Estas combinaciones elementales rapidamente ilustran que no hay un único caballo... aquí ya tenemos cuatro. Y la combinación puede aumentar en una progresión geométrica si empezamos a considerar otras características tanto físicas como de personalidad. Caballos de cuello largo o corto... de grupa mas alta que la cruz o a la inversa; largos o cortos de lomo; despegados del piso o con miembros cortos; de carretillas y mandíbulas grandes o finas; etc. Y caballos linfáticos o nerviosos; asustadizos, paranoicos o sumisos y calmos; y un largo etc de comportamientos.
De ello se desprende que no es posible pensar o aplicar un único método o técnica sin evaluar estas características porque los caballos son diferentes.
La diversidad tan valorada queda velada cuando se aplica un único criterio.
martes, mayo 08, 2018
La impulsión
El concepto de impulsión es muchas veces mal interpretado. Vulgarmente se lo considera como el empuje y la voluntad de avance del caballo asociándolo con la idea de velocidad. Sin embargo técnicamente la impulsión debe considerarse en función del tiempo de suspensión del trote y el galope. Así es posible comparar que hay caballos que parecen tener buena impulsión pero en realidad su regularidad se ve afectada por la pérdida de suspensión y elevación de los aires.
viernes, julio 15, 2016
RITMO Y REGULARIDAD
Regularidad y ritmo en equitación no son lo mismo.
La regularidad refiere a la conformidad de los trancos del caballo de acuerdo a su naturaleza. El ritmo en cambio alude a la frecuencia con que se repite la regularidad. Así resulta que puede haber regularidad sin ritmo y ritmo sin regularidad. Por ejemplo un caballo impulsado por demás precipita su ritmo pero no pierde la regularidad.... Y también puede tener ritmo, con el piaffe por ejemplo, perdiendo la regularidad porque pierde el momento de suspensión.
BALANCE Y EQUILIBRIO
Puede ser interesante revisar y ponderar estos dos conceptos.
El equilibrio es la situación de un cuerpo que no ofrece resistencia para recibir un impulso o conducir el movimiento en cualquier dirección. Supone una respuesta rápida y ágil que pone de manifiesto la habilidad del caballo para llevar su cuerpo en una dirección u otra sin desacoplarse ni perder la regularidad ni el ritmo.
El balance en cambio alude más sencillamente a una igualdad de pesos. Sabemos que el caballo tiene repartido su peso con una una sobrecarga en el tren anterior en una proporción de 60/40%. Buscar el balance es pues procurar que esta proporción tienda cuanto menos a la igualdad en una progresión que finalmente remate en el equilibrio.
De esta manera el balance es una condición de posibilidad del equilibrio.
jueves, diciembre 05, 2013
La política de la cortesía
La política de la cortesía
Casi siempre cedo a la tentación de pensar en la equitación como una alegoría de la política (y viceversa). Es que desde cierto punto de vista me parece razonable pensar la relación con el caballo como una política.
También me doy cuenta que sostener la comparación entraña riesgos de interpretación: porque... qué es la política? Supone necesariamente cuestiones de poder? Y qué es en última instancia el poder?
Por ahora me quiero conformar con hacer esta diferencia: la política puede ser entendida entre dos extremos derivados ambos de la raíz etimológica polis. Un extremo es la política como policía y el otro la política como politesse, cortesía.
La política como policía supone que la ley se desnuda y deja la vista la violencia que la estructura pero, como salta a la vista, la policía pocas veces previene y siempre anda a las corridas detrás de lo ya ocurrido. Es propio de la policía como política el disciplinamiento correctivo que siempre llega a destiempo y es más la expresión de un fracaso.
En cambio, si en algún aspecto puede ser válida la comparación artificiosa que propongo, la cortesía (politesse) supone acordar los términos del trato. La cortesía procura un protocolo de forma y respeto que enmarque las condiciones de la deliberación. Es sin duda un ejercicio propio de la razonabilidad reflexiva cuya estrategia en términos de la teoría de juegos debería ser ganar/ganar.
La cortesía supone, en el trato con el caballo, que dialoguemos y que no impongamos nada por la fuerza para formular los términos del contrato.
Ahora bien, enfocándonos más en la práctica ecuestre, el contrato es la ley y esa ley son las manos del jinete. Manos que no deberían estar dispuestas para dirigir ni para imponer policialmente el orden y la disciplina sino para dar el marco de ecuanimidad indispensable para que el caballo confíe en el sistema que se le propone. Si la mano del jinete se despliega como una tropa de gendarmes es fácil concluir que la relación estará planteada en términos autoritarios que más temprano que tarde apelarán a la violencia para imponer algún criterio; de hecho, la violencia es el presupuesto necesario para que la mano actué policialmente.
La política con el caballo debe ser cortés, la mano debe ser la ley que nos rige a todos, al caballo que confía en ella porque asi sabe a qué atenerse y al jinete para quien también debe ser un límite de caballerosidad. La politesse es un acuerdo, un contrato, un ponerse de acuerdo para llevar las cosas hacia la armonía del entendimiento mutuo y en ese escenario la ley debe regir para todos por igual.
Alejandro J.G. Hernández
sábado, agosto 18, 2012
La educación y el placer
Los manejos naturales se popularizan. Por un lado esto sirve
para demostrar que no se trata de habilidades singulares sino de un saber-hacer
que viene con nuestro bagaje genético. Ni tan siquiera se trata de aprender una
técnica, sino tan sólo de recuperar una manera de estar en el mundo y con el
mundo. Los caballos, en su noblez,a nos procuran una puerta de acceso.
Sin embargo y a propósito de estas prácticas cada vez más
difundidas me parece necesario remarcar algunos aspectos y consideraciones que
deberíamos tener en cuenta.
Esto supone revisar la cuestión a partir de dos ejes: uno,
referido a los efectos de las hormonas del placer (las endorfinas) y el
adiestramiento por medio de actos reflejos; y dos, algo que se desprende de lo
primero, cierto abuso en el que podríamos recaer al incurrir en un sobremanejo
del caballo.
A esta altura no es novedad saber que las endorfinas se
segregan a propósito de una situación límite como inhibidoras del dolor. En los
mamíferos esto lleva a una respuesta nihilista que suprime toda respuesta
defensiva e inunda de sensaciones placenteras que velan los padecimientos ante
el riesgo. Según dicen, los maratonistas por ejemplo, alcanzan este nivel que
les permite seguir corriendo a pesar del esfuerzo, embargados de una sensación
placentera.
En lo que concierne a los caballos es sumamente fácil
inducir este estado sin recurrir a violencia alguna, lo que supone un alto
nivel de intoxicación que los sume en un momento de “bienestar”. Se muestran
relajados, altamente sumisos y absolutamente insensibilizados.
Alcanzar este estado permite al manejador inescrupuloso (o
ignorante de lo que está provocando) hacer gala de sus “habilidades”… montar un
potro, pararse en el anca… en fin, una serie de “destrezas” que sugieren un
poder extraordinario. Pero sin embargo, en estas demostraciones de merchandising, no veremos nunca al
manejador salir ni tan siquiera al paso con el caballo.
El caballo es manso, pero está dispuesto naturalmente para
enfrentarse a las situaciones que lo amenacen, a huir ante lo desconocido… a
desconfiar, e inhibir este estado de conciencia no debería ser natural. El
trato con nuestro caballo tiene que evolucionar a partir de la conciencia del
caballo y no de un estado de sumisión inducida porque esto no nos categoriza mejor
que el más cruel de los manejadores tradicionales.
En este mismo sentido la educación mediante prácticas
estimuladas por actos reflejos supone abusar de la sensibilidad del caballo.
Educar no puede ser equivalente a adiestrar en estos términos. Sacar partido de
la sensibilidad espontánea del sistema nervioso somático del caballo lo reduce
a manifestarse unicamente por las reacciones de su médula espinal, sin que
ninguna información o interacción con el medio sea procesada por el sistema
nervioso central, es decir su cerebro. Queda claro entonces que este tipo de
adiestramiento no supone capacitar al caballo ni estimularlo a tomar
decisiones. Lo introduce en una suerte de programa de automatización.
He señalado estas dos alertas porque suelen ser prácticas
que encubren, por detrás de un “manejo natural”, un abuso quizás más
reprochable que el que le recriminábamos a los tradicionalistas. Y digo más
censurable por dos razones.
Una, porque la inteligencia puesta en práctica está dirigida
a sacar partido de una desigualdad manifiesta: el hombre actúa con handicap, dispone de recursos,
herramientas y técnicas a su favor que antes de la interacción con el caballo
ya están operando sobre el animal. Estas prácticas reinstalan la soberbia en
términos de la dialéctica de un “vencedor” y se apartan de la noción de
contrato consensuado. La ausencia de discernimiento en el caballo por la
inhibición de respuestas, vicia de nulidad todo el asunto. Endorfinas y actos
reflejos pueden ser más agraviantes y peligrosos que una jineteada.
Y en segundo lugar digo que son censurables por el peligro
que entrañan… A pesar del aspecto pacífico con que se aborda al caballo, muchas
veces hay que tener en cuenta que los caballos así trabajados no suelen ser
apropiados para cualquier jinete y mucho menos si no está advertido del tipo de
entrenamiento a que ha sido sometido. Si no se hace un recorrido tradicional
-en el sentido de habituar al caballo a todo el ambiente humano-, las sorpresas
estarán a la orden del día.
Hemos dado o venimos dando una interesante batalla contra
las prácticas tradicionales porque entendemos que no vale la pena poner en
riesgo la vida ni la integridad física y moral del jinete ni del caballo. Sostenemos
que hay prácticas más inteligentes que permiten una gran economía de esfuerzo y
que sirven para preservar al caballo y al jinete. Sin embargo creemos necesario
hacer la advertencia sobre las consecuencias muchas veces no queridas que
dichos manejos pueden acarrear. Como hemos indicado, no sólo el abuso con ribetes
comerciales sino también el riesgo que supone trabajar con caballos que han
sido adiestrados en estados de sumisión psicológica son límites que deben
advertirnos de nuestros posibles abusos
Como me ocurre habitualmente, no puedo evitar que algunas reflexiones
a partir de los caballos tengan resonancia y paralelismo con la propia
idiosincrasia humana y sus comportamientos políticos y sociales. La educación y
el placer son armas de doble filo.
viernes, marzo 09, 2012
miércoles, noviembre 09, 2011
Paciencia, la virtud de la paz
Paciencia, la virtud de la paz
"El caballo (a la vista del hombre)
sigue siendo noble en su servidumbre
porque el hombre quiere seguir siendo un
gran señor"
Bachelard
Ya
sabemos de las bondades del caballo, de sus virtudes, de su nobleza… Que da
todo de sí sin medir la buena educación o los modales de quien se lo exige. Pero quizás no lo sepamos todo y lo que
creemos saber no sea otra cosa que una serie de excusas para justificar nuestra
manera de comportarnos. El hombre ha sacado provecho del caballo haciéndolo
objeto de sus necesidades y placeres. Objeto para la guerra, para el alimento,
para el trabajo, objeto del entretenimiento, para el juego y los deportes, como
compañía y aún como medio terapéutico.
Digamos,
por ejemplo, que los caballos tienen una organización social (aunque esto ya
suponga cierta antropometría que tiende a confundir la organización de una
manada que en estado natural suele estar determinada por funciones más propias
de la genética, con un orden social que tiene que ver con relaciones políticas
y de poder); y a esta organización, inmediatamente, el hombre le adjudica un
orden jerárquico o cualquier esquema que de algún modo termina expresando una
relación de poder. Pero las relaciones que establece la manada nunca son del
todo análogas a las que desarrolla el propio hombre. La jerarquía que creemos
ver en los caballos jamás supone un orden de subordinación, dominación o
vasallaje… ningún caballo trabaja para otro.
Siempre
habrá un problema subyacente en la manera de reconocer y designar el orden que
relevemos del mundo de los caballos: el mundo de los caballos no coincide con
las categorías que el hombre tiene elaboradas a partir de su propia práctica
social. Y esta proyección es la que obtura y vela cierto aspecto o dimensión de
la realidad de los caballos llevándonos muchas veces a considerar natural sólo
aquello que justifica y legitima algún modo de dominación por el imperio de la
inteligencia o la fuerza.
El hombre
trata de legitimar sus propios modos replicándolos en otras especies y de ese
modo argumentar cierto naturalismo que estaría como fundamento y a la base del
tipo de organización social que el hombre se da. Si se puede encontrar entre
los caballos, corroborar de algún modo el “orden jerárquico”, eso legitimaría
que otro orden jerárquico análogo pudiera darse entre los hombres.
El
problema es cómo se interpreta ese orden jerárquico entre los caballos o en
cualquier otra especie… si la interpretación responde a una observación
conforme a la realidad o sólo es adecuada a los propios intereses del hombre
que proyecta su imaginario y sus intereses.
Por lo tanto las proyecciones que hacemos conllevan una falla de
desajuste… hacer omisión de este
desajuste, de aquello que no coincide exactamente con nuestra categoría es eliminar
lo que podría hacer la diferencia.
Digamos
que lo que tratamos de poner bajo observación es la lectura que el hombre hace
de lo “natural”, las enseñanzas que pretende sacar de ello y las
justificaciones que formula a partir de ello con lo que pretende legitimar su
comportamiento. Al respecto es necesario
establecer dos escenarios diferentes: un momento pacífico, de armonía y otro
momento de paranoia, de fuga, de amenaza.
Al menos
como presupuesto para sostener la tesis que pretendo desarrollar, propongo que
en lo “natural” se dan estos dos momentos y que por lo general el hombre sólo
se ha enfocado en el segundo: es decir, ha observado a la naturaleza como un
régimen violento no exento sin embargo de leyes que lo regulan y que el hombre
obviamente trata de desentrañar como si fueran la propia legalidad de la
realidad.
El
hombre, a partir de la proyección de su propia condición social de
inestabilidad ha ingeniado sobre la naturaleza su propia representación del
mundo, la conciencia de un estado ominoso de amenaza latente; y en consecuencia
trata de establecer leyes y orden que lo regulen sin tener en cuenta como
condición de posibilidad previa aquel estado de armonía sino dando por supuesto
y necesario la condición de inestabilidad.
De este
modo, las leyes que “sacamos” de la naturaleza sólo son funcionales a partir
del reconocimiento de ese estado paranoico: la fuerza, la violencia, el poder,
la lucha son comportamientos al que se les atribuye universalidad a partir de
cierta habitualidad, en tanto sólo son una parcialidad, una excepcionalidad, sólo
uno de los dos momentos que propone la observación de lo natural.
En cierto
sentido lo que proponemos es no dejar afuera para construir nuestro orden lo
que de pacífico tiene el propio orden natural y a partir de ello poder
relativizar la trascendencia de las leyes que regularían la violencia y que
parece ser lo único que sabemos reconocer en el mundo.
Lo que el
hombre suele reconocer como “jerarquía” en los caballos podría ser interpretado
más bien como un circuito, un orden de transmisión de información o datos vitales
para la supervivencia tanto individual como de la especie. Esto no es un modelo
sino la demostración de que la categoría “jerárquica” debería ser sometida a un
análisis que la desmenuce y que podemos hacer diferentes interpretaciones de
cómo es el orden jerárquico, o a qué responde. Podríamos decir que cuando una
manada se pone en marcha, la posición que cada individuo ocupa en la fila
depende de su calidad como ejemplo o simplemente por su capacidad de adecuación
al medio o por su “conductividad” … pero esto no supone ninguna prerrogativa,
ni el ejercicio de algún “derecho” por sobre el resto. La organización entonces
no está regida por una lucha que suponga un beneficio ulterior o la obtención
de alguna prebenda. El circuito, en todo caso, puede privilegiar la cualidad de
“conductividad” de la información, pero probablemente el hombre recaiga en
interpretaciones antropocéntricas y tienda a interpretar esa conductividad como
capacidad de conducción (mando) y liderazgo.
Insisto
en que esto es una libre interpretación que sólo tiene por objeto provocar un
contraste con aquellos modelos que replican la jerarquía y el propio orden que
los hombres se quieren dar y llevan a malas interpretaciones de lo que es el
liderazgo. El liderazgo corre la suerte que el hombre quiera que corra de
acuerdo a sus intereses… y en esta estrategia el hombre define al liderazgo de
la manera que le convenga para legitimar sus propias relaciones de poder.
La
jerarquía entre los caballos no es autoritaria, no se establecen luchas por el
poder ni por el gobierno, no hay un plan dirigista y el trato social parece
basarse en los buenos modales que aseguren el respeto del espacio vital del
otro y la solidaridad en la transmisión de información relevante para la
supervivencia individual y de la especie.
Se me
dirá también que los buenos modales entre los caballos incluyen gestos
violentos o agresivos… si lo ponemos en perspectiva y en proporción quizás esas
violencias no sean tan significativas comparadas con las que pone en práctica
el hombre desde las guerras hasta el uso de las palabras; o que hay luchas entre padrillos por predominar en
una manada… pero no me parece que eso remede en modo alguno a la convivencia y
persistencia de estas luchas entre los hombres como para inferir de dicha
práctica la justificación de una tensión y luchas perennes entre los hombres en
el orden político y social. En todo caso un padrillo lucha por construir su
familia, afirmar su territorio y esto solo pone de manifiesto que la
organización social es diferente a la organización familiar… que la familia,
como dispositivo de dispersión genética, queda a distancia del orden social que
suele requerir otros argumentos para justificarse.
Aquello
que queda velado por nuestra mirada obsesionada por las relaciones de
poder y la ética del liderazgo es que la
estancia del caballo en el medio ostenta paciencia, que es la cualidad o la
virtud de la paz. Sea la paciencia una de las cualidades del caballo que ignoramos,
e ignorarlo no nos permite apreciar cómo incidimos en el mundo del caballo
cuando ponemos por delante nuestros objetivos. En tanto no apreciamos
acabadamente la paciencia del caballo no podemos advertir la diferencia con el
estado de paranoia: el shifter que lo pasa inmediatamente de la paz a la
paranoia… de su estado de apacentamiento a un estado de fuga ante cualquier
amenaza… del relajamiento soñoliento a la tensión muscular. Quizás, entre esas
cualidades que no leemos correctamente, se halle la diferencia entre la
paciencia y la paranoia porque nosotros mismos sólo tenemos conciencia de un
estado de amenaza permanente, no consideramos la paz como un fundamento sino
como un anhelo utópico.
Esa
cualidad, esa virtud, es la que no comprendemos cabalmente…. Normalmente
creemos que paciencia es una cantidad de tiempo, o de repeticiones absurdas
hasta que ocurra lo que el imperativo manda. Por el contrario, la paz supone un
equilibrio con el medio, un estado de armonía que de ninguna manera es condicionado
por algún acontecimiento por venir. El hombre arremete contra la paciencia del
caballo, lo tensa… lo constriñe a ingresar a un mundo de reglas que le son
ajenas… luego, con la sumisión, con el amansamiento se considera que el caballo
ha sido disciplinado. Pero el caballo ha sido despojado de su virtud, ha
perdido la paz, ha sido constreñido a reemplazar su propia paciencia por un
estado de resignación a la explotación de la voluntad del hombre. Y el hombre,
a partir de sus propias prácticas autistas, acaba confundiendo paz con
servidumbre.
Para
terminar y a modo de síntesis, algunas cosas que destacar… El hombre procede
por medio de argumentos ad hoc para
justificar sus propias tácticas, legitimando su manera de plantear
“naturalmente” las relaciones de poder. Lo que conlleva una doble implicancia:
por un lado justificar su propia violencia y sus modos de dominación y a la vez
bloquear las enseñanzas que podrían provenir del propio caballo. Replicamos
este modelo en cada circunstancia con el enceguecimiento que provocan estas
certezas verificadas tautológicamente a partir de lo que proyectamos sobre la
realidad y a través de nuestros propios imaginarios. Consagramos así la fórmula
del “liderazgo” como si fuera el propio código equino el que la consagra. Queda
a la vista un cuestionamiento ético sobre la legitimidad de las relaciones que
le imponemos al caballo. Así también queda sellada la suerte de nuestra
relación con los caballos, incluso avalada y legitimada por estas
interpretaciones de las relaciones de liderazgo y conducción. Supongo que este
vínculo puede superarse en la medida que podamos absorber las implicancias de
la paciencia y reemplazar nuestra ideología del “ser superior” soberbio y
arrogante por una mirada que sepa reconocer otros fundamentos.
.
Etiquetas:
Fundamentos
miércoles, febrero 25, 2009
LA REPETICIÓN
Es casi una verdad consagrada, casi un axioma de la equitación, incluso de la etología, que el caballo aprende por repetición.
A mi modo de ver, la repetición como método, debe ser revisada con algo de cuidado.
Sin alcanzar los extremos filosóficos que señalan que en la repetición no se repite lo mismo sino que lo que acontece es la diferencia, debemos considerar en primer lugar qué entendemos por repetición.
El sentido común puede asegurar que repetir es realizar la misma acción.
Pero en este sentido, cuando nos enfrentamos con un problema, es válida la sentencia que se le atribuye a Einstein que loco es el que hace lo mismo y espera un resultado diferente · locura es repetir siempre las mismas cosas y esperar resultados diferentes ...
Podemos extender el concepto y decir que, si es por repetir, uno intenta repetir aquello que ha salido bien.
En este orden, repetir en la educación del caballo equivale a cimentar, hacer sólida una conducta aprendida. Todo lo contrario a machacar en el error. Sólo es dable repetir (y pocas veces!) aquello que ha salido bien.
Cuando repetimos y el resultado no llega, lo que en realidad hacemos es insistir. Insistir probablemente en un error. Y digo así porque la mayoría de las veces cuando algo no sale es porque estamos cometiendo algún error, de tal modo que la insistencia es sólo repetir las condiciones del error.
Recapitulando diremos entonces que no es la insistencia lo que conduce al éxito, sino el tener los elementos en condiciones para hacer el recorrido que conduce al resultado esperado.
No es la obstinación (basada en el supuesto falso de que tenemos razón) la que asegura por persistencia un resultado exitoso, sino la disposición sicológica del caballo la que nos permitirá pedir y obtener lo que pedimos.
Los requisitos de tacto, flexibilidad, permeabilidad, serenidad y relajación son las condiciones que subyacen en todo ejercicio bien realizado, de tal modo que son ellas por las que hay que velar. Todo esfuerzo, toda insistencia, cualquier repetición que nos mostrará obstinados y porfiados, se volverá inútil si no cultivamos las cualidades sicológicas y la disposición física de nuestro caballo.
A mi modo de ver, la repetición como método, debe ser revisada con algo de cuidado.
Sin alcanzar los extremos filosóficos que señalan que en la repetición no se repite lo mismo sino que lo que acontece es la diferencia, debemos considerar en primer lugar qué entendemos por repetición.
El sentido común puede asegurar que repetir es realizar la misma acción.
Pero en este sentido, cuando nos enfrentamos con un problema, es válida la sentencia que se le atribuye a Einstein que loco es el que hace lo mismo y espera un resultado diferente · locura es repetir siempre las mismas cosas y esperar resultados diferentes ...
Podemos extender el concepto y decir que, si es por repetir, uno intenta repetir aquello que ha salido bien.
En este orden, repetir en la educación del caballo equivale a cimentar, hacer sólida una conducta aprendida. Todo lo contrario a machacar en el error. Sólo es dable repetir (y pocas veces!) aquello que ha salido bien.
Cuando repetimos y el resultado no llega, lo que en realidad hacemos es insistir. Insistir probablemente en un error. Y digo así porque la mayoría de las veces cuando algo no sale es porque estamos cometiendo algún error, de tal modo que la insistencia es sólo repetir las condiciones del error.
Recapitulando diremos entonces que no es la insistencia lo que conduce al éxito, sino el tener los elementos en condiciones para hacer el recorrido que conduce al resultado esperado.
No es la obstinación (basada en el supuesto falso de que tenemos razón) la que asegura por persistencia un resultado exitoso, sino la disposición sicológica del caballo la que nos permitirá pedir y obtener lo que pedimos.
Los requisitos de tacto, flexibilidad, permeabilidad, serenidad y relajación son las condiciones que subyacen en todo ejercicio bien realizado, de tal modo que son ellas por las que hay que velar. Todo esfuerzo, toda insistencia, cualquier repetición que nos mostrará obstinados y porfiados, se volverá inútil si no cultivamos las cualidades sicológicas y la disposición física de nuestro caballo.
miércoles, octubre 10, 2007
Caballos a medida
Artículo publicado en el periódico Estrella septiembre/2007. (clikeando sobre la imagen se ampliará para su lectura)

Etiquetas:
publicaciones
viernes, octubre 05, 2007
DOMAS ETOLÓGICAS
(artículo publicado en Suplemento Ecuestre, feb/2007)
En este último tiempo asistimos a una prolífica difusión de técnicas y métodos de doma basados en principios de etología equina y los resultados de esta fecundidad han posibilitado que muchos podamos tener una mirada diferente para establecer el vínculo con el caballo.
Rápidamente, de la palenqueada y la tirada en la boca hemos pasado al uso de hackemore y caballos tumbados con maneas, y de estos métodos a caballos “dominados” por la presión ejercida por el “manejador” como si fuera el líder de la manada, hasta, incluso, iniciación y manejos en absoluta libertad.
Pero sin embargo, a pesar del amplio y variado repertorio, que va de lo más agresivo y violento a lo más liberal, en muchos casos todavía se advierte que quien hace las veces de domador no ha cambiado de actitud. Aprovechándose de las nuevas técnicas y procedimientos, abusa de su poder para consolidarse como dominador y someter al caballo. El depredador, travestido con su piel de cordero, echa mano a las “nuevas” técnicas pero no pierde las mañas.
Ciertamente aún no hemos tenido toda la experiencia necesaria para emitir una opinión definitiva y además todavía no hemos superado la desconfianza y conflictos que naturalmente genera la novedad. Esta novedad aún está muy lejos de integrarse a nuestra cultura… estamos muy lejos aún de que cada uno de los que participa en la “creación” de un caballo deportivo tenga claro cuál es el objetivo y actúe en consecuencia para que el resultado sea coherente y se pueda sistematizar para dar forma a una cultura ecuestre diferente, más cordial, amable y placentera.
Pero sí podemos advertir una constante que es la fantasía de recurrir a un “sistema infalible” que represente un atajo o nos permita saltear etapas. En este sentido, desde que se ha intentado formalizar y metodizar la equitación, desde Jenofonte en adelante, de a poco y en forma progresiva se ha ido desvaneciendo el concepto de arte para ser sustituido por manuales de instrucciones, no tanto por el ánimo de quien los escribe como por la búsqueda de respuestas prácticas por parte de quien los lee.
De alguna manera, en nuestro apuro por obtener resultados, hemos pasado por alto conceptos que ningún tratado importante de equitación omite: el tacto del jinete, la sensibilidad del caballo y la permeabilidad a las ayudas.
Es posible que la nueva información venga con un nuevo “packaging”, metodizada con formato científico, pero aunque se presente con diferente nombre, ningún adiestrador de excelencia desconoce los beneficios de apreciar la naturaleza del caballo, su sensibilidad y actuar con el correspondiente tacto.
Pareciera entonces que hemos recurrido a “tecnificar” la equitación, aplicar una serie de procedimientos que deberían asegurar el resultado, más apremiados a montar con “contacto”, que a montar con “tacto”.
No creo que se deba tratar de un procedimiento sino de la creación de un vínculo que tenga al caballo y al manejador en comunicación y no a la defensiva, relajados y en confianza mutua. No creo que por ejemplo, se deba proceder a montar un caballo porque haya transcurrido el tiempo de tres días o media hora que impone el protocolo del método que sea, sin antes haber entrenado al caballo para que fortalezca su lomo, y esté en condiciones físicas y emocionales de llevarnos, relajado, flexible y en equilibrio, con la debida actitud atlética.
A lo que deberían remitirnos las nuevas técnicas es a cambiar nuestra actitud, sobre todo en lo que se refiere a dominar y someter al caballo; a reconducirnos y entrenarnos para saber “leer” y “comprender” al caballo sin que necesitemos insensibilizarlo ni lavarle el cerebro para manipularlo como si fuera un objeto. A minimizar el protagonismo del manejador, porque el artista es el caballo.
No se trata de una rivalidad entre lo moderno teñido de una remota conciencia ecológica y el manejo tradicional reprochado de violento… En todo caso lo tradicional bien concebido ha sido un “saber” que lamentablemente por las circunstancias que sea no ha hecho escuela, o su mensaje, por las particularidades de nuestra época y de nuestras ansiedades, se ha ido tergiversando, hasta volverlo una insensata reiteración de maniobras que no respetan la sensibilidad del caballo, en la idea que, por si mismas, garantizan el resultado.
El fundamento de una buena doma siempre ha sido un cabal conocimiento de la naturaleza del caballo y esta experiencia no se puede abreviar con ninguna técnica por más infalible que se presente.
Probablemente no terminemos de salir de nuestro laberinto hasta no aceptar que debemos cancelar todo acto dirigido a someter al caballo, a disciplinarlo por la fuerza o la violencia, sea esta física o sicológica, porque el arte ecuestre se basa en la integridad del caballo y su libertad, cabalgar y adiestrar según las condiciones que nos propone el caballo y no según las que nuestras limitaciones quiere imponerle.
En este último tiempo asistimos a una prolífica difusión de técnicas y métodos de doma basados en principios de etología equina y los resultados de esta fecundidad han posibilitado que muchos podamos tener una mirada diferente para establecer el vínculo con el caballo.
Rápidamente, de la palenqueada y la tirada en la boca hemos pasado al uso de hackemore y caballos tumbados con maneas, y de estos métodos a caballos “dominados” por la presión ejercida por el “manejador” como si fuera el líder de la manada, hasta, incluso, iniciación y manejos en absoluta libertad.
Pero sin embargo, a pesar del amplio y variado repertorio, que va de lo más agresivo y violento a lo más liberal, en muchos casos todavía se advierte que quien hace las veces de domador no ha cambiado de actitud. Aprovechándose de las nuevas técnicas y procedimientos, abusa de su poder para consolidarse como dominador y someter al caballo. El depredador, travestido con su piel de cordero, echa mano a las “nuevas” técnicas pero no pierde las mañas.
Ciertamente aún no hemos tenido toda la experiencia necesaria para emitir una opinión definitiva y además todavía no hemos superado la desconfianza y conflictos que naturalmente genera la novedad. Esta novedad aún está muy lejos de integrarse a nuestra cultura… estamos muy lejos aún de que cada uno de los que participa en la “creación” de un caballo deportivo tenga claro cuál es el objetivo y actúe en consecuencia para que el resultado sea coherente y se pueda sistematizar para dar forma a una cultura ecuestre diferente, más cordial, amable y placentera.
Pero sí podemos advertir una constante que es la fantasía de recurrir a un “sistema infalible” que represente un atajo o nos permita saltear etapas. En este sentido, desde que se ha intentado formalizar y metodizar la equitación, desde Jenofonte en adelante, de a poco y en forma progresiva se ha ido desvaneciendo el concepto de arte para ser sustituido por manuales de instrucciones, no tanto por el ánimo de quien los escribe como por la búsqueda de respuestas prácticas por parte de quien los lee.
De alguna manera, en nuestro apuro por obtener resultados, hemos pasado por alto conceptos que ningún tratado importante de equitación omite: el tacto del jinete, la sensibilidad del caballo y la permeabilidad a las ayudas.
Es posible que la nueva información venga con un nuevo “packaging”, metodizada con formato científico, pero aunque se presente con diferente nombre, ningún adiestrador de excelencia desconoce los beneficios de apreciar la naturaleza del caballo, su sensibilidad y actuar con el correspondiente tacto.
Pareciera entonces que hemos recurrido a “tecnificar” la equitación, aplicar una serie de procedimientos que deberían asegurar el resultado, más apremiados a montar con “contacto”, que a montar con “tacto”.
No creo que se deba tratar de un procedimiento sino de la creación de un vínculo que tenga al caballo y al manejador en comunicación y no a la defensiva, relajados y en confianza mutua. No creo que por ejemplo, se deba proceder a montar un caballo porque haya transcurrido el tiempo de tres días o media hora que impone el protocolo del método que sea, sin antes haber entrenado al caballo para que fortalezca su lomo, y esté en condiciones físicas y emocionales de llevarnos, relajado, flexible y en equilibrio, con la debida actitud atlética.
A lo que deberían remitirnos las nuevas técnicas es a cambiar nuestra actitud, sobre todo en lo que se refiere a dominar y someter al caballo; a reconducirnos y entrenarnos para saber “leer” y “comprender” al caballo sin que necesitemos insensibilizarlo ni lavarle el cerebro para manipularlo como si fuera un objeto. A minimizar el protagonismo del manejador, porque el artista es el caballo.
No se trata de una rivalidad entre lo moderno teñido de una remota conciencia ecológica y el manejo tradicional reprochado de violento… En todo caso lo tradicional bien concebido ha sido un “saber” que lamentablemente por las circunstancias que sea no ha hecho escuela, o su mensaje, por las particularidades de nuestra época y de nuestras ansiedades, se ha ido tergiversando, hasta volverlo una insensata reiteración de maniobras que no respetan la sensibilidad del caballo, en la idea que, por si mismas, garantizan el resultado.
El fundamento de una buena doma siempre ha sido un cabal conocimiento de la naturaleza del caballo y esta experiencia no se puede abreviar con ninguna técnica por más infalible que se presente.
Probablemente no terminemos de salir de nuestro laberinto hasta no aceptar que debemos cancelar todo acto dirigido a someter al caballo, a disciplinarlo por la fuerza o la violencia, sea esta física o sicológica, porque el arte ecuestre se basa en la integridad del caballo y su libertad, cabalgar y adiestrar según las condiciones que nos propone el caballo y no según las que nuestras limitaciones quiere imponerle.
Etiquetas:
Fundamentos,
Suplemento ecuestre
ARGUMENTOS
(artículo publicado en Suplemento Ecuestre, abril/2007)
Ignorancia-miedo-violencia
Es fácil comprobar que habitualmente nos evitamos el esfuerzo y el trabajo que demandan la razón y el conocimiento, y como consecuencia de una serie muy elemental, procedemos según el orden impuesto por la ignorancia, a la que sigue como lógica consecuencia, el miedo y como correlato inevitable, la violencia.Como no sabemos, desconfiamos y tenemos miedo, y luego actuamos tratándonos de imponer por la fuerza.
Sin embargo, podría ser que, aproximándonos a la naturaleza del caballo de acuerdo con nuestra propia naturaleza caracterizada por la racionalidad, diéramos en la clave para encontrar el vínculo, la relación, que nos una al caballo.
El caballo es un animal herbívoro, de presa, que vive en manadas dirigidas por un líder (probablemente el más experimentado y no el más agresivo) con un programa genético bastante elemental: subsistir pastando en las mejores pasturas que pueda encontrar, procrear y escapar lo más rápidamente posible de los depredadores. Lo desconocido para el caballo es una amenaza.
Ante lo desconocido el caballo no ataca, huye y no lo piensa dos veces.En principio pues, para el caballo somos una amenaza, irrumpimos en su escenario y por si no fuera suficiente, ostentamos la imagen de un depredador (nuestra mirada, nuestra actitud...) Así que su respuesta instintiva y correcta es ponerse lo más lejos posible de nosotros.Somos nosotros pues los responsables primeros de la actitud de desconfianza del caballo y en tal sentido seríamos los primeros obligados en cambiar las cosas para que esta sospecha caiga desestimada por el caballo: que él cambie su parecer y acabe sopesando la posibilidad de que seamos buena gente. En este sentido de nada sirve que uno esté convencido de tal cosa, el caballo no acepta nuestras garantías, debe comprobarlo por sí mismo.
El dolor como argumento pedagógico
El trato tradicional busca seguridades (que el caballo pare y no se dispare) y cree que aplicando lecciones dolorosas el caballo acabará “comprendiendo” lo que le conviene. Pensar de este modo deja entrever una pequeña contradicción, si el caballo es capaz de “comprender“, en este caso por el dolor, ¿por qué no existe una instancia donde darle la oportunidad de comprender sin el dolor?
Con el dolor podemos doblegar al animal, su moral y entereza, pero el dolor no enseña. En todo caso reprime, inhibe conductas y respuestas. El dolor no se puede vincular con el aprendizaje, salvo a niveles de respuesta reflejas. El dolor como castigo o como refuerzo negativo sólo puede ser funcional en una mente capaz de abstraer e inferir premisas generales al punto de construir una amenaza ominosa que genere en el sujeto un temor generalizado y un estado de inhibición reverencial.
El caballo no llegará a comprender la lógica del refuerzo negativo como premisa general y/o el castigo como consecuencia de “malos comportamientos“, sólo puede asociar e identificar determinadas situaciones según su experiencia y actuar en consecuencia. Lo más probable es que termine asociando el dolor con nuestra presencia (porque somos la constante que se repite en cada experiencia dolorosa).
De tal modo, que en lugar de poder corregir errores con el recurso del castigo o el dolor, acabaremos sembrando desconfianza. En casos extremos el caballo llegará a identificar al manejador como la causa del problema o dolor y no solo perderá la confianza sino que desatará sus mecanismos de defensa.
Muchas veces la reiteración indefinida de experiencias dolorosas, o simplemente traumáticas porque aturden sus sentidos, no hace más que sumir al caballo en lo que se conoce como respuesta “nihilista“: el caballo se auto inhibe, segrega endorfinas, cancela toda respuesta, intenta pasar desapercibido para no llamar la atención del agresor o se entrega lisa y llanamente a lo inevitable.El caballo puede reconocer, asociar datos de la realidad conectados inmediatamente pero no puede deducir o inferir premisas generales; puede recordar el dolor ante una experiencia determinada, pero no puede especular o calcularlo como una amenaza tácita, latente, si no hace lo correcto.
Una estrategia racional
Algunos creen que el hombre puede aprender conductas “convenientes” de una manera compulsiva, como una rata, por el dolor y el acto reflejo; sin embargo está demostrado que existe un mecanismo de aprendizaje mucho más eficiente que le permite comprender sin necesidad del estímulo negativo (aunque muchos crean que la mejor manera de disciplinar socialmente a un pueblo sea por la fuerza) de tal modo que, pedagógicamente, esperamos que el hombre aprenda según una estrategia racional.
De la misma manera es dable esperar que el caballo aprenda según su propia estrategia mental.Ahora entonces nos preguntamos, ¿por qué creemos que el caballo no puede aprender conductas si no es por el imperio de la fuerza? ¿No será por nuestro propio miedo, por nuestra ignorancia, que no le damos la oportunidad al caballo de demostrar su inteligencia?
De hecho en sus rutinas diarias el caballo no deja de aprender conductas apropiadas para su supervivencia sin que nadie le imponga el rigor necesario: aprende por imitación, copiando a su madre... lo único necesario es que el caballo reconozca que esa rutina es buena para su supervivencia o su placer o su comodidad o seguridad y que le venga dada por alguien de su confianza.El caballo intenta respuestas para aprender... experimenta y saca sus conclusiones. Si ante la respuesta correcta recibe una gratificación estaremos consolidando respuestas adecuadas, correctas, y él mismo intentará repetirlas para repetir el resultado que resultó satisfactorio o gratificante.
El caballo aprende. De hecho está permanentemente atento a los estímulos del mundo exterior, porque de ello depende su supervivencia. Y no sólo aprende a repetir simples actos reflejos o respuestas condicionadas por estímulos puntuales de golosinas o dolor, según su propia lógica o coherencia, produce respuestas hacia el mundo exterior en un todo de acuerdo con una íntima motivación que lo anima.
Una vez superada la desconfianza, el caballo cederá a su natural y exagerada curiosidad y tratará de incorporar información para sus programas genéticos. Es en ese espacio donde debemos ubicarnos, superada la desconfianza y abierta la curiosidad, presentarnos como un ser confiable que los ayuda a resolver algunos problemas y sobre todo, que cerca nuestro, está seguro y no corre riesgos. Superar la instancia en la que el caballo aún está a la defensiva ante nuestra presencia porque somos una amenaza, lograr su atención, incentivar su curiosidad y establecer una comunicación.
Ignorancia-miedo-violencia
Es fácil comprobar que habitualmente nos evitamos el esfuerzo y el trabajo que demandan la razón y el conocimiento, y como consecuencia de una serie muy elemental, procedemos según el orden impuesto por la ignorancia, a la que sigue como lógica consecuencia, el miedo y como correlato inevitable, la violencia.Como no sabemos, desconfiamos y tenemos miedo, y luego actuamos tratándonos de imponer por la fuerza.
Sin embargo, podría ser que, aproximándonos a la naturaleza del caballo de acuerdo con nuestra propia naturaleza caracterizada por la racionalidad, diéramos en la clave para encontrar el vínculo, la relación, que nos una al caballo.
El caballo es un animal herbívoro, de presa, que vive en manadas dirigidas por un líder (probablemente el más experimentado y no el más agresivo) con un programa genético bastante elemental: subsistir pastando en las mejores pasturas que pueda encontrar, procrear y escapar lo más rápidamente posible de los depredadores. Lo desconocido para el caballo es una amenaza.
Ante lo desconocido el caballo no ataca, huye y no lo piensa dos veces.En principio pues, para el caballo somos una amenaza, irrumpimos en su escenario y por si no fuera suficiente, ostentamos la imagen de un depredador (nuestra mirada, nuestra actitud...) Así que su respuesta instintiva y correcta es ponerse lo más lejos posible de nosotros.Somos nosotros pues los responsables primeros de la actitud de desconfianza del caballo y en tal sentido seríamos los primeros obligados en cambiar las cosas para que esta sospecha caiga desestimada por el caballo: que él cambie su parecer y acabe sopesando la posibilidad de que seamos buena gente. En este sentido de nada sirve que uno esté convencido de tal cosa, el caballo no acepta nuestras garantías, debe comprobarlo por sí mismo.
El dolor como argumento pedagógico
El trato tradicional busca seguridades (que el caballo pare y no se dispare) y cree que aplicando lecciones dolorosas el caballo acabará “comprendiendo” lo que le conviene. Pensar de este modo deja entrever una pequeña contradicción, si el caballo es capaz de “comprender“, en este caso por el dolor, ¿por qué no existe una instancia donde darle la oportunidad de comprender sin el dolor?
Con el dolor podemos doblegar al animal, su moral y entereza, pero el dolor no enseña. En todo caso reprime, inhibe conductas y respuestas. El dolor no se puede vincular con el aprendizaje, salvo a niveles de respuesta reflejas. El dolor como castigo o como refuerzo negativo sólo puede ser funcional en una mente capaz de abstraer e inferir premisas generales al punto de construir una amenaza ominosa que genere en el sujeto un temor generalizado y un estado de inhibición reverencial.
El caballo no llegará a comprender la lógica del refuerzo negativo como premisa general y/o el castigo como consecuencia de “malos comportamientos“, sólo puede asociar e identificar determinadas situaciones según su experiencia y actuar en consecuencia. Lo más probable es que termine asociando el dolor con nuestra presencia (porque somos la constante que se repite en cada experiencia dolorosa).
De tal modo, que en lugar de poder corregir errores con el recurso del castigo o el dolor, acabaremos sembrando desconfianza. En casos extremos el caballo llegará a identificar al manejador como la causa del problema o dolor y no solo perderá la confianza sino que desatará sus mecanismos de defensa.
Muchas veces la reiteración indefinida de experiencias dolorosas, o simplemente traumáticas porque aturden sus sentidos, no hace más que sumir al caballo en lo que se conoce como respuesta “nihilista“: el caballo se auto inhibe, segrega endorfinas, cancela toda respuesta, intenta pasar desapercibido para no llamar la atención del agresor o se entrega lisa y llanamente a lo inevitable.El caballo puede reconocer, asociar datos de la realidad conectados inmediatamente pero no puede deducir o inferir premisas generales; puede recordar el dolor ante una experiencia determinada, pero no puede especular o calcularlo como una amenaza tácita, latente, si no hace lo correcto.
Una estrategia racional
Algunos creen que el hombre puede aprender conductas “convenientes” de una manera compulsiva, como una rata, por el dolor y el acto reflejo; sin embargo está demostrado que existe un mecanismo de aprendizaje mucho más eficiente que le permite comprender sin necesidad del estímulo negativo (aunque muchos crean que la mejor manera de disciplinar socialmente a un pueblo sea por la fuerza) de tal modo que, pedagógicamente, esperamos que el hombre aprenda según una estrategia racional.
De la misma manera es dable esperar que el caballo aprenda según su propia estrategia mental.Ahora entonces nos preguntamos, ¿por qué creemos que el caballo no puede aprender conductas si no es por el imperio de la fuerza? ¿No será por nuestro propio miedo, por nuestra ignorancia, que no le damos la oportunidad al caballo de demostrar su inteligencia?
De hecho en sus rutinas diarias el caballo no deja de aprender conductas apropiadas para su supervivencia sin que nadie le imponga el rigor necesario: aprende por imitación, copiando a su madre... lo único necesario es que el caballo reconozca que esa rutina es buena para su supervivencia o su placer o su comodidad o seguridad y que le venga dada por alguien de su confianza.El caballo intenta respuestas para aprender... experimenta y saca sus conclusiones. Si ante la respuesta correcta recibe una gratificación estaremos consolidando respuestas adecuadas, correctas, y él mismo intentará repetirlas para repetir el resultado que resultó satisfactorio o gratificante.
El caballo aprende. De hecho está permanentemente atento a los estímulos del mundo exterior, porque de ello depende su supervivencia. Y no sólo aprende a repetir simples actos reflejos o respuestas condicionadas por estímulos puntuales de golosinas o dolor, según su propia lógica o coherencia, produce respuestas hacia el mundo exterior en un todo de acuerdo con una íntima motivación que lo anima.
Una vez superada la desconfianza, el caballo cederá a su natural y exagerada curiosidad y tratará de incorporar información para sus programas genéticos. Es en ese espacio donde debemos ubicarnos, superada la desconfianza y abierta la curiosidad, presentarnos como un ser confiable que los ayuda a resolver algunos problemas y sobre todo, que cerca nuestro, está seguro y no corre riesgos. Superar la instancia en la que el caballo aún está a la defensiva ante nuestra presencia porque somos una amenaza, lograr su atención, incentivar su curiosidad y establecer una comunicación.
Etiquetas:
Fundamentos,
Suplemento ecuestre
TRABAJO PIE A TIERRA
(artículo publicado en Suplemento Ecuestre, junio/2007)
Flexiones
Un protocolo de entrenamiento incluye un poco de trabajo suelto que puede contener algunos juegos para conseguir soltura y obtener la atención del caballo. Todos estos ejercicios se deberían realizar con el caballo totalmente suelto y no debemos dejar de premiar las ejecuciones, sin abusar en la cantidad ni en las exigencias ya que solo se trata de un poco de descontracción, establecimiento de la atención y concentración necesarias para el resto del trabajo.
Ya con la jáquima colocada y un cabestro ahora vamos a trabajar la flexibilidad del cuello.El tema de las flexiones de cuello está profusamente desarrollado en innumerables tratados de equitación en función de la importancia y trascendencia que tiene.
En principio debemos enseñarle al caballo que ceda a la presión aplicada por el cabestro para que independientemente del resto del cuerpo ceda su cabeza y flexione el cuello en la dirección exigida. Colocados a la altura de las espaldas del caballo o un poco más atrás, tensionamos el ramal aplicando una fuerza que irá de menor a mayor, levemente incrementada, hasta que el caballo dé alguna señal de estar buscando una solución al problema planteado. Las primeras reacciones no superan el pestañeo, hasta que en el mejor de los casos se produce una evidente relajación de los músculos del cuello que culminan con un reflejo de masticación y la cabeza vuelta hacia sus propios flancos. Debemos estar atentos a premiar y acariciar el esfuerzo por mínimo que sea, dejar enderezar la cabeza y repetir dos o tres veces, tratando de obtener progresivamente la flexión más profunda posible. (Este objetivo puede llevar varias sesiones dependiendo de la morfología y temperamento de cada caballo)
El objetivo final es que ante el reclamo o llamada del cabestro el caballo gire su cabeza y ceda su cuello con flexibilidad. Sin que nos veamos en la necesidad de sostener ninguna tensión en el cabestro, el caballo aprende a responder a la señal y no a la acción de una fuerza.
Con este ejercicio podremos advertir los puntos neurálgicos y rigideces del cuello… según la morfología del caballo tendremos un gran repertorio de entregas parciales del cuello; procediendo a palparlo encontraremos nudos de contracturas por los que no pasa la relajación ni la entrega. Mientras demandamos la cesión del cuello aprovechamos para masajear esos puntos buscando relajarlos.
Si el caballo no relaja la tensión que va desde la cruz hasta la nuca, buscará la salida cediendo en otro punto… Algunos torcerán la cabeza (respecto de su propio eje vertical)… otros intentarán salir para atrás… o intentarán hacer un giro manteniendo la tensión todo a lo largo de su columna… Con paciencia, primero debemos mantener al caballo quieto y luego, en repetidas sesiones, iremos buscando que el cuello ceda en toda su longitud y que el caballo independice el cuello del resto del cuerpo. Debemos aceptar las dificultades y limitaciones morfológicas y aceptar, en consecuencia, las respuestas que estén en el camino esperado, por mínimas que sean. Del mismo modo, no debemos permitir que se instalen respuestas incorrectas, que en general son aquellas que mantienen la tensión en algún lugar del cuerpo.
Hay que hacer una advertencia: no se debe perder de vista que este ejercicio puede ser utilizado con la intención de dominar o “liderar” al caballo por presión… el efecto de sumisión por la fuerza puede ser efectivo, pero nuestra intención tiene que estar puesta en que la ejecución sea sin tensiones, con relajación y en forma adecuada a la morfología del caballo, buscando la “aceptación” y no la “imposición”.
La flexión del cuello debe estar confirmada, no deberíamos avanzar hasta no tener flexiones relajadas a ambas manos que cedan ante la menor demanda del cabestro y que demuestren una total independencia del cuello del resto del cuerpo. La flexión lateral del cuello será el fundamento para un equilibrio correcto que no se base en tensiones musculares y para que en el futuro las medias paradas sean eficaces.
Iniciación a la cesión a la pierna
Una vez que el caballo cede el cuello según la ejercitación de las flexiones podemos iniciar dos ejercicios que deben ser combinados y conjugados articuladamente: ceder a la pierna y giro sobre el anterior.
No se trata de un ceder a la pierna expresamente ya que estamos trabajando a pie, pero justamente trataremos de fortalecer la respuesta refleja del caballo a las ayudas en su costilla, primero con la mano.
Con el caballo que ha cedido su cuello hacia uno de sus flancos procedemos, según la sensibilidad del caballo, y de menor a mayor, a estimular la zona de la costilla donde, si estuviéramos montados, podría actuar nuestra pierna, hasta que el caballo cede al estimulo apartándose. Según sus habilidades, responderá con un ceder a la pierna si decide desplazarse o un giro sobre el anterior si deja su mano en el lugar.
Nunca está demás reiterar que debemos supervisar la relajación del cuello: el movimiento que inicie el caballo estimulado en sus costillas debe mantener la incurvación de toda su columna vertebral.
Lo más probable es que, como consecuencia de alguna tensión provocada por los problemas que plantea el ejercicio, el caballo tenga algunas dificultades y en sus primeros ensayos intente enderezar el cuello y girar bruscamente. Para evitar estas respuestas incorrectas, antes que exigir una ejecución impecable de principio a fin, debemos aceptar las mínimas tentativas del caballo para actuar según lo demandado. De otro modo, si toleramos ejecuciones tensionadas estaríamos aceptando una respuesta errónea y más tarde, cuando queramos corregir o exigir una mejor técnica, el caballo difícilmente comprenderá por qué hemos cambiado de parecer en cuanto a cómo se ejecuta esa maniobra.
Los intentos correctos, dentro de las expectativas y según la habilidad de cada caballo, de todas maneras mostrarán algunas variantes sobre la respuesta o la ejecución ideales. Por eso debemos tener claro el objetivo del trabajo: 1. que el caballo ceda y acepte la ayuda; 2. que mueva francamente su posterior interno sin perder la flexión del cuello; 3. que el anterior interno mantenga la suficiente actividad para que la misma espalda no pierda la soltura y libertad necesarias y 4. que sin perder la flexibilidad ni la relajación se pueda advertir un descenso del anca.
Decíamos al comienzo que se trata de combinar estos ejercicios… si el caballo se desplaza como cediendo a la pierna, este desplazamiento debe ser redirigido al enderezamiento dentro de un círculo (digamos de un diámetro que respete la mayor incurvación que tolere cómodamente el caballo) para controlar que la cesión no se convierta en una vía de escape a algunas tensiones que se pudieran haber generado durante la ejecución del ejercicio. Contrariamente, si el caballo deja clavada su mano interna debemos buscar que logre independizarla para que adquiera un movimiento libre y fluido para lo cual insistiremos hasta lograr un esbozo de ceder a la pierna, donde el anterior interno se cruza francamente sobre el exterior, para devolverlo a los pocos trancos (no mas de dos o tres) al círculo con cuello relajado, acción de los cuatro miembros e incurvación sobre la circunferencia del circulo que describe.
No está demás agregar que durante la ejecución de este ejercicio el cabestro debe permanecer colgando y sin tensiones… cualquier imposición por la fuerza entrenará al caballo en una fuerza contraria a la que queremos desarrollar.
Una vez que el caballo se pone “fino” en la ejecución de estas demandas trabajaremos en un círculo para combinar la ampliación de éste en base a una “cesión a la pierna” y una restricción en base a una “espalda adentro”, siempre velando por la relajación, para rematar después de cada secuencia o combinación, con una marcha franca hacia delante en la rectitud dentro del circulo.
Los ejercicios de ceder a la pierna, giro sobre el anterior y espalda adentro son la base de toda equitación clásica. Buscan permeabilidad a las ayudas y flexibilidad, y combinan el aprendizaje de las primeras ayudas de las piernas con las flexiones de cuello.
Flexiones
Un protocolo de entrenamiento incluye un poco de trabajo suelto que puede contener algunos juegos para conseguir soltura y obtener la atención del caballo. Todos estos ejercicios se deberían realizar con el caballo totalmente suelto y no debemos dejar de premiar las ejecuciones, sin abusar en la cantidad ni en las exigencias ya que solo se trata de un poco de descontracción, establecimiento de la atención y concentración necesarias para el resto del trabajo.
Ya con la jáquima colocada y un cabestro ahora vamos a trabajar la flexibilidad del cuello.El tema de las flexiones de cuello está profusamente desarrollado en innumerables tratados de equitación en función de la importancia y trascendencia que tiene.
En principio debemos enseñarle al caballo que ceda a la presión aplicada por el cabestro para que independientemente del resto del cuerpo ceda su cabeza y flexione el cuello en la dirección exigida. Colocados a la altura de las espaldas del caballo o un poco más atrás, tensionamos el ramal aplicando una fuerza que irá de menor a mayor, levemente incrementada, hasta que el caballo dé alguna señal de estar buscando una solución al problema planteado. Las primeras reacciones no superan el pestañeo, hasta que en el mejor de los casos se produce una evidente relajación de los músculos del cuello que culminan con un reflejo de masticación y la cabeza vuelta hacia sus propios flancos. Debemos estar atentos a premiar y acariciar el esfuerzo por mínimo que sea, dejar enderezar la cabeza y repetir dos o tres veces, tratando de obtener progresivamente la flexión más profunda posible. (Este objetivo puede llevar varias sesiones dependiendo de la morfología y temperamento de cada caballo)
El objetivo final es que ante el reclamo o llamada del cabestro el caballo gire su cabeza y ceda su cuello con flexibilidad. Sin que nos veamos en la necesidad de sostener ninguna tensión en el cabestro, el caballo aprende a responder a la señal y no a la acción de una fuerza.
Con este ejercicio podremos advertir los puntos neurálgicos y rigideces del cuello… según la morfología del caballo tendremos un gran repertorio de entregas parciales del cuello; procediendo a palparlo encontraremos nudos de contracturas por los que no pasa la relajación ni la entrega. Mientras demandamos la cesión del cuello aprovechamos para masajear esos puntos buscando relajarlos.
Si el caballo no relaja la tensión que va desde la cruz hasta la nuca, buscará la salida cediendo en otro punto… Algunos torcerán la cabeza (respecto de su propio eje vertical)… otros intentarán salir para atrás… o intentarán hacer un giro manteniendo la tensión todo a lo largo de su columna… Con paciencia, primero debemos mantener al caballo quieto y luego, en repetidas sesiones, iremos buscando que el cuello ceda en toda su longitud y que el caballo independice el cuello del resto del cuerpo. Debemos aceptar las dificultades y limitaciones morfológicas y aceptar, en consecuencia, las respuestas que estén en el camino esperado, por mínimas que sean. Del mismo modo, no debemos permitir que se instalen respuestas incorrectas, que en general son aquellas que mantienen la tensión en algún lugar del cuerpo.
Hay que hacer una advertencia: no se debe perder de vista que este ejercicio puede ser utilizado con la intención de dominar o “liderar” al caballo por presión… el efecto de sumisión por la fuerza puede ser efectivo, pero nuestra intención tiene que estar puesta en que la ejecución sea sin tensiones, con relajación y en forma adecuada a la morfología del caballo, buscando la “aceptación” y no la “imposición”.
La flexión del cuello debe estar confirmada, no deberíamos avanzar hasta no tener flexiones relajadas a ambas manos que cedan ante la menor demanda del cabestro y que demuestren una total independencia del cuello del resto del cuerpo. La flexión lateral del cuello será el fundamento para un equilibrio correcto que no se base en tensiones musculares y para que en el futuro las medias paradas sean eficaces.
Iniciación a la cesión a la pierna
Una vez que el caballo cede el cuello según la ejercitación de las flexiones podemos iniciar dos ejercicios que deben ser combinados y conjugados articuladamente: ceder a la pierna y giro sobre el anterior.
No se trata de un ceder a la pierna expresamente ya que estamos trabajando a pie, pero justamente trataremos de fortalecer la respuesta refleja del caballo a las ayudas en su costilla, primero con la mano.
Con el caballo que ha cedido su cuello hacia uno de sus flancos procedemos, según la sensibilidad del caballo, y de menor a mayor, a estimular la zona de la costilla donde, si estuviéramos montados, podría actuar nuestra pierna, hasta que el caballo cede al estimulo apartándose. Según sus habilidades, responderá con un ceder a la pierna si decide desplazarse o un giro sobre el anterior si deja su mano en el lugar.
Nunca está demás reiterar que debemos supervisar la relajación del cuello: el movimiento que inicie el caballo estimulado en sus costillas debe mantener la incurvación de toda su columna vertebral.
Lo más probable es que, como consecuencia de alguna tensión provocada por los problemas que plantea el ejercicio, el caballo tenga algunas dificultades y en sus primeros ensayos intente enderezar el cuello y girar bruscamente. Para evitar estas respuestas incorrectas, antes que exigir una ejecución impecable de principio a fin, debemos aceptar las mínimas tentativas del caballo para actuar según lo demandado. De otro modo, si toleramos ejecuciones tensionadas estaríamos aceptando una respuesta errónea y más tarde, cuando queramos corregir o exigir una mejor técnica, el caballo difícilmente comprenderá por qué hemos cambiado de parecer en cuanto a cómo se ejecuta esa maniobra.
Los intentos correctos, dentro de las expectativas y según la habilidad de cada caballo, de todas maneras mostrarán algunas variantes sobre la respuesta o la ejecución ideales. Por eso debemos tener claro el objetivo del trabajo: 1. que el caballo ceda y acepte la ayuda; 2. que mueva francamente su posterior interno sin perder la flexión del cuello; 3. que el anterior interno mantenga la suficiente actividad para que la misma espalda no pierda la soltura y libertad necesarias y 4. que sin perder la flexibilidad ni la relajación se pueda advertir un descenso del anca.
Decíamos al comienzo que se trata de combinar estos ejercicios… si el caballo se desplaza como cediendo a la pierna, este desplazamiento debe ser redirigido al enderezamiento dentro de un círculo (digamos de un diámetro que respete la mayor incurvación que tolere cómodamente el caballo) para controlar que la cesión no se convierta en una vía de escape a algunas tensiones que se pudieran haber generado durante la ejecución del ejercicio. Contrariamente, si el caballo deja clavada su mano interna debemos buscar que logre independizarla para que adquiera un movimiento libre y fluido para lo cual insistiremos hasta lograr un esbozo de ceder a la pierna, donde el anterior interno se cruza francamente sobre el exterior, para devolverlo a los pocos trancos (no mas de dos o tres) al círculo con cuello relajado, acción de los cuatro miembros e incurvación sobre la circunferencia del circulo que describe.
No está demás agregar que durante la ejecución de este ejercicio el cabestro debe permanecer colgando y sin tensiones… cualquier imposición por la fuerza entrenará al caballo en una fuerza contraria a la que queremos desarrollar.
Una vez que el caballo se pone “fino” en la ejecución de estas demandas trabajaremos en un círculo para combinar la ampliación de éste en base a una “cesión a la pierna” y una restricción en base a una “espalda adentro”, siempre velando por la relajación, para rematar después de cada secuencia o combinación, con una marcha franca hacia delante en la rectitud dentro del circulo.
Los ejercicios de ceder a la pierna, giro sobre el anterior y espalda adentro son la base de toda equitación clásica. Buscan permeabilidad a las ayudas y flexibilidad, y combinan el aprendizaje de las primeras ayudas de las piernas con las flexiones de cuello.
Etiquetas:
Suplemento ecuestre,
Técnicas y procedimientos
martes, marzo 20, 2007
Pie a tierra con riendas largas
El trabajo pie a tierra con dos riendas largas resulta muy práctico y sobre todo nos permite avanzar paulatinamente durante la iniciación, confirmando y asegurando el aprendizaje del caballo.
Es cierto que en un principio puede resultar algo complicado arreglarse con las dos cuerdas y dominar la conducción con habilidad y agilidad, pero vale la pena hacer el esfuerzo porque este manejo beneficiará nuestro tacto.
En un primer momento trabajamos dentro del circular o del cuadrilátero, con las riendas atadas a la jáquima y pasadas por los estribos (que habremos atado por debajo del caballo).
Los primeros objetivos consisten en confirmar la marcha tranquila al paso y al trote, la respuesta a la voz de alto y los giros y vueltas.
Las ayudas (mensajes) con las cuerdas no deben ser nunca de retracción, los altos se deben ejecutar del mismo modo que lo hacíamos con el caballo suelto, adelantando nuestro cuerpo… los giros y vueltas se iniciarán demandando primero una flexión del cuello.
En un principio marcharemos siempre en forma lateral respecto de la dirección de marcha del caballo, en una posición similar al trabajo a la cuerda… con los primeros ensayos de cambios de mano en el círculo advertiremos que el caballo se sorprende un poco al perdernos de vista. Para colocarnos definitivamente por detrás del caballo necesitaremos unas cuantas sesiones.
Además de estos objetivos elementales, el trabajo pie a tierra con riendas largas introduce al caballo en la importancia de la rienda externa y más adelante cuando podemos marchar detrás suyo, el caballo aprende a recibir órdenes sin tenernos a la vista y empieza a trabajar en la rectitud. Consideremos que hasta ahora el caballo siempre ha visto nuestros gestos y órdenes, pero ahora no solo no nos verá sino que además debe tener la voluntad de ir por delante, ya no nos sigue, sino que ahora debe ejecutar poniendo algo más de voluntad, decisión e iniciativa. Recibirá las órdenes a través de la voz y de las indicaciones de las riendas que actuando sobre los flancos semejarán la acción de nuestras piernas y sobre los garrones activarán la impulsión y su accionar cada vez que sea necesario.
Recién cuando hayamos confirmado una marcha segura en línea recta y sobre todo altos sin necesidad de aplicar tensión en las riendas, podemos aventurarnos a un paseo que poco a poco puede ir incluyendo diversas alternativas: zigzag entre árboles, subidas y bajadas en desniveles propios del terreno, pasar por sitios estrechos, pasar pequeñas zanjas o banquinas… es válida toda maniobra que nos ayude a confirmar la confianza del caballo Lo único que debemos velar es por evitar todo manejo brusco o de riendas tensas… o tratar de imponer caprichosamente alguna maniobra que si no ocurre espontáneamente, nos advertirá sobre que el caballo aun no está tan maduro como debiera…
Con las riendas largas también podemos introducirnos en ejercicios de lateralización, ceder a la pierna y apoyos.
La marcha del caballo debe ser animada por constantes demandas de flexibilidad del cuello a una mano y a la otra, acompasadas según la marcha de las espaldas… cada tanto repetiremos altos y aprovecharemos para acercarnos al cuello del caballo y felicitarlo con caricias y halagos.
Como decíamos, el trabajo con riendas largas nos permite confirmar lo aprendido por el caballo en cuanto a conducción y confianza… no se trata de que el caballo aprenda a hacer ejercicios aislados, se trata de desarrollar una confianza simbiótica, de tal modo que el caballo pueda ejecutar prácticamente cualquier demanda o enfrentar cualquier obstáculo con la certeza que nuestras pedidos no son ni abusivos ni exorbitantes. Cimentando de tal modo la confianza en sí mismo.
De otro modo el caballo aprende aisladamente, sin articular ni combinar; por ejemplo, aprende a subir a un trailer pero en determinadas circunstancias, cuando éstas cambian, todo cambia y hay que reconducir el manejo. El caballo antes que nada debe aprender a estar seguro de sí mismo, que no le pediremos nada que no pueda hacer, y esta disposición de ánimo nos ayudará a resolver cualquier circunstancia.
Es cierto que en un principio puede resultar algo complicado arreglarse con las dos cuerdas y dominar la conducción con habilidad y agilidad, pero vale la pena hacer el esfuerzo porque este manejo beneficiará nuestro tacto.
En un primer momento trabajamos dentro del circular o del cuadrilátero, con las riendas atadas a la jáquima y pasadas por los estribos (que habremos atado por debajo del caballo).
Los primeros objetivos consisten en confirmar la marcha tranquila al paso y al trote, la respuesta a la voz de alto y los giros y vueltas.
Las ayudas (mensajes) con las cuerdas no deben ser nunca de retracción, los altos se deben ejecutar del mismo modo que lo hacíamos con el caballo suelto, adelantando nuestro cuerpo… los giros y vueltas se iniciarán demandando primero una flexión del cuello.
En un principio marcharemos siempre en forma lateral respecto de la dirección de marcha del caballo, en una posición similar al trabajo a la cuerda… con los primeros ensayos de cambios de mano en el círculo advertiremos que el caballo se sorprende un poco al perdernos de vista. Para colocarnos definitivamente por detrás del caballo necesitaremos unas cuantas sesiones.
Además de estos objetivos elementales, el trabajo pie a tierra con riendas largas introduce al caballo en la importancia de la rienda externa y más adelante cuando podemos marchar detrás suyo, el caballo aprende a recibir órdenes sin tenernos a la vista y empieza a trabajar en la rectitud. Consideremos que hasta ahora el caballo siempre ha visto nuestros gestos y órdenes, pero ahora no solo no nos verá sino que además debe tener la voluntad de ir por delante, ya no nos sigue, sino que ahora debe ejecutar poniendo algo más de voluntad, decisión e iniciativa. Recibirá las órdenes a través de la voz y de las indicaciones de las riendas que actuando sobre los flancos semejarán la acción de nuestras piernas y sobre los garrones activarán la impulsión y su accionar cada vez que sea necesario.
Recién cuando hayamos confirmado una marcha segura en línea recta y sobre todo altos sin necesidad de aplicar tensión en las riendas, podemos aventurarnos a un paseo que poco a poco puede ir incluyendo diversas alternativas: zigzag entre árboles, subidas y bajadas en desniveles propios del terreno, pasar por sitios estrechos, pasar pequeñas zanjas o banquinas… es válida toda maniobra que nos ayude a confirmar la confianza del caballo Lo único que debemos velar es por evitar todo manejo brusco o de riendas tensas… o tratar de imponer caprichosamente alguna maniobra que si no ocurre espontáneamente, nos advertirá sobre que el caballo aun no está tan maduro como debiera…
Con las riendas largas también podemos introducirnos en ejercicios de lateralización, ceder a la pierna y apoyos.
La marcha del caballo debe ser animada por constantes demandas de flexibilidad del cuello a una mano y a la otra, acompasadas según la marcha de las espaldas… cada tanto repetiremos altos y aprovecharemos para acercarnos al cuello del caballo y felicitarlo con caricias y halagos.
Como decíamos, el trabajo con riendas largas nos permite confirmar lo aprendido por el caballo en cuanto a conducción y confianza… no se trata de que el caballo aprenda a hacer ejercicios aislados, se trata de desarrollar una confianza simbiótica, de tal modo que el caballo pueda ejecutar prácticamente cualquier demanda o enfrentar cualquier obstáculo con la certeza que nuestras pedidos no son ni abusivos ni exorbitantes. Cimentando de tal modo la confianza en sí mismo.
De otro modo el caballo aprende aisladamente, sin articular ni combinar; por ejemplo, aprende a subir a un trailer pero en determinadas circunstancias, cuando éstas cambian, todo cambia y hay que reconducir el manejo. El caballo antes que nada debe aprender a estar seguro de sí mismo, que no le pediremos nada que no pueda hacer, y esta disposición de ánimo nos ayudará a resolver cualquier circunstancia.
Etiquetas:
Técnicas y procedimientos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







