viernes, febrero 06, 2026

El bienestar como obstáculo epistemológico

El bienestar como obstáculo epistemológico




En el discurso ecuestre contemporáneo, pocas nociones gozan de un consenso tan amplio y tan inmediato como la de bienestar. Su valor parece evidente, su legitimidad incuestionable. Sin embargo, justamente por ese estatuto moral incontestado, el bienestar ha dejado de funcionar como herramienta de análisis para convertirse en un imperativo. Y cuando eso ocurre, lejos de esclarecer la relación humano–caballo, comienza a volverla ilegible.

El problema no es la preocupación por las condiciones de vida ni la reducción del sufrimiento evitable. El problema aparece cuando el bienestar se transforma en un marco moral que pretende evaluar la relación en términos de corrección o falta, de legitimidad o transgresión. En ese punto, el bienestar ya no describe lo que ocurre: juzga. Y al juzgar, ya no permite ver ni comprender.

Buena parte de la equitación actual ha abandonado el viejo lenguaje mecanicista del estímulo y la respuesta para adoptar un vocabulario aparentemente más sensible: escucha, emoción, consentimiento, colaboración. Sin embargo, el cambio suele ser más retórico que conceptual. Se suaviza el lenguaje, pero se conserva intacta la estructura causal: si algo no funciona, alguien ha fallado. La diferencia es que ahora el error ya no es técnico, sino moral.

Desde este marco, el caballo parece “decir que no”, “expresar un desacuerdo” o “negar su consentimiento”. La relación se traduce así a un plano moral y psicológico que tranquiliza el relato humano, pero empobrece la comprensión del fenómeno. El caballo no responde como sujeto moral que consiente el bien ni como interlocutor que comparte un lenguaje normativo. Responde desde un marco relacional ya activo, desde un contexto que lo está modificando en tiempo real. Incluso cuando hay evaluación, memoria o preferencia, estas no operan en el plano del consentimiento moral, sino como efectos de una dinámica en curso.

Pensar la relación en términos sistémicos implica un desplazamiento más radical: no solo el caballo responde como parte de un sistema, también el manejador es integrado, afectado y ecualizado por esa misma dinámica. No hay un sujeto moral externo que intervenga desde fuera del sistema para regularlo según valores previos. Hay cuerpos implicados en una relación viva que los modifica a ambos. El sistema no es el escenario de la acción: es lo que está ocurriendo.

Desde esta perspectiva, la resistencia deja de ser una falta ética y se vuelve un dato. La tensión deja de exigir justificación y pasa a ser información. El conflicto ya no aparece como una anomalía que deba ser suprimida en nombre del bienestar, sino como una expresión legítima de una configuración relacional concreta.

Aquí se vuelve visible una paradoja contemporánea: incluso muchos manejadores que se identifican con corrientes llamadas “naturales” se ven hoy reprochados moralmente y obligados a justificarse dentro del mismo marco ético que pretendían superar. El debate se vuelve imposible, no porque falten argumentos, sino porque el juicio moral nunca puede ser satisfecho. Un domador no es un monje tibetano apartado del mundo: es alguien que ha decidido enfrentar lo vivo, aceptar la implicación corporal y asumir dinámicas conflictivas. Allí donde hay cuerpo a cuerpo, no hay pureza moral posible.

Quizás por eso la equitación se ha convertido, sin saberlo, en un campo privilegiado donde se ensayan ciertas políticas contemporáneas del vínculo.

Una ética de la relación no consiste en negar el conflicto ni en recubrirlo de buenas intenciones, sino en hacerlo legible. No comienza cuando desaparece la tensión, sino cuando se deja de moralizarla. Donde la asimetría no se disimula bajo la retórica del consentimiento y donde el poder no se niega, sino que se reconoce como condición del sistema.

Tal vez el desafío no consista en producir relaciones cada vez más “correctas” desde el punto de vista moral, sino en construir sistemas cada vez más comprensibles. Sistemas donde las respuestas del caballo y del humano no sean juzgadas como fallas éticas, sino leídas como emergencias de una relación concreta. Solo allí el cuidado deja de ser un imperativo abstracto y puede devenir una práctica rigurosa.

El bienestar, cuando se vuelve incuestionable, no esclarece la relación: la clausura. Y el pensamiento comienza, casi siempre, cuando esa clausura se rompe.


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