Cuando la excelencia ya no cabe
Genética, cuadrilátero y conflicto epistemológico, ético y político
Un criador lo dijo con una lucidez incómoda:
“Ya no se crían caballos. Los criadores están obsesionados con producir una excelencia genética que sobresale de los marcos técnicos y reglamentarios.”
La frase no es una queja nostálgica ni una provocación vacía. Nombra con precisión un desplazamiento profundo en la práctica ecuestre contemporánea. El conflicto que hoy aparece en el cuadrilátero no comienza en el jinete ni en el entrenamiento. Comienza mucho antes, en el momento mismo en que se decide qué tipo de caballo vale la pena producir.
De criar caballos a producir excelencia
Durante décadas, la cría deportiva buscó caballos compatibles con un sistema ya dado: cuerpos entrenables, gestos legibles, energías que pudieran organizarse dentro de una gramática técnica y reglamentaria relativamente estable.
Hoy, esa expectativa cambió de escala.
La genética apunta a máximos: más elasticidad, más potencia, más suspensión, más presencia. No se busca tanto un caballo que encaje, sino uno que sobresalga. El problema no es esa búsqueda en sí, sino que esa excelencia ya no está pensada desde el marco que luego deberá evaluarla.
Así, la práctica produce caballos que el propio sistema no sabe alojar sin fricción.
El reglamento como fotografía histórica
Los reglamentos —cristalizados hoy en instancias como la Federación Ecuestre Internacional— no son verdades naturales. Son fotografías históricas: fijan un equilibrio particular entre biología disponible, técnica de entrenamiento, sensibilidad estética y ética implícita.
Cuando la genética acelera y ese marco no se actualiza, el reglamento deja de describir lo que ocurre y empieza a prescribir lo que debería ocurrir según un modelo heredado. En ese punto, ya no funciona como orientación, sino como fuerza de constricción.
El resultado es conocido: caballos “demasiado” expresivos, “demasiado” potentes, “demasiado” amplios. El “demasiado” no nombra un exceso objetivo, sino una inadecuación normativa.
El jinete ante un caballo que no cabe
Cuando un caballo expresa una energía que no entra cómodamente en el cuadrilátero, el jinete queda atrapado en una tensión estructural.
Si permite que el caballo se exprese, no encaja.
Si lo ajusta, apaga algo esencial.
La tentación habitual es contener: reducir amplitud, acortar gesto, bajar energía. No necesariamente por violencia explícita, sino por adecuación. Otra tentación es explotar esa energía, convertirla en impacto visual, en exceso espectacular.
Ambas respuestas comparten un rasgo: el sistema se impone al caballo. En ningún caso se interroga el marco.
Cuando el ajuste se vuelve éticamente reprochable
Aquí emerge el conflicto ético.
La necesidad de hacer encajar al caballo en un reglamento que lo constriñe puede derivar —y de hecho deriva— en manejos éticamente reprochables, incluso sin mala intención.
No se trata solo de violencia evidente. Se trata de:
contenciones sistemáticas que apagan la expresión,
correcciones repetidas para “normalizar” una energía que no es caótica,
intervenciones justificadas únicamente por la conformidad normativa.
El cuerpo del caballo se vuelve el lugar donde se resuelve una contradicción que no es suya.
El sistema produce lo que no sabe leer
Este punto es decisivo: el caballo no falla. Informa.
Porta una información nueva —otra relación entre energía, forma y tiempo— que el sistema no sabe interpretar con sus categorías actuales.
Aquí el problema deja de ser técnico y se vuelve epistemológico. Se sigue leyendo con una gramática pensada para otros cuerpos. Lo que no se comprende aparece como exceso; lo que no se simboliza se corrige.
Cuando una práctica no puede leer lo que ella misma produce, confunde descripción con prescripción y error con diferencia.
Epistemológica, ética y política: un mismo nudo
Este conflicto no puede pensarse en un solo plano.
Es epistemológico, porque el sistema ya no sabe leer los cuerpos que produce.
Es ético, porque esa incapacidad se resuelve operativamente sobre el caballo.
Es político, porque toda norma decide qué cuerpos son admisibles, qué expresividad es premiable y qué diferencia resulta incómoda.
No se trata de política partidaria, sino de una política de la forma. Cuando la genética produce caballos que desbordan el marco, el sistema enfrenta una decisión tácita: o revisa el criterio, o redefine al caballo.
Mientras esa decisión no se haga explícita, la presión seguirá recayendo sobre el animal.
Cierre
Tal vez haya llegado el momento de aceptar que ciertos caballos no “fallan” en el cuadrilátero.
Simplemente interpelan a un sistema que todavía no ha actualizado su modo de conocer, de intervenir y de decidir.
Cuando la excelencia ya no cabe, el problema no es el caballo.
Es el marco que insiste en medir con categorías que ya no alcanzan.
Y en ese punto, la responsabilidad deja de ser individual o técnica:
se vuelve —inevitablemente— epistemológica, ética y política.

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