Solemos repetir que “los caballos tienen buena memoria”, y desde allí explicamos reacciones, resistencias y supuestos traumas. Pero ¿qué significa realmente memoria en términos biológicos? Este texto propone una traducción conceptual que desplaza el eje del pasado hacia el horizonte: no se trata de recuerdos que condenan, sino de plasticidad que puede ampliarse. Allí donde el mundo se ensancha, el miedo pierde su monopolio.
Plasticidad, miedo y horizonte en la relación humano–caballo
“Los caballos tienen buena memoria.”
La frase circula con naturalidad en el mundo ecuestre. Parece prudente, incluso protectora. Funciona como advertencia ética y como explicación de muchos comportamientos: si el caballo reacciona, es porque recuerda; si desconfía, es porque algo quedó grabado; si se resiste, es porque arrastra un pasado.
Pero bajo esa fórmula aparentemente inocente se desliza una ontología completa.
En el uso cotidiano, memoria significa recuerdo. Implica evocación de una escena, comparación entre pasado y presente, continuidad narrativa. Supone que algo vivido permanece como contenido interno al que se puede volver: “esto se parece a aquello que me ocurrió”.
Desde allí es fácil deslizarse hacia la noción de trauma. La conducta actual sería efecto de una huella que el caballo conserva como experiencia interior no resuelta. Y el entrenamiento, entonces, debería reparar esa historia.
Sin embargo, en el terreno neurobiológico, la memoria no es relato. Es plasticidad. Y esto nos abre una rica perspectiva que nos ofrece una manera diferente de abordar al caballo.
Memoria, en sentido estricto, es modificación relativamente estable de la organización del sistema producida por la experiencia. Un estímulo altera conexiones, ajusta umbrales, reorganiza circuitos. Si esa reorganización persiste en el tiempo, hablamos de memoria.
El organismo no “recuerda” el cambio. El organismo es el cambio.
No hay un archivo al que se accede. No hay necesariamente escena mental evocada. Hay configuración actual que fue modificada por interacciones previas.
La memoria no es un contenido almacenado: es la persistencia de una reorganización.
Esta distinción es decisiva. Porque cuando confundimos plasticidad con narración, el caballo deja de ser un sistema sensible y se convierte en sujeto herido. Y la práctica deja de orientarse a ampliar mundo para orientarse a reparar historia.
Tengamos en cuenta que no hay tabula rasa en ningún organismo. El caballo no parte de una inocencia neutra que un evento traumático viene a quebrar. Desde el inicio hay organización: umbrales, predisposiciones, ritmos, arquitectura de presa. Lo que llamamos trauma no crea estructura; la reconfigura. Y muchas veces esa reconfiguración no surge de un único evento dramático, sino de sedimentaciones graduales, de contextos repetidos, de cierres defensivos que lograron estabilizarse.
Un sistema puede endurecerse, volverse rígido, ofrecer un repertorio reducido de respuestas sin que exista autobiografía interna. Puede reducir su rango sin que haya relato. Puede volverse hipersensible sin que medie comparación consciente con el pasado.
Entonces la pregunta deja de ser:
“¿Recuerda el caballo?”
Y pasa a ser:
“¿Qué mundo puede sostener?”
Un caballo dominado por el miedo vive en un mundo estrecho. La novedad se identifica rápidamente con amenaza. Lo ambiguo se resuelve en fuga. No porque recuerde una escena, sino porque su rango de tolerancia es reducido. El mundo no es pobre en estímulos; es pobre en posibilidades de respuesta.
En ese mundo comprimido, el presente es instantáneo. No hay margen. No hay gradiente. Solo activación o retirada. El tiempo se reduce a reacción. El espacio se contrae en vigilancia.
En cambio, cuando el contexto ofrece estabilidad suficiente, previsibilidad gradual y variabilidad tolerable, el horizonte se amplía. La novedad ya no es absorbida inmediatamente por el programa atávico. Aparecen matices. Aparece permanencia sin activación automática. Aparece exploración.
No se trata de desbloquear facultades ocultas. Se trata de ampliar condiciones.
Del mismo modo que un humano alfabetizado no adquiere una nueva esencia, sino que amplía su mundo simbólico, el caballo, cuando amplía su mundo, no se convierte en otro ser: gana diferenciación. Gana margen. Puede sostener unos segundos más de exposición. Puede permanecer sin resolver de inmediato. Puede diferenciar antes de reaccionar.
Y esa reorganización produce sosiego.
No porque el caballo “comprenda” que no hay peligro, sino porque ya no todo es leído como peligro. El mundo deja de ser un campo minado y se convierte en un campo de variaciones.
La respuesta de fuga no desaparece —ni debería hacerlo—. Forma parte de su arquitectura. Pero pierde hegemonía. La amenaza deja de organizarlo todo.
Tal vez, después de todo este recorrido, la frase inicial no necesite ser descartada, sino traducida.
Cuando decimos “el caballo tiene buena memoria”, imaginamos recuerdos persistentes, escenas que regresan, huellas que no se borran. Pensamos en pasado almacenado. Pensamos en trauma.
Pero si hablamos con mayor precisión, deberíamos decir otra cosa:
El caballo tiene alta capacidad de plasticidad y de estabilización de cambios.
Eso significa que su organización se modifica con la experiencia y que esas modificaciones pueden persistir. No que conserve relatos interiores. No que compare ayer y hoy como un sujeto narrativo. Significa que el sistema aprende estructuralmente.
Y si aprende estructuralmente, también puede reorganizarse estructuralmente.
La memoria, entonces, no encadena al pasado. Es capacidad de transformación.
La cuestión no es si recuerda.
La cuestión es cuánto mundo puede sostener ahora.
Cuando el mundo se amplía, aparece tiempo.
Tiempo como margen entre estímulo y respuesta.
Tiempo como posibilidad antes de la fuga.
Tiempo como espacio abierto hacia lo que viene.
El caballo que “tiene buena memoria” no es el que no olvida: es el que puede reorganizarse.
Y allí donde la reorganización se orienta hacia la ampliación del mundo, el horizonte se despeja, no porque el pasado haya sido borrado ni reparado, sino porque hay más mundo.


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