lunes, enero 12, 2026

El error como ruido sistémico


Antes de discutir el uso ético de la noción de ruido en la equitación, conviene precisar qué entendemos por error y dónde lo situamos.

 Este texto propone un marco conceptual previo a cualquier juicio ético: pensar el error como un fenómeno sistémico antes de evaluarlo moralmente.

En este texto propongo un desplazamiento deliberado: dejar de pensar el error como una falla del individuo para abordarlo como un fenómeno sistémico, una forma de ruido que emerge cuando las coordinaciones dejan de estabilizarse. No se trata de una indulgencia teórica ni de una negación de la responsabilidad, sino de un cambio de plano que permite intervenir con mayor precisión y menor violencia.

El objetivo no es redefinir el error en abstracto, sino ofrecer un marco operativo para el entrenamiento ecuestre: un modo de leer lo que ocurre cuando algo no funciona, sin reducirlo a culpa, carácter o déficit personal.

1. Desplazamiento del problema

En la tradición clásica del entrenamiento —y de buena parte de la pedagogía— el error suele pensarse como una falla localizada en el sujeto: falta de atención, déficit técnico, mala interpretación de la consigna o carencia de talento. Esta localización no es neutra: produce inmediatamente una economía moral del error, donde alguien se equivoca, alguien es responsable y alguien debe corregirse.

La perspectiva sistémica propone un desplazamiento más radical: el error no pertenece primariamente al sujeto sino al sistema de interacciones en el que la acción tiene lugar. No es un atributo interno ni una propiedad psicológica, sino un fenómeno emergente que aparece cuando las coordinaciones del sistema dejan de estabilizarse.

Este desplazamiento no absuelve ni diluye responsabilidades; cambia con precisión el lugar donde el problema debe ser pensado y abordado.


2. Error y ruido

Desde la teoría de sistemas y la cibernética, el ruido no designa un fallo puntual, sino una perturbación que interfiere en la transmisión, la coordinación o la regulación de un proceso dentro de un sistema delimitado. El ruido no es exterior al sistema: es una de las formas en que el sistema manifiesta sus límites de organización.

Pensar el error como ruido implica comprenderlo como una diferencia no integrada: una variación que el sistema, en su configuración actual, no logra absorber ni transformar en información funcional.

En este sentido, el error no es lo opuesto al aprendizaje. Por el contrario, señala un punto crítico donde el sistema está siendo exigido más allá de su actual capacidad de organización.


3. Delimitación del sistema mínimo relevante

Para evitar que la noción de sistema se vuelva abstracta o ilimitada, es necesario delimitar un sistema mínimo de análisis. En el contexto del entrenamiento ecuestre, ese sistema no es ni el caballo aislado ni el jinete aislado, sino al menos la siguiente configuración:

  • el caballo,

  • el jinete,

  • la consigna operativa (explícita o implícita),

  • el contexto inmediato de ejecución.

El error aparece cuando esta configuración pierde coherencia funcional: cuando las señales no se traducen en coordinaciones estables, cuando las respuestas del caballo no encuentran una lectura ajustada, o cuando la consigna deja de organizar la acción.

Hablar de error sin especificar este sistema conduce inevitablemente a la personalización del problema y a la búsqueda de fallas en el individuo.


4. Responsabilidad sin culpabilización

Ubicar el error en el sistema no elimina la responsabilidad: la redefine con mayor exigencia. La responsabilidad ya no es psicológica ni moral, sino posicional y operativa.

Cada rol dentro del sistema —jinete, entrenador, entorno— tiene una responsabilidad específica en la reorganización del intercambio cuando el ruido persiste. No se trata de identificar quién falló, sino de decidir desde qué lugar puede intervenirse para restablecer condiciones de coordinación.

Esta distinción es crucial: mientras la culpabilización bloquea el aprendizaje, la responsabilidad sistémica lo vuelve operable.


5. Criterio operativo

Un criterio operativo se vuelve entonces indispensable:

Cuando el error se repite, no debe corregirse la ejecución aislada, sino la organización del sistema que la produce.

Corregir sin reorganizar es insistir sobre el ruido.

Esto puede implicar modificar la consigna, el ritmo de exigencia, la secuencia de aprendizaje, la mediación del jinete o incluso las condiciones contextuales. El foco deja de estar en “hacerlo bien” y pasa a estar en crear condiciones para que la coordinación emerja.


6. Consecuencias prácticas

Desde esta perspectiva, el error deja de ser una anomalía que debe eliminarse y pasa a ser un indicador privilegiado del estado del sistema y de sus límites actuales de organización. No señala incompetencia individual, sino límites actuales de organización.

Leído de este modo, el error no humilla ni desacredita: informa. Y lo que informa no es sobre el valor del sujeto, sino sobre el tipo de sistema que está siendo puesto en juego.

Esta lectura no es indulgente, sino más exigente: obliga a pensar, a intervenir y a reorganizar, en lugar de simplemente corregir conductas.

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