Cuando la ética se vuelve un problema de comunicación
En el debate contemporáneo sobre el abuso en la equitación, solemos oír lo mismo de siempre: actos condenables versus defensores del bienestar animal. Pero quizás la verdadera pregunta no sea únicamente moral, sino sobre cómo pensamos la relación entre jinete y caballo desde dentro. Lo que propongo aquí es una mirada que desplaza el foco: no tanto sobre el juicio de intenciones, sino sobre la organización del vínculo como un sistema de información.
La equitación como tecnología de comunicación
La equitación no es un código moral, ni un conjunto de reglas éticas abstractas. Es, antes que nada, una tecnología de mediación entre dos organismos: humano y caballo. Un flujo continuo de señales —peso, equilibrio, respiración, intención— que se despliegan y se responden en tiempo real. Desde esta perspectiva, montar no es dominar, ni siquiera convivir: es comunicar.
Cuando pensamos así, la relación deja de ser una metáfora de respeto o dominio para convertirse en un canal de información, donde cada gesto es un dato y cada respuesta una confirmación o negación de sintonía.
¿Qué es el abuso, entonces?
Si entendemos la equitación como un canal de información, el abuso —gritos, presión excesiva, violencia directa— ya no es simplemente un acto “moralmente malo”. Es ruido. Ruido que:
satura el canal
degrada la señal
impide que el caballo procese lo que se intenta transmitir
Esto no solo altera el vínculo momentáneamente: lo desorganiza. El caballo no recibe información clara; recibe una mezcla ininteligible de impulsos que desencadenan instinto de defensa, tensión o confusión.
El problema fundamental no es la mala intención, sino la interrupción de la comunicación eficaz.
¿Y la crítica moral?
Aquí es donde quiero desafiar una presunción común: la crítica moral —incluso la bienintencionada— puede introducir ruido equivalente. Cuando el discurso protector se vuelve absolutista, simplificándolo todo en términos de “mal” o “bien”, aquello que intentamos defender termina siendo desplazado:
el caballo, otra vez, queda segundo
la discusión se convierte en batalla de identidades
el foco se va del vínculo a la moral pública
En tu blog, ya has explorado cómo la teoría de la información describe canales eficaces y saturados. Cuando la crítica moral se impulsa desde la indignación, puede exceder la capacidad del canal, sustituyendo la comprensión por polarización.
No digo que no haya razones morales para señalar prácticas destructivas. Digo que el juicio por sí solo no repara la relación, y muchas veces —sin querer— contribuye a fragmentar la escena ecuestre en bandos irreconciliables.
Egos contrapuestos
El manejo violento del caballo y el predicador moral comparten una misma característica: colocan al sujeto por encima del sistema.
El primero desborda el canal con impulsos desorganizados.
El segundo lo hace con dicotomías que no permiten matices ni comprensión profunda.
Ambos sobrecargan la comunicación, aunque lo hacen desde terrenos distintos: uno desde la violencia directa, otro desde la simplificación moral. En los dos casos, el canal —el vínculo— se degrada.
Hacia una ética operativa
Una ética que valga para la equitación no debería ser solo una colección de prohibiciones o declaraciones. Debe mirar cómo se organiza la comunicación, cómo se genera coherencia entre señales y respuestas.
Esto implica:
escuchar antes de juzgar
observar más allá de la moral impresa
valorar la sintonía efectiva sobre la retórica de virtuosidad
La ética, entonces, no emerge de consignas, ni de consignaciones de culpa, sino de la coherencia operativa entre jinete y caballo.
Cierre
En el mundo ecuestre, hablar de abuso sin hablar de sistema es perder el sentido de lo que realmente está en juego: el flujo de información que posibilita la relación. Tanto el que hace ruido con la mano como el que lo hace con la palabra dejan de lado al caballo como interlocutor real.
Si queremos avanzar, necesitamos no solo condenar, sino comprender cómo se degradan o restauran los canales de comunicación que nos unen a estos animales. Solo así, quizá, podamos dejar de hablar sobre la relación para empezar a escucharla.

