La libertad como disrupción
Tecnología naturalizada y el arte del suceso
Decir que el ser es verbo no es una metáfora elegante ni una concesión lingüística: es una corrección ontológica. Durante siglos confundimos el ser con una cosa, con un objeto estable al que se le pueden atribuir propiedades. Pero el ser no está ahí: acontece. No se posee, no se conserva, no se garantiza. El ser es acción, ejecución, resolución de tensiones en tiempo real. Todo lo demás es archivo.
Desde este punto de partida, la libertad deja de ser una cualidad moral o un derecho abstracto y pasa a ser lo que verdaderamente es: una potencia del hacer. No existe como estado previo ni como promesa futura. La libertad no espera; irrumpe. Para la equitación —y para toda práctica viva— la libertad es disrupción: la capacidad de interrumpir la inercia del hábito, de suspender por un instante la gravedad de la repetición. No hay libertad antes del gesto. La libertad se juega en el gesto.
Somos, en gran medida, máquinas de repetir. El cuerpo, el lenguaje, el aprendizaje y la técnica tienden naturalmente a la economía del automatismo. Pero la práctica viva comienza allí donde esa repetición deja de ser ciega. La libertad no consiste en escapar del automatismo, sino en saber interrumpirlo sin destruir el sistema.
Para ejercer esa interrupción hace falta reconocer nuestra verdadera condición. El ser humano no “usa” tecnología desde afuera: está constituido por ella. El lenguaje, la escritura, la abstracción, la memoria técnica no son añadidos artificiales, sino tecnologías naturalizadas por el uso y el tiempo. La naturaleza no es lo opuesto al artificio; es su forma más antigua.
En la pista, esta comprensión transforma la escena. El encuentro entre el hombre y el caballo no es la confrontación entre un sujeto consciente y un organismo instintivo, ni una negociación entre dominio y respeto. Es el acoplamiento de dos sistemas heterogéneos que operan en registros distintos. El jinete aporta tecnologías simbólicas: anticipación, intención, lenguaje abstracto. El caballo aporta tecnologías orgánicas: sensibilidad tónica, respuesta motriz, regulación nerviosa. El binomio no es la suma de ambos, sino el sistema que emerge de su interacción.
La libertad aparece cuando ese sistema logra interrumpir su propia inercia. No como estallido ni como desborde, sino como franqueamiento. Algo se destraba. El flujo, antes retenido por el hábito o por el mandato, recupera continuidad y sentido. La disrupción auténtica no se reconoce por su violencia, sino por su claridad. El fenómeno se manifiesta sin ruido, como si siempre hubiera estado ahí esperando permiso.
Esa novedad no es antitécnica; es su culminación. Toda técnica viva produce un nuevo modo de relación con lo real. La escritura no añadió información al mundo: transformó la memoria. Del mismo modo, cuando el binomio se ecualiza con justeza, no ejecuta mejor una figura: inaugura una inteligencia distinta del movimiento.
Ser libre en la pista es aceptar una tarea exigente: interrumpir la repetición sin romper la coherencia. No se trata de buscar proezas ni gestos excepcionales. En esta escala de valores, una partida al galope puede tener la misma densidad que un piaffe. El criterio no es la dificultad, sino la calidad del suceso.
Cuando el binomio deja de repetir y comienza a crear —crear no como originalidad ingeniosa, sino como el simple acto de dar a luz— la técnica se transmuta en arte. No como ornamento ni como espectáculo, sino como operatividad plena de la vida.
Montar es, en última instancia, el ejercicio consciente de esa posibilidad: permitir que la acción interrumpa la inercia sin perder forma. Allí, la libertad no se proclama ni se explica: se ejecuta.

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