Equitación, artificio y organización abierta
Hay una canción del dúo argentino Pastoral, En el hospicio, que relata el encierro de un hombre por una pregunta aparentemente absurda: si el perro es perro y nada más.
La escena no describe un delirio exuberante, sino algo más inquietante: una literalidad extrema. La sospecha de que las cosas deban coincidir plenamente consigo mismas, que agoten su sentido en lo que son.
Pero ¿y si la locura no consistiera en ver demasiado, sino en ver solo?
¿Y si un mundo donde el perro es únicamente perro —sin excedente, sin relación, sin desplazamiento— fuera, en realidad, un mundo inerte?
Trasladada al campo ecuestre, la pregunta se vuelve decisiva:
¿qué sería el caballo si fuera solo caballo?
El caballo como fenómeno, no como esencia
Pensar al caballo desde una definición esencialista y naturalista implica concebirlo como un organismo cerrado, autosuficiente, plenamente definido por su biología.
Pero ese caballo —si existiera— no tendría mundo.
No habría relación, aprendizaje, técnica ni arte ecuestre.
Habría un organismo, pero no un fenómeno.
A esto debe agregarse un dato decisivo que toda idealización de la “naturaleza pura” suele omitir: el caballo que hoy conocemos y apreciamos ya es producto de una larga historia de domesticación.
Su morfología, su temperamento, su plasticidad conductual y su capacidad de aprendizaje no son rasgos simplemente dados, sino el resultado de una interacción prolongada con el hombre. Pensar al caballo como una esencia previa a toda relación humana no solo es conceptualmente problemático: es históricamente falso. Sin esa co-evolución —biológica, técnica y simbólica— es incluso plausible que el caballo, tal como lo conocemos, ya no existiera.
El caballo reducido a su pura esencia natural no solo carecería de mundo:
carecería también de historia.
Cuando “caballo” se extiende más allá del caballo
El ejemplo de Corleo, desarrollado por Kawasaki Heavy Industries, lleva esta cuestión al límite.
Corleo no es un animal:
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no comparte la materia del caballo,
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no responde a su forma biológica,
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no tiene su causa eficiente natural.
Y, sin embargo:
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se monta,
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se conduce,
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exige equilibrio,
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produce una experiencia inequívocamente ecuestre.
Fenomenológicamente, es reconocido como “caballo”.
Esto no es un error conceptual, sino una evidencia: la noción de caballo nunca fue solo biológica. Siempre incluyó relación, función, acoplamiento, mundo compartido. Por eso puede extenderse sin disolverse.
Las cuatro causas como instrumento, no como frontera
Aquí el marco aristotélico resulta especialmente fecundo, si se lo lee sin dogmatismo.
Las cuatro causas —material, formal, eficiente y final— no operan como requisitos rígidos, sino como modos de inteligibilidad.
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Causa material: el cuerpo vivo del caballo establece condiciones, pero no agota el fenómeno.
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Causa formal: la forma no es un molde fijo, sino una organización dinámica que se conserva en la variación.
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Causa eficiente: en la equitación, la relación, la técnica y el gesto humano no son añadidos externos, sino causas constitutivas del fenómeno ecuestre.
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Causa final: no como función impuesta, sino como orientación emergente del sistema: coherencia, armonía, continuidad del vínculo.
No todas las causas coinciden siempre.
Y, sin embargo, el fenómeno persiste.
El caballo no es una sustancia definida por la coincidencia perfecta de sus causas, sino un fenómeno cuya identidad se mantiene por la conservación de una organización abierta.
El artificio natural
Desde este marco, el artificio deja de ser una traición a la naturaleza.
El artificio natural no introduce algo ajeno al sistema: redistribuye causas sin negarlas. Modula causas eficientes, reorienta causas finales, sin violentar la materia ni destruir la forma.
El arte ecuestre no impone una estructura externa al caballo. Trabaja con su plasticidad, con su capacidad de aprender, de ajustarse, de resonar. Interviene no para dominar una esencia, sino para sostener una apertura.
Un sistema incapaz de ser afectado no sería más natural, sino simplemente inerte.
Domesticación, artificio y ética de la intervención
La domesticación no fue un episodio accidental ni una corrupción de una naturaleza originaria, sino el inicio de una historia de mediaciones que hizo posible al caballo tal como hoy lo conocemos. Desde entonces, toda relación con el caballo —incluida la no intervención— es ya una forma de artificio. La cuestión ética, por lo tanto, no reside en oponer naturaleza y técnica, sino en discernir qué tipo de artificio ponemos en juego. El artificio natural nombra precisamente esa zona de responsabilidad: intervenir sin clausurar, orientar sin imponer, modular sin romper la organización del sistema. Una ética de la intervención no protege al caballo de la relación, sino que se hace cargo de ella, asumiendo que el mundo del caballo es inseparable del modo en que lo habitamos juntos.
Cierre
No todo caballo es lo que es.
Y justamente por eso existe la relación con el hombre, el artificio y el arte ecuestre.
Allí donde una mirada esencialista ve una traición a la naturaleza, una lectura no dogmática —aristotélica, sistémica— reconoce una mediación necesaria: la que permite que el caballo siga siendo un fenómeno abierto, y no una cosa preservada hasta la inmovilidad.
Loco, entonces, no es quien advierte los desplazamientos y las mediaciones, sino quien cree que el caballo es solo un caballo.



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