Por qué hablamos de equitación alternativa
La discusión sobre la equitación no es, como suele presentarse, una simple diferencia de métodos o sensibilidades. En su núcleo hay un conflicto ontológico que no puede eludirse sin costo: qué hacer con el caballo. No como consigna técnica ni como dilema sentimental, sino como problema real, histórico y político. Cualquier posición —intervenir o no hacerlo— implica ya una forma de decisión, de responsabilidad y de poder sobre lo vivo.
En un extremo, la apelación a lo natural: no intervenir, no montar, no alterar. Pero llevada a su límite, esta posición abre interrogantes que rara vez se formulan con honestidad. ¿Qué significa abandonar a su suerte a una especie domesticada durante siglos? ¿No intervenir siquiera ante el sufrimiento sanitario? ¿Aceptar la regresión genética, la proliferación incontrolada o incluso la extinción en nombre de una pureza ideal? La naturaleza invocada como refugio puede convertirse, sin advertirlo, en una forma de desentendimiento práctico.
En el extremo opuesto, la lógica del dominio: selección genética intensiva, control exhaustivo del cuerpo, optimización del rendimiento y una industria competitiva que celebra la ingeniería como máxima expresión del deporte. Aquí el caballo deja de ser un ser vivo en relación para convertirse en un soporte biológico de la eficacia, un medio perfeccionable al servicio de un fin.
Entre estos polos —abandono idealizado y control total— la discusión suele empantanarse en juicios morales, identidades y banderas. Tradicionales contra naturales. Montar o no montar. Elegir un lado parece clausurar el problema, cuando en realidad lo simplifica. La polarización no responde a la pregunta central: cómo organizar una relación viable con un ser vivo que ya no pertenece a la naturaleza salvaje ni puede reducirse a un artefacto.
Es en este punto donde se vuelve necesario cambiar el paisaje conceptual. No para dictar una respuesta definitiva, ni para fundar una nueva ortodoxia, sino para salir de una disputa que ya no produce comprensión. Hablar de equitación alternativa nombra ese desplazamiento. No designa un estilo más amable ni una estética distinta, sino una apertura conceptual frente al paradigma mecanicista y conductista.
Allí donde la tradición tiende a pensar al caballo como un sistema de estímulo–respuesta y al jinete como su operador, esta perspectiva propone otra entrada: entender que el individuo —humano o animal— no es un punto de partida, sino un estado transitorio de un proceso de individuación. No hay sujetos plenamente constituidos que luego se relacionan; hay procesos en curso que, al acoplarse, producen momentáneamente aquello que llamamos individuo.
Desde esta mirada, la equitación deja de ser un problema de dominio o de abstención para volverse una cuestión de organización del sistema. El foco se desplaza del sujeto que manda hacia las condiciones que permiten o bloquean la emergencia de coherencia. No se trata de negar la técnica ni de disolver la responsabilidad, sino de comprender que la relación no se sostiene por identidades fijas, sino por la capacidad de resolver tensiones y generar condiciones de coherencia.
Aquí cobra sentido una noción a menudo malinterpretada: la intrepidez. No como valentía psicológica del jinete ni como gesto heroico, sino en su acepción más precisa: lo que no tiembla. La intrepidez no pertenece al sujeto, sino al sistema cuando ha eliminado el ruido y la vacilación. Es la consistencia operativa que permite que lo real fluya sin quedar atrapado en el control o en la parálisis.
El binomio se configura así como un lugar de confluencia. Un territorio donde flujos heterogéneos se articulan y producen un salto cualitativo, del mismo modo en que el hidrógeno y el oxígeno, al reunirse bajo ciertas condiciones, dejan de ser lo que eran para convertirse en agua. Es una imagen operativa de la vida como inteligencia combinatoria.
En este punto, el individuo vuelve a mostrarse como fenómeno circunstancial. La maestría no reside en poseer una esencia superior ni en elegir el bando correcto, sino en la capacidad de habitar el proceso con la permeabilidad suficiente para que algo nuevo emerja. En la pista —como en la vida— somos reales mientras el sistema no se cierra sobre identidades rígidas y el movimiento no se detiene. La equitación alternativa no propone una respuesta definitiva, sino un marco para que la relación siga siendo posible.

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